Se mueren las flores
Me quedé solo.
Los sueños del futuro se suicidaron; y el presente no aguardó tanta infamia.
Dios ha muerto. Mi espíritu ya no vuela. Se ha cansado la nada de aguardar todo, de querer impregnarse en la maravilla, en el quehacer humano. Ya no tiene sentido pelear por el amor, porque el amor perece, no se contagia de igual forma que el miedo y el odio. No arma ni edifica fuerte.
¿O puede ser que el mundo aún no se acaba por culpa del amor?
Filósofo que muere a daga de la ignorancia. Me mata el desconocimiento, y me remuerde la incapacidad, la falta del tiempo, la culpa de las cosas, la esclavitud del ego. Monsivais y su estilo peculiar y la magia de Jodorowsky; el gobierno de Peña Nieto y 43 desaparecidos en Ayotzinapa. Mi vida de espectador. Consumo dinero, gasto peculiaridades, gasto tiempo, distraigo el pensamiento, las ideas para que se olviden de la tierra, de pisar roca, de no poder sobrepasar el techo de estrellas. Me asfixio y ya no quiero vivir aquí, debajo de las nubes, esperando al sol cada noche, durmiendo, soñando, vagando entre la misma especie. Arropado por edificios y aire que oxida mi cuerpo.
Se me va la juventud queriendo hacer, y soporto la carga de lo que aún no consigo. Muero todo el tiempo, me renuevo al instante y me vuelvo cada vez más egoísta porque no soy Dios, no soy quien puede salvar a la humanidad con palabras y hechos. No soy el mago ni soy un ángel, ni soy deidad, ni soy utopía. Soy la muerte en evolución, y todos me mintieron; en especial las estrellas que me son indiferentes y juegan conmigo a la verdad. Nadie posee la palabra absoluta. Nadie, absolutamente nadie puede osar construir una verdad que abarque la ciencia por completo. No somos nada, somos pizcas de brillo y ganas de ser dioses. Queremos hacer todo y anhelamos el amor, tan inalcanzable, tan inabarcable que no lo podemos palpar, ni construir ni edificar. Lo buscamos, lo asechamos con toda nuestra fuerza. El amor es una utopía, y nos engaña todo el tiempo. Encontramos equivocaciones y nos decepcionamos del mar. Un tiburón nos comerá. Los filos de los dientes harán sangrar nuestro cuerpo y la felicidad se esfumará. La gracia la encontramos en un frasco de olores que nos llevan nuestros sentidos a espacios desconocidos.
Mis palabras no fueron hacia su destinatario. El amor irrumpió y se traicionó asimismo, por eso nacieron artistas, desquebrajados de alma, inertes sin poder concebir nunca razón ante su locura insensata que llora todo el tiempo por sentir demasiado la lejanía del amor.
El ruido de la mente no se calla. Los árboles aguardan la fiereza de la naturaleza que se mata y se renueva. La supervivencia acecha, y la hermandad que se cimbra sobre la sangre levanta vuelos de melodías en la impunidad y la guerra; la explotación de unos sobre otros. Matar y resguardarse en la lucha de las culturas, las ideas, la violencia parte de la autodestrucción natural del hombre por abandonarse a los vicios y los excesos de esclavizarse en las pasiones más bajas. Y Dios, mira insensible, y se va y se muere.
Cada letra es mi música; cada palabra mi melodía. El canto de Mozart y el sufrimiento de Beethoven y Chopin retumban en nuestras puertas, esclavizadoras de la libertad. Todos tenemos derecho a defendernos en esta vida por miedo e ignorancia, por compartir la prisión del mundo, del desierto y la selva, compartir el mismo espacio apra dar paso a los hijos que vienen a la brutalidad de la existencia, fuera de la seguridad de tener una vida feliz, sin garantías de nada más que la de luchar por sus supervivencia, una que sólo estará postrada en la delgada línea de la suerte que nunca terminará por ser un sueño completo.
La luz blanca cae y forma elipsis y nubes de tiempo que se vuelven planetas y equilibrio del cosmos. El caos es orden y el orden es caos.
Nos cansamos de los muertos y el futuro. No se apareció de noche ni en las más personales ilusiones. Se aleja y se espanta del anhelo profundo del elixir de la eternidad. Se va y se aleja porque tiene miedo, tiene miedo de poder ser una especie de brillo que no perece. No quiere pertenecer. Y me he cansado de andar, de pisar, de vivir, de soñar, de gozar sin principio de compartir. La amistad existe y perece, muere y se desvanece. El caos impera en el mundo que vio la historia de dos hermanos que jamás podrían conciliar la verdad de Dios. Es nuestra maldición, la desgracia de nuestro espacio, la individualidad y el desgarre de nuestra colectividad. La tradición que aprisiona, el objeto de la cultura que borra nuestro conocimiento esencial.
Y ella no está.
Se ha ido.
Me ha abandonado.
Y es hora de morir.
Ya me cansé de vivir en el viento.
De ser la verdad y la vida y esperarte en el para siempre.
Prefiero perecer, ahora.
Desvanecerme en la bruma.
Morir en tu olvido.
Permanecer en aquella posibilidad de un sueño que concibió esa realidad, paralela, de otro mundo, con otros cuerpos, con otros bríos de pensamientos, de espacios y fusión.
Estoy en otro sol.
exhs
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