Antes de la razón está el amor.

Bajo del cielo como una luz, y era polvo de estrellas dispuesto a transmutar en lo que fuese necesario para el universo, para permanecer, para jamás olvidar, para dar paso a la evolución. Le pusieron un nombre cuando se convirtió en un hombre y poseía un espíritu, era materia de ser la bestia inteligente. 

Era una criatura más, de las que racionaliza su existencia. Sentía de forma exagerada las emociones de los demás, y poseía talentos, únicos, dones que le permitían tener comunicaciones telepáticas y escuchar los mensajes de la creación. Y como cualquier otra parte viva, buscaba el amor pero tuvo que partir, como todos, desde el principio básico del miedo. Sólo tuvo que creer y caminar hacia adelante para crecer y crecer. En la máxima altura, y en la juventud rebelde, ególatra y obstinada; encontró la belleza pura en el alma de aquella piel perla que jamás hubiese imaginado después de haber amado con tanta pureza a una mujer.

Se decía que después del gran amor de su vida sólo vendría algo monumental, algo más soberbio, más altanero, algo que todos deseaban lejos de cualquier sentimentalismo, y más cerca a los estándares de la ambición. Era el dolor que ya no quería que sufriera el corazón, algo irónico donde el daño protege, cuida y aborrece lo demás que pueda poner en peligro el fuego puro de la creación. 

Y después vino ella, a orillas del cielo, con sus peculiares líneas, con la geografía de un rostro que marcaba el paraíso. Pero era el mismo miedo, el mismo dolor anunciado por sentir y vivir la misma historia que ocurría siempre, desde el nacimiento, el deseo que no podía concretarse, el nacimiento que moría en un lugar sin aire. Era la forma más hermosa pero inalcanzable. Y se enojaba consigo mismo por haber vuelto a sentir el deseo de vivir junto a ella los aires más sublimes del amor. Era el corazón, y era otra vez dios. Era ella nuevamente, el sueño desde antes que pudiese concebir la vida. Pero tenía miedo, por lo mismo, porque era la maldición, el sueño perdido antes de despertar, era la muerte antes de vivir, y ya no podía con eso, ya no podía nuevamente con las decepciones y la vista a un paraíso que jamás podría yo pisar. Por eso callé, me resguardé en el silencio y me fui lejos a un mundo donde las emociones ya no existieran.

En el mundo de los olvidos, encontré a dios, y éste me dijo que el miedo ha desaparecido. La voluntad ya ha aceptado lo maravilloso de ella. La dedicatoria de mi corazón la sabe, los brazos abiertos que esperan recibir, en cualquier momento, su vida en la fuerza de mi corazón están siempre atentos, y ya no tienen miedo, saben que nuestro amor está listo para caminar y llegar lejos, crecer y volverse más fuerte.

Quedó a su espera con los ojos cerrados contemplando la belleza de las mañanas y el brillo de la luna por las noches, con juegos siempre en las nubes. Las luces marcaban las estaciones y pronto volvía a dar un salto cuántico por las veredas de la conciencia, teniendo siempre en la primera línea de mis pensamientos, que mi amor por ella no necesita pruebas, tampoco luchas, el amor ya existe, ha nacido, cuenta con su propia voluntad y florece y se mueve como toda la energía de la vida.


Erick Xavier Huerta Sánchez
«exhs»

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