LA FRUSTRACION

La Frustración


Ahí, en esa comodidad que no todos padecen, empiezan las preguntas: ¿A caso me es dado por el cielo? ¿Vivo así por propósito de un Dios? ¿Tengo esto por suerte o por prescripción universal?
En mis ratos de soledad llego a pedir incluso cuando sé que tal vez, Dios no existe. En esta soledad y por la cultura y educación de estar pidiendo, pues, olvido mi independencia, mi autonomía y vuelvo a actuar como un infante tonto que necesita del Padre para que le resuelva los problemas y ponga a sus pies los regalos que se desean.
Quiero un mundo nuevo, quiero ser, quiero tener, quiero muchas cosas y las pido a mí, como ente divino y como marioneta de un Dios, ¿es que a caso yo soy libre y a la vez esclavo?
Esclavo del mundo, tierra y aire y no puedes viajar más allá; esclavo del tiempo, límites para mi vida, me espera la muerte y no dura la juventud. Soy esclavo de la sociedad y la imaginación vuela y concibe múltiples escenarios donde desenvolverse.
Libre albedrío que se sobaja a la moral, a la conciencia, a los mandos eclesiásticos y éticos de la sociedad. No soy libre, no tengo valor y empodero la lucha de ser como marca mi herencia, mi tradición, mi ser, el interior y el misterio. Y Dios siempre aparece en mis conversaciones y ando en busca de él como un niño perdido en un centro comercial desesperado y llorando, viendo a la gente pasar, mirando la indiferencia de todos, esperando consuelo, esperando poder volver a casa.
¿Dónde es mi hogar? ¿La muerte es el recinto de nuestro Padre? ¿Qué valen estas acciones si es un pináculo de éxtasis la juventud y desembocamos en la tragedia de un cuerpo desgastado?
Es el devenir de Heráclito, el ateísmo de Luis Buñuel, la desgracia de Dostoievski y la fe de Jesús de Nazaret. Humano entre humanos aprendiendo a ser humano. No entiendo y la rutina y aspiraciones por ser “alguien”, irrumpen al oído en su escucha del viento y el silencio. Quedo sordo, no escucho y se me olvida quién soy, hay des memorización por lo que impulsaba a vivir, se va olvidando todo, quedo al olvido, me resguardo en la duda; ya no sé quién soy.
Qué conflicto es este de no poderse valer, de no asumir una realidad donde estamos amenazados por un mundo brutal y maravilloso que permite amar, también permite sufrir y ver cómo mueren y sufren las personas que amamos. Qué conflicto me causa respetar la libertad de los demás y sentir tanta veneración al derecho del ser que me he quedado desolado sin ganas de transgredir la línea donde declaras tu amor, procreas y vives en familia.
Títere del destino, camino sin ruta, pienso que se dan las cosas y que el libro dicta cuáles serán las siguientes aventuras pero no pasa nada. El silencio de mi cuarto me lo dice: “Estás solo, tú y tus decisiones nada más, consecuencias, nulas garantías y un pase irremediable al show de la muerte”.
No hay razón en el caos y no sé a dónde me muevo, contra qué voy a chocar. ¿El amor de mi vida? ¿Las personas que culminarán con mi existencia? ¿Al sufrimiento? ¿Al regocijo de ser padre? ¿A la desgracia de tener hijos y verlos morir o de irse antes de verlos crecer? ¿A dónde se mueve esta masa? ¿A caso voy a mi tragedia?
Nadie sabe a dónde va, diría el trovador. Nadie concibe pero todos oran, piden, reclaman amor del Padre, amor del Dios, amor de la familia, de la sociedad, de uno mismo y de toda esta naturaleza que nos mira con indiferencia en la manera de nuestro desarrollo, la vida y el mundo.
Es una frustración volar consciente, volar por culpa, dejarse llevar por el viento que no controlamos, y ser parte de un mundo que se renueva por un fin: La evolución.
Absorto y a veces desahuciado por falta de comprensión, Dios sólo alberga en la vida pero no entiende mi lenguaje y esta sensibilidad es mi peor enemigo, es lo que me vuelve ingenuo y un tonto que al final se resigna al valor que todos albergamos en nuestro corazón, en la escucha de nuestro espíritu y en el regocijo de tener vida aunque sea por un momento.


EXHS

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