La ilusión no perece, se reinventa en su recuerdo, se registra en el corazón.

Primer Acto: Deshonra el amor.

Un hombre se acerca al joven enamorado y le dice que ya no crea en el amor y que mate sus poemas, pues la virtud de las ilusiones no son armas para enfrentar el mundo.

Segundo Acto: La Fe.

El joven enamorado se sienta intentando controlar su respiración que anda agitada por la incertidumbre de no saber de su amada, por contar los minutos que van muriendo sin estar cerca de la piel tersa y jugosa que emociona a su corazón.

Tercer Acto: Conversación con el dogma.

El joven enamorado no cree en los ángeles. Inventa uno de forma premeditada, basado en una desesperación por encontrar un interlocutor que pueda escuchar, nada más, para aliviar las penas que se traducen en palabras, en oraciones que expresa una voz de suplica y tormento por el amor que quema dentro de su cuerpo.

—Creo en la magia, en mis premoniciones que me indican que ella siente lo mismo, que vive la misma congoja y que por orgullo y prejuicio abandonamos la partitura de la melodía donde nos aproximamos y abandonamos el mundo por la locura para transportarnos a nuestro propio terreno adornado de nuestra naturaleza basado en los colores de nuestras almas, a la revolución contra los paradigmas y los protocolos que deben morir, para ser libres en este amor que vive de la conexión de nuestros corazones.
Creo en el primer contacto de nuestros ojos, donde visualizamos el futuro, ahí donde nos asomamos a los momentos en que hacemos el amor, en que recorro con mis manos todo su bello cuerpo, y deslizo mis dedos entre sus cabellos y miro la forma en que cierra los ojos y se abandona al placer, por sentir mis caricias, por sentir mi amor, cuando las horas dejan de ser tiempo y comienza un presente que no acaba con todos mis besos por su boca hasta sus pies, en una obra donde solamente nos necesitamos y el universo es un espectador. Las nubes nos envidian y el día y la noche ya no existen porque sentir nuestra piel comienza a desvanecerse hasta perdernos uno en el otro, sonriendo y emocionándonos hasta danzar en el pleno de la luna y decir adiós a todas las criaturas de nuestro planeta que nos vio nacer, acercarnos hasta tomar el amor que comenzó en la vida de cada uno por cada bocado de aire.

Contigo cambiaron los rasgos del color de mis ojos, me olvidé de la historia que viví, regresé al principio y pisé la eternidad cuando miré la luz de tu aura.




Erick Xavier Huerta Sánchez

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