Cuando se van las fuerzas.


Contra uno, el enemigo interno, el cuerpo desafiante, la circunstancia. Yo y mi circunstancia, yo y mis problemas, yo y la lucha eterna por conquistarme.

Los ímpetus se fueron desvaneciendo conforme pasaron los días, los cambios de vida, la transformación del contexto, la atmósfera y los siguientes pasos del espíritu a convertirse en algo más. El cuerpo sufre cambios irremediables.
El trabajo, la rutina, el dieron acontecer, las presiones de tener que cumplir con diferentes compromisos y la misiva de nunca faltar al amor de hacer deporte, correr, correr, nadar, andar en bici y mejorar los tiempos. Pero no siempre salen las cosas como uno quiere; falta solamente mencionarles el hecho de que mi pie sufrió graves lesiones por una descuidada herida de una ampolla que terminó sangrando a todo mi pie, no podía ni siquiera ya caminar. Tuve que dejar de correr. Tuve que parar. Y después de eso, la enfermedad. Un cuadro de gripe que fue evolucionando y quitando todas las fuerzas; me quedó una pesadez, un desgano, la apatía, el cansancio, me estaba muriendo literalmente y las ganas de vivir se fueron.
No había vida.
A penas y podía ir a trabajar y cumplir con ese compromiso. Siempre al volver a casa, desde las 5 p.m. ó 6p.m., el cuerpo desfallecía y el apetito desparecía, mis brazos se achicaban, ya no había ningún tipo de fuerza que me hiciera andar o sostenerme en pie. No había alternativa, había que ir al doctor, pensé que sería algo pasajero y de pronto tos, vómito, crisis que golpeaban a mis pulmones y cada vez más, más cerca de la muerte.
Cerca del precipicio. Ni siquiera para poder ir al doctor y el orgullo de no pedir ayuda. Una rabia por esta enfermedad que indicó: No compitas. Ahora no.
Qué frustración, sólo quedaba tirar la toalla pero yo nunca hago eso, siempre me enfrentó y encaro el deber de cumplir con los objetivos que pongo en esta lista de la agenda de la vida.
No se iba la enfermedad. Pude al menos parar un poco esta tos destrozadora del poco aire que se hallaban en mis pulmones. Tirado en la cama sin poder abrir los ojos del dolor; hacer un triatlón no era opción ahora, mucho menos la prueba Olímpica.
Hazlo.
Sea como sea. Hazlo.
Llegó el día, una tos más favorecida pero sin fuerzas. Mi padre ayudó a darme  antibiótico pero el día Viernes, aún los estragos. Mi cuerpo venía de haber sufrido una tremenda depresión por una lucha épica entre defensas y virus. Estos eran los vestigios de una guerra celular que no auguraban nada bueno, apenas volver a aprender a caminar. Y ya quería correr.
Mirar a los deportistas recoger sus paquetes inyectaron en mí competencia y vitalidad e hicieron olvidarme del viaje donde el sol pegaba a esta desdicha y lágrima de un ser cansado sin furor alguno de promover una competencia digna.
Por lo menos inténtalo, hazlo, termínala.
No sé qué pasaría, el cuerpo no poseía ningún tipo de fluido en la energía vital de aspirar vida, correr, hacer circular la sangre y palpitar el corazón.
Aquel muchacho dispuesto a saltar vallas, correr 100 mts, 1500 mts, 3000 mts, 5000mts, 10 000 mts, 20 000mts, un maratón, competencias de natación, aventurarse a la disciplina de comenzar y terminar una prueba. Aquel muchacho parecía preso en el olvido, no sabía ni siquiera quién era. Me desconocía.
Llegada la mañana tenía la esperanza de hacer algo.
Mi cuerpo débil, una tos imparable.
A las 7:40 saldrás junto con cientos a nadar en el intempestivo mar con oleaje y saldrás a rodar 40 km y terminarás con 10 km con el riesgo de que tu cuerpo no responda ni siquiera en la prueba de natación.
No pude estirar, no contenía  nada de energía y ahora llaman a que compita. Ingreso y no siento nada.
De pronto figura mi cuerpo estar saltando y empiezo a mover las piernas y sacudir cada parte de mi cuerpo porque la sirena amenaza con sonar. Suena.
Salen disparados todos a mi lado, voy en medio y alzo las piernas para ingresar al mar y los brazos empiezan a golpear para remar rápidamente y despuntar pero yo pienso en ir tranquilo y de pronto se olvida, es una lucha por la supervivencia, empiezan los manotazos y tienes que acelerar el nado para desplazarte libremente. La tos se exalta cuando trago de pronto mar y toso desesperadamente pero no detengo el paso y acelero cuando puedo y al salir, hice el mismo tiempo que cuando debuté e hice mi primera prueba. No está mal. Y ahora corro por mi bicicleta y no me importa darme el tiempo para ponerme adecuadamente mis tenis, casco, lentes, guantes y hasta tomo un poco de agua. Y salgo a la ruta de bicicleta y allí voy y me rebasan algunos y yo rebaso a otros y voy bien pero pienso que mi cuerpo sufrirá un importante desgaste y no puedo mentir acerca de las veces que pensé en parar pero nunca pude, es demasiado el orgullo como para hacerlo; es demasiado este compromiso y hábito por nunca darme por vencido. Voy a competir, no importa qué diga el cuerpo. Mucho corazón.
En mis segunda vuelta, por los próximos 20 km empiezo a tener estragos pero disfruto el viaje, disfruto la vista y sentir el aire que causa tos….disfruto el sol que empieza a arder con más candor…empiezo a disfrutar ma el punto final donde ejerzo el sprint con todas las fuerzas para cerrar una prueba que alguna vez as pequeños vasos de gatoradás la competencia que pretendía sacar de mi agenda por una enfermedad que alteraba los planes más preciados de mi vida.
Llego de la bici, no es mal tiempo y ahora corro y empiezo a sentir una resistencia del cuerpo importante. Al parecer este cuerpo fue diseñado para soportar grandes pruebas físicas; y falta ma el punto final donde ejerzo el sprint con todas las fuerzas para cerrar una prueba que alguna vez as pequeños vasos de gatoradás velocidad, es cierto, pero la fuerza ahí está, no hace daño y menos con el desgaste físico y mental de haber estado delirando y haber perdido toda garra, todo el sentir de vivir.
Y ahora corro, corro y cuesta desplazarme al principio pero el cuerpo recuerda todo lo que ha hecho y se adapta y va desapareciendo la tos, los problemas, todo lo que aqueja el bienestar; es una inyección de vida, de vitalidad que devuelven un importante cúmulo de buenas intenciones, de poder suficiente para triunfar.
 Deslizas el agua por tu cabello y tomas pequeños vasos de Gatorade para mitigar el calor, hasta el punto final donde ejerzo el sprint con todas las fuerzas para cerrar una prueba que alguna vez pareció no ser parte de la vida de este enérgico luchador.
Nunca me doy por vencido,
 me creo y soy:
 alma fuerte.

exhs

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