A propósito de correr
En el cajón de los recuerdos se encuentra un archivo preciado: el miembro del equipo representativo de atletismo en vísperas del fin universitario.
Durante mi carrera universitaria, la pasión por el deporte fue en aumento. Y todo por la intención de parecerme un poco más a mi padre. Recuerdo su expresión y sus anécdotas que describían las interminables energías de cuando era joven; correr, jugar tenis, bicicleta, básquetbol, beisbol, natación y parecía que era un personaje multifuncional, parecía que todo lo podía hacer y en mí cabía una profunda frustración por no tener la capacidad de ser hábil en distintas disciplinas que, al parecer, dominaba mi padre.
Ir a verlo jugar futbol y escuchar los regaños de mis primos y conocidos que exigían de mi parte más compostura y estar al nivel de mi padre. Qué frustración no poder ser como el Zague, como el veterano que juega squash y le da batalla a hombres más jóvenes que él y que despierta envidias apasionantes en sus compañeros por jugar mal.
Así crecí y hasta perdí la fe. Yo no sirvo para nada-me decía con profunda tristeza-mi padre llevaba una larga trayectoria y la silla que ocupaba tal vez yo nunca podría hacerlo. Y cuando me invitaba a correr o a practicar un deporte, mejor lo mandaba al diablo y aceptaba mi trágico destino: yo nunca podré ser igual de excepcional que mi padre. Era triste, lo admito, creí en lo que los demás decían, creía en las ideas y no en mi esencia y eso lo volvía aún más triste.
Jugando futbol, fallándola y escuchando a los grilleros de la escuela: “qué pendejo”, “pobre wey”, “a ese cabrón no lo junten, no sabe de futbol”. Y hasta a veces sentir el balonazo en mi cara, destruyendo mis lentes y mandando al carajo la poca dignidad con la que cuenta un infante. Mejor no tener amigos ni convivir. Y en la escuela ni siquiera pintaba para buen estudiante, era regular, nada excepcional y mi padre, perito y bueno en matemáticas. Qué coraje no poder estar a la altura de mi padre.
¿Miran cuánta ambición poseía este chamaco que, tan chiquito quería ya ser grande como su padre?
Este chamaco no se conformaba con estar pequeño ni tener pulmones más chicos o menos fuerza, quería competir y estar a la altura de tipos con muchísima experiencia y eso le fue averiando la confianza. Perdí la confianza, me volví hasta sumiso y empecé a guardar una furia espeluznante por la frustración de no cumplir con las expectativas de todos.
Así crecí y fui retomando autoestima.
Era mejor tomar cartas en el asunto y mandar al carajo la permanencia en el sofá viendo telenovelas, a Marco Antonio Regil y el sedentarismo de estar todo en día en casa. Mejor salir y buscar aventuras; y si fallaba en el futbol, ¿qué importa?, hay que intentarlo. Y así lo hice, bajándole el volumen a los insultos y seguir intentando meter gol. Y también, practicar deportes individuales, sabía de alguna manera que había valor en mí, y por eso empecé a nadar.
Y así salí de la prepa, con poderosos sueños por actuar y convertirme en el Anthony Queen de la era contemporánea. Entrando a la universidad eso fue cambiando poco a poco, y más por la lucha incansable de parecerme un poco más a mi padre y alcanzarle en sus estándares de calidad. Así me metí a tenis, natación y atletismo; a piano, a teatro y a guitarra. A cantar en la noche de estrellas y a seguir corriendo.
Un día, el joven de las clínicas deportivas y artísticas tuvo tremendo día. Estaba inspirado, 1, 2 de la tarde y el sol pegaba fuerte pero yo iba al ritmo de la música en la pista de atletismo; fuerte y veloz, sintiendo rico el sufrimiento de ir a velocidad, con potencia en los pies y rebaso a un corredor y este desespera por no poderme alcanzar y el coach le grita que vaya tras de mí, y de reojo veo que mi coach platica con otro coach mirando mis pasos, mi desplazamiento e imagino ¿qué dirán?
Al terminar el entrenamiento, me informan que están interesados en que ingrese a las filas del equipo representativo de atletismo en fondo. ¡Tú tienes madera de fondista¡
¿Qué? ¿A poco puedo ser un poco más que la media? ¿Puedo figurar en entrenamientos que la mayoría no hace?
Qué emoción. Al siguiente semestre me presenté con toda la fuerza para demostrar que podía merecer portar el título de miembro de equipo representativo de atletismo.
Y así lo hice y mi constancia y mi disciplina me merecieron contender en competencias de la universidad. Así sucedió un año de importante entrenamiento que disfruté mucho: 1 de la tarde siempre a correr, no importa la llovizna, el frío y el calor; siempre correr, lunes distancia básica, martes-repeticiones largas, miércoles distancia, jueves-los 30 minutos más fuertes, viernes de repeticiones cortas y el sábado a correr 1 hora y media. Yo quería ser más veloz, más fuerte e ir detrás de mis compañeros, uno a uno jalando e imponiendo el paso era una de las cosas que marcaron mi vida, que disfruté al máximo y que inyectaron en mi vida nuevas pasiones y ganas por vivir.
Esa es una de las etapas más preciadas de mi vida. Si yo no hubiera entrado a estudiar la universidad, hubiera privado a esta existencia de disfrutar la admiración de los grandes corredores, de mi ambición por ser mejor, de haber aceptado con humildad que apenas empezaba a foguearme en alto rendimiento. Es la etapa donde firmé el compromiso eterno con la disciplina, la autodeterminación y el honor de correr al lado de los más fuertes, de los que poseen la inquebrantable voluntad de ser mejor cada día; del sacrificio y la gracia de conectar nuestro cuerpo con el universo en los recorridos inmortales que enfrenta un grupo de corredores por mejorar la marca del tiempo.
Lo que ha pasado después de ese año es otra historia. Hoy quería platicar del año que impulsó mi vida más a la gloria de la autorrealización. Conocí a personas inigualables cuyo coraje y contundencia hicieron de mí alguien más competitivo, furioso por alcanzar la victoria, grandioso por no perder la esperanza de alcanzarlos.
Ese año me motivó a seguir para mejorar mi rendimiento. Entré a una maestría para tener más uso de razón en cómo mejorar al país, y continuar con el paso del fondista tenaz.
Hubo alguna vez que quise morir, pero la inquebrantable resistencia de mi espíritu permitió que haya vivido uno de los años más hermosos que cualquiera quisiera sentir.
EXHS
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