Los reproches de un Padre
De un linaje de locos, y vientres que albergan el dolor, la madre y el padre se excusan en la profundidad del olvido, cuando conviene a sus intereses, cuando ya no quieren saber de sus responsabilidades, cuando no se quieren mirar reflejados en el cristal de los espejos en los rostros de sus hijos.
Del principio donde la madre loca quiere retener a un marido con diversas amantes hasta la otra señora que sufre los enojos de su marido y la cárcel de sentirse menor por los conflictos y la carga cultural de un mundo sexista. Las mujeres dan a luz, a nuevos dolores. Y gritan todos los días, no dejan dormir, es emplean en tratar de ser rabiosas y molestar a los hijos hasta obligarlos a que se inmiscuyan en la locura de los demás, de la madre que exige eso, de los hermanos que ya han sido contaminados y no hay escapatoria. La madre logra escupir al cielo, el padre se abstiene y juega a sobrellevar la pena y el orgullo, es uno más en el panorama y el contexto, en el jugueteo a golpear. Los menores crecen, las hijas cometen errores, los hermanos se pelean, la fuerza los persigue y comienzan a hacer estupideces. No saben qué hacer, se embarazan jóvenes y dejan de estudiar, continúan con la premisa de explotar a los demás y vengarse de los padres a través del amor y todos son iguales, se enmascaran en la suciedad de su violencia. Asfixian a los hijos entre paredes, nos los dejan libres, asfixia el amor, ahoga los abrazos rotos, abrazos que no curan las almas heridas. Los padres se hacen de alzheimer, buscan obligarse a olvidar los nombres de sus hijos para no tener que lidiar con sus penas, para no tener que enfrentar la carga de ayudarlos en las desgracias que ellos mismos generaron a través de sus gritos y los silencios incómodos, de su indiferencia, de su caos y de su egoísmo exacerbado que pisotea la moral de sus descendientes.
El Padre prefiere el olvido de las injurias de las que fue parte. Mira absorto y llora y no sabe qué pedirle a Dios. No sabe por qué la ira de los hijos, no quiere enfrentar el por qué de su ansiedad y nerviosismo. No les cuidan, no los adoran, simplemente quieren que estén juntos a ellos para compartir la asfixia.
_Qué muera Dios y su creación, que mueran las plantas que sólo miran y alientan a que continúe el infierno de la familia. Los organismos y los ecosistemas en una economía que no importa más que la explotación de unos sobre otros, de la familia corrupta y mezquina que osa querer amor pero que impregna suciedad y lo horrible sobre las almas. Manchan los espíritus, son porquería, y la madre y el padre prefieren olvidar, prefieren la vejez del mal, prefieren dejarse morir y que se vayan al diablo los demás, porque no tienen poder, tienen envidia, no quieren ver a los hijos crecer porque son aprehensivos, porque quieren matarlos quitándoles el aire y el espacio, quieren que sean siempre los menores dispuestos a recibir las órdenes, a estar bajo el yugo de la tradición del gran patriarca que osaba saberlo todo, que adoraba que los demás le pintaran como un Dios, como un ser superior que merece todo para alimentar su gran vanidad, su furia por vivir con una mujer que jamás amó, que fue presa de sus instintos básicos carnales de sólo coger por coger, haciendo hijos a destajo, procreando y maldiciendo la hora en que tuvo que venir al mundo a reinar una serie de descendientes que, para él, jamás podrán ocupar la gran silla que él mismo construyó.
Los demás son vengativos, la tercera y cuarta generación ahora viven en la pobreza y los demás caminan al suicidio.
La vida ya no vale la pena.
exhs
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