ACTORES.
Actores.
Soberbia, lujos, buena vida cuando saltas a la fama de poder mover masas, inspirar con tus personajes y seguir las reglas de Constantin Stanislavsky.
Aquel día en los Angeles, la vieja amiga, la co-protagonista en varias de mis películas, de mis obras de teatro, vieja confidente, compañera de camarote. Qué hermosa se ve cuando camina por Hollywood con tacones negros de rendija de un sólo dedo pintado de color rojo. Con su vestido negro y cargando dos bolsas por su shopping cotidiano, comprando lencería de alto rango, de diseñador para esas cosas de la diferenciación, de quererse más y tener un estilo de vida aristócrata. Con su bolsa negra de marca PRADA, con su brazo soberbio que desliza su fleco para otro lado, que no obstruya su vista; y sus labios rojos, dientes resplandecientes, blancos como el marfil y lentes negros para aquello del molesto sol.
Yo como siempre, igualando, copiando, soberbio y con el estilo reservado, sport, crítico, sensual, sexy, jeans, saco, playera negra y botas Harley. Porque mi rol es el de interpretar varios roles de vida. Y siguiendo el patrón de comportamiento, el mismo de todos, muy protocolario el asunto, ¿cómo estás?, ¡qué bueno verte!, ¿qué cuentas?, ¿qué milagro y qué gusto reencontrarnos!, un beso, un abrazo, invitación a un café, besos y abrazos, pasiones escondidas, sexo en el hotel decente de una de las avenidas concurridas, de las secretas y exclusivas para los del séptimo arte. Pasión y besos, sexo en su casa y en la mía y regreso al país con las interminables dudas sobre la casualidad y el amor de verdad.
Puede ser una aventura de un día más. Al fin qué, el sexo es una necesidad tal cual como orinar, diría Diego Rivera para justificar sus infidelidades a la dramática Frida Kahlo.
Más días y más dudas. Tal vez esos encuentros fueron algo más, tal vez ahí reside el amor, en ella, en esa piel tan atrayente, tan seductora por su brillo, por la piña jugosa, dulce y encantadora; tan rica, tan jugosa, la que sacia la sed y ayuda a vivir.
Pero ella es soberbia, sigue así sin mas su camino actoral; se resguarda en su trabajo y rehuye a los hijos. Yo también porque no hay necesidad de compromisos, menos para intelectuales tan agresivos y tan radicales que siempre van por el cambio, por la soberanía y la democracia.
Y luego me la encuentro en Venecia, en el festival de cine con su gorro beige y su blusa café; no resistimos la atracción ni el romanticismo de la ciudad sobre lagos amorosos. Hacemos el amor y bebo su cuerpo como el dulce licor del chocolate por la mañana. En toda su piel se halla una bebida enigmática, no puede saciar mi sed. La empiezo a amar. Le quiero beber por siempre para mi alma.
Hacemos el amor. Hacemos el amor una y otra vez, los dos actores, los dos en la cúpula de la sociedad por interpretar roles masivos, de las personas comunes y corrientes. Nos tomamos fotos con gobernadores y apoyamos eventos altruistas. Somos líderes de opinión. Somos amantes en secreto, una relación escondida, en pecado, somos los forajidos de la formalidad.
Hacemos el amor cada vez que nos vemos. Tocamos nuestros cuerpos cada vez que podemos, desprendemos nuestras prendas y bailamos en las sábanas de la cama del motel, el hotel, el paraíso de nuestros apartamentos.
Yo admiro sus cejas, adoro sus labios, juego entre los dedos de sus pies y recorro sus piernas como el sabio en el desierto cuando escucha la voz de Dios.
Somos amantes divinos. Somos actores. Salimos en revistas y desnudamos el alma solamente cuando tocamos lo vulnerable de nuestros espíritus en el ruido de la farándula, de la persecución de los fans, de nuestro invariable miedo a no ser nada.
Vendemos teléfonos, anunciamos helados y tés de manzanilla. Promocionamos refrescos pero nos amamos en secreto. Somos libres y somos poderosos, pero somos temerosos y somos lo poco y más del pueblo, somos por el pueblo y presumimos pronta muerte cuando desaparezca el promotor y el gusto de la gente por la interpretación que hacemos en la tele, el cine y la obra teatral.
Lo tuve que aprender.
Nuestro narcisismo, la propaganda del narcicismo. El testimonio de nuestras vidas en el consumismo y la adoración de nuestro ser, queremos que las personas quieran ser nosotros y nosotros queremos ser.
Solamente nos amamos,
solamente nos damos por nosotros.
Somos tan egoístas y tan envidiosos que queremos ser todo: el albañil, la camarera, el empresario, la biografía, el poema y la novela.
Por eso no pudimos amar.
Por eso no pudimos tener relación y hubo que decirnos adiós.
Hubo que aventar nuestros sueños porque ni siquiera podemos ser lo que somos,
somos otra cosa; vivimos de eso y por ello moriremos.
Somos los maldecidos,
los ajenos a la verdad de nuestra esencia, a la prescripción de Dios.
Somos los rebeldes que no quieren el deber, quieren ser los hippies multiusos, los bufones de la realeza, el entretenimiento de la plebe.
Somos los inmortales burlados.
Por eso mis hijos abandonados,
huérfanos del padre en escenario, del viajero del entretenimiento; del amante y el perdedor de los amores de verdad.
El que nunca supo amar,
sólo en guiones.
exhs
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