Maestra del amor.

Como el río fluye, encuentra su cauce y alcanza su nivel. Yo recorría las tierras de mis padres, y un día me hastié de la comunidad y me exilié hacia otros confines para buscar nuevas culturas y encontrar en la diversidad, toda la profundidad que habita en mi interior. Estaba lleno de dudas y pocas respuestas, por eso caminaba, y abandonaba las grandes enseñanzas, no me bastaban las grandes figuras sabias que poseían la gran sabiduría universal del cómo ser y qué practicar en el mundo de los hombres y los animales, de los cielos y los mares.

Estaba obstinado y muy confundido. Todos los hombres me regañaban porque yo confiaba en el destino y en la magia que te lleva a estar donde debes estar. Nada debes esforzar porque todo está escrito y el universo se hace cargo de uno, no nuestra soberbia de poder crear y hacer a nuestro antojo desafiando la gran universalidad de los dioses y la energía que fluye a través de los planetas.

El gran Padre vivía de su soberbia y regañaba a sus hijos, y yo era uno de ellos, miedoso, tímido, con fe, con esperanzas de que el amor del cielo me protegiera en todo momento. Pero nací en un seno violento. El gran Padre dijo que fuese frío como el clima y cálido cuando la estación lo requiriera. Eso no me convencía, aún así seguía viviendo con tantos cuestionamientos. Alguna vez encontré en mi cuerpo la fuerza necesaria para no necesitar más del mundo pero regresó a mi estómago la ambición y me volví fuerte y magnánimo, y eso me hacía alejarme del amor, porque no lo encontraba más en ninguna persona, no había mujeres con tal sinceridad y pureza. La sociedad había arruinado la pureza que buscaba en una mujer. El gran Padre decía que uno conquista sus victorias, que la mujer es eso, una cosa más que puedes conquistar, como un trofeo, como algo que puedes manipular a tu antojo y yo no compartía esos pensamientos. Yo pensaba que la mujer era la pieza clave que daba sentido a toda la creación, que era un momento de reconocimiento donde brotaba una chispa dorada y lograba hacer nacer nuevos universos. Eso creía yo.

Los vientos recogían mis plegarias y no sé a dónde las han llevado.
El mar lavaba mis angustias y mis penas.

Las señales de las estrellas se quedaron guardadas en los ojos prohibidos, esos de los que habló el oráculo debía ignorar. ¿Sería a caso el fruto prohibido? ¿A dónde nos llevaría esa pasión? En la profundidad de ese brillo, anunciaban la aparición de gran felicidad, una nunca imaginada por mi alma. Pero debía yo separarme de su lado y caminar a un nuevo pueblo, a otro continente, lejos, en la tierra inalcanzable, donde mueren los hombres intentando respirar ese aire.

Al llegar ahí, comencé a llorar. Y una mujer se acercó, preocupada, con un rostro bello, lindo, precioso por mostrarme su gran consternación por mis sentimientos. Examinaba con cuidado mi alma, inspeccionaba poco a poco la historia de mi vida, mis sufrimientos y los curaba con el rocío de su mirada por todo mi espíritu. Los árboles y las plantas revoloteaban con el viento que parecía feliz de este encuentro. Y jamás había sentido tanta ventura ni tanta divinidad con este acercamiento a esta mujer amante de la naturaleza, única y especial, que pasaba desapercibida y no era afín a la vanidad que acostumbraban las mujeres del lugar de donde alguna vez huí y que jamás pude comprender; una que tuve que tolerar a pesar de ser demasiado violenta y dañina para esta entidad que venía a dar testimonio de la verdad, que comenzaba a recibir las señales de la enorme labor que tenía que enfrentar para ejercer el destino que había prometido y ordenado el gran Padre. 

Ahora estaba allí, olvidando todo eso. Incluso se desvanecía mi nombre. Y yo no quería quedar postrado allí porque se había derretido aquella gran daga que había insensibilizado mi corazón. Volvía a sentir el gran amor, los latidos, la sangre, la alegría y me despojaba de todo lo que no necesitaba mi cuerpo. Me volví a purificar con la simple mirada de aquella mujer de paz interior, que calmaba al mundo, que calmaba la gran bestia que habitaba en el interior, producto de la lucha por la supervivencia, de la lucha eterna que tuve en esta historia interminable de clases sociales, de hermanos y de las ideas.

La belleza tomó mi mano y me llevó a sus aposentos simples y me enseñó la nobleza de mi piel y pronto mi pintura se mezcló con su esencia y bailamos y dibujamos con nuestros cuerpos el gran cuadro de paredes blancas inmensas que iban desdoblándose al paso que se extendía el mágico manto del amor.
Antes del anochecer había neblina, luego pude ver las estrellas, miraba mi amor más allá de los planetas, sentía el sonido de la gran presencia de mi imaginación, la misma que me hizo saber mi providencia, mi origen y mi conexión con la esfera inmensa de la creación. Yo había encontrado el amor, aquel que me esperaba siempre, que cuidaba y curaba, que regeneraba mi corazón, donde fuimos uno a la eternidad.

Jamás nos abandonamos,
porque el amor nos abrazó.

exhs

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