Edén
Relaciones, y el poder de la música, recorre valles y montes, plazas, lugares, aires, mundos, universos, personas, mentes, probabilidades, pensamientos, letras, ideas, logros, derrotas, sentimientos de grandeza y de poca luz.
He invocado a Dios, y he admirado la fama. Es intuitiva, alegre, con voluntad enorme, determinada y con mucho sentido del humor. Es romántica, cariñosa y detallista. Es mi amor. Osa de escribirme poemas y de relacionarme con la majestuosidad que alumbra sus días, y jamás deja de perder la fe en mí a pesar de que, en mis días tristes quiero desistir de luchar, de vivir. Me ama, me besa, me abraza, es fiel y admiradora de mi obra. Gusta seguir mis pasos y verme sonreír. Y cuando le dicen que soy afortunado por tenerla, ella revierte el decreto diciendo que la afortunada es ella por tenerme a su lado. Ella es mi amor, mi sonrisa, mi eco en la eternidad.
Adora mis chistes, mis ocurrencias, porque le alegran los días, cuando despertamos y siempre provoco sonrisas en su boca.
Es sexy y tierna cuando bebe café, antes alistarse con brillos en sus ojos que reverencian la gracia de existir, de amarnos. Y esto parece un sueño hecho realidad. Y decían que era imposible traer el cielo a la tierra. Ella y yo plantamos árboles con las manos inmersas en la tierra, rozándonos y colocando la nueva vida dentro de lo que escarbamos; y soñamos con un mundo mejor, escribimos sin parar los ideales y trabajamos, trabajamos arduamente para que se cumpla nuestro optimismo, nuestros principios puestos en el honor y la libertad.
Deteneos unos segundos para mirar nuestros ojos, después nuestros labios y entonces nos arrojamos a los sueños y nos damos besos; desnudamos nuestros cuerpos con caricias y disfrutamos todas nuestras extremidades y el tiempo resulta relativo, parece eternidad, un instante, luz y oscuridad, muerte y vida, amor y más amor.
Y todo empezó con el canto de una flor, escribiendo en el firmamento la historia profética de los amantes; del hombre que nadaba en aguas azules inmersas en la profundidad de los ojos de aquella mujer de piel arena ilustrando playas alrededor del cuerpo humano, con lluvia de otoño en su pelo. Y él besa sus labios, los besa apasionadamente, con ternura y fuego, con miel y oro. La besa y abre los ojos al atardecer, en medio de la víspera de la iluminación de los espíritus, de la erupción del fulgor de las almas.
Es la fuerza de Dios.
Erick Xavier Huerta Sánchez
He invocado a Dios, y he admirado la fama. Es intuitiva, alegre, con voluntad enorme, determinada y con mucho sentido del humor. Es romántica, cariñosa y detallista. Es mi amor. Osa de escribirme poemas y de relacionarme con la majestuosidad que alumbra sus días, y jamás deja de perder la fe en mí a pesar de que, en mis días tristes quiero desistir de luchar, de vivir. Me ama, me besa, me abraza, es fiel y admiradora de mi obra. Gusta seguir mis pasos y verme sonreír. Y cuando le dicen que soy afortunado por tenerla, ella revierte el decreto diciendo que la afortunada es ella por tenerme a su lado. Ella es mi amor, mi sonrisa, mi eco en la eternidad.
Adora mis chistes, mis ocurrencias, porque le alegran los días, cuando despertamos y siempre provoco sonrisas en su boca.
Es sexy y tierna cuando bebe café, antes alistarse con brillos en sus ojos que reverencian la gracia de existir, de amarnos. Y esto parece un sueño hecho realidad. Y decían que era imposible traer el cielo a la tierra. Ella y yo plantamos árboles con las manos inmersas en la tierra, rozándonos y colocando la nueva vida dentro de lo que escarbamos; y soñamos con un mundo mejor, escribimos sin parar los ideales y trabajamos, trabajamos arduamente para que se cumpla nuestro optimismo, nuestros principios puestos en el honor y la libertad.
Deteneos unos segundos para mirar nuestros ojos, después nuestros labios y entonces nos arrojamos a los sueños y nos damos besos; desnudamos nuestros cuerpos con caricias y disfrutamos todas nuestras extremidades y el tiempo resulta relativo, parece eternidad, un instante, luz y oscuridad, muerte y vida, amor y más amor.
Y todo empezó con el canto de una flor, escribiendo en el firmamento la historia profética de los amantes; del hombre que nadaba en aguas azules inmersas en la profundidad de los ojos de aquella mujer de piel arena ilustrando playas alrededor del cuerpo humano, con lluvia de otoño en su pelo. Y él besa sus labios, los besa apasionadamente, con ternura y fuego, con miel y oro. La besa y abre los ojos al atardecer, en medio de la víspera de la iluminación de los espíritus, de la erupción del fulgor de las almas.
Es la fuerza de Dios.
Erick Xavier Huerta Sánchez
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