Mujer de rojo.
Voy a escribir un par de palabras, para sanar el corazón, o tal vez para transportarme a un lugar donde se cumplen mis sueños, en un terreno donde aparece la sombra de la mujer de las ilusiones, esa que no puedo distinguir bien de cada rasgo en su rostro por culpa del gran sol que está alumbrando el mundo.
Su cabellera parece obscura, pero es la sombra, no distingo mucho, brilla con un poco de rojo, y sus ojos parecen perlas. Su sola presencia ilumina mi alma, me hace sentir bien, me hace sentir en consonancia con Dios.
Yo no buscaba relaciones perecederas, yo buscaba el reflejo del amor, aquel que se encuentra, que se sabe en una sola mirada; un amor que embona desde el mismo instante en que se reconoce. Yo soy un hombre, y lo hallé en una mujer. Y las señales son importantes, y todos son testigos, el aire me lo dice, el manto estelar que cobija nuestras almas me lo hace saber. Todo lo que he hecho, mis frustraciones y mis anhelos acaban por perderse cuando te encuentras en los ojos de esa mujer tan hermosa como el vacío que habita en el universo resguardando miles de formas de vida en armonía, en un perfecto caos que resguarda el amor.
Caminé plácido por el mundo, fingiendo ya no querer saber de los amores eternos, fingiendo ser parte de la máquina universal, oprimiendo mi corazón, y vistiendo de una coraza de acero toda mi piel para que ya no sintiera los embates de nunca poder hallar lo que he descrito, el depósito perfecto para la cantidad de amor que crea divinidad y trasciende a la esfera de lo maravilloso y lo perfecto. Tuve que caminar así, con un poco de esperanza para seguir sonriendo, para continuar aventurando ilusiones y avanzar hacia mi mundo utópico, aquel donde encontré al amor de mi vida, a la mujer que me enseñó sobre el amor, a la que le dediqué mis versos y mis alegrías, la que encanté su alma todos los días, a mi musa y mi destino.
Yo no vine de un lugar feliz. Allá en mi mundo, las personas estaban acostumbradas a lastimar sus almas, por eso también tuve miedo de hablar y de relacionarme con alguien más. Prefería estar solo y siempre estar buscando a Dios. Pero el gran creador no me hablaba, me dejaba solo en las cuevas del silencio mirando a la nada, tratando de racionalizar un mundo caótico y de eterna supervivencia.
Me volví flaco y luego regresé al mundo de la ambición.
Y de un día para otro, en el correr del tiempo una mujer paró la cuerda de mi reloj. Mirarla me hizo sentir miedo acerca del tiempo, y tuve rabia por envejecer, tuve celos y vi un lado oscuro, me vi por completo y olvidé todo el amor que aprendí. Había vuelto a nacer, y supe entonces que ella era el amor de mi vida.
Porque ella plasmaba en los atardeceres el rojo de mi pasión, y sus labios se volvían pinturas de nuestro amor. Porque ella poseía la riqueza y el frasco perfecto donde vaciar el líquido de mi corazón.
A ella que los paisajes pintaban como poema, y que me hizo comprender que mi cuerpo efímero desaparecería junto al de ella para que nuestras almas volarán a los confines de lo que nunca muere.
A ella, mi olvido y mi redención,
mis lágrimas y mi mejor virtud.
A ella mi amor.
exhs
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