Ofelia, mi perdida, mi ilusión perdida.

A mis 42 años perdí a mi mujer;
y en esta noche escribo con tanta melancolía y tristeza.

Solo vine y solo me moriré.
La indiferencia de mis amigos, la burla de su recuerdo.
La desgracia que me acongoja por haber querido tomar su mano hasta el final de los días. Pero sucedió al revés. Ella murió antes y se fue.

Ya no está, solo quedan vestigios en un corazón que late cada vez más lento.
Me quedo mirando la calle sin sentido, yo no tengo ganas de vivir. No tiene caso si mi destino ya lo había encontrado y se fue, me lo arrebataron. Y el árbol, el mundo, el aire y el sol fueron testigos y no hicieron anda en absoluto. No me ayudaron, la vieron, miraron esta situación y quedaron admirando cómo paso a paso en los instantes fugaces, ella se iba.

Ella se iba, se esfumaba de mis ojos, ya no sentía el tacto de mis manos.
Ella dejó de sentir por culpa de una enfermedad que acabo con toda esta experiencia de vivir.

Los tontos médicos no sabían qué hacer, nunca supieron. Todos sus años de estudio fueron en vano, no salvaron mi vida.
Que debo trabajar y que no se qué. Yo no quiero hacer nada, quiero dejarme morir.

Yo no quiero contar esta historia de romanticismo para que se apiade de mí un posible Dios o cobre fama en la novela, en la historia contada generación tras generación. Yo no quiero eso, yo no quiero nada.

Realmente no siento nada. Soy la tierra inhabitable, donde no hay fruto, donde no hay lluvia,
donde no hay nada, ni siquiera sol.

Yo ya no tengo vida. Mi amor se fue.
¿Que no es lo más importante el amor?

La vida sigue pero, ya no soy yo. Yo era ella, ella era yo, uno sin el otro no hay existencia.
Estamos solos, mi vida es como la tierra, sin sol, universo y planetas, caos en orden, lluvia, mares y la fecundación; todo confluye y ella huía a mí, se inmiscuía en mi sangre, era mi latido y yo era el alma, unidos éramos ser.
Unidos. Todos los años anteriores solo fueron preparándome para poder tener platicas, conversación, aprender a hacerle el amor adecuadamente, aprender a apreciarla, identificarla, mantenerla, cuidarla y tener el espíritu en su justa medida para unirme a ella.

Me quitaron mi vida y la vi morir, allí, en una cama sin poder hacer nada.
Mi dicha, mi pena, mi tristeza, mi alegría y mi amor; mi mujer,


mi amada Ofelia que ya no está, ni siquiera puedo recordarle porque muerto en vida estoy.
Sin ilusión, yo no tengo nada.

Ofelia.



exhs

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