BIEN

Maldita soledad. Me entristece el silencio y la oscuridad, que tanto lastiman mi cuerpo; son cuchillos afilados por mi piel sacando llagas, sangrando mi dolor, abriendo mi piel; abriendo lo poco que soy.
Maldita soledad que me hace apreciar el amor al prójimo, que me recuerda quién soy y lo que tanto ansío pertenecer al mundo. El planeta que necesita amor y no más violencia que se genera sola, en automático por un acto natural de nacer, del venir de las cosas a la supervivencia, a la lucha incesante por proteger el individualismo, el hambre, el techo, el golpe de las olas, el mar furioso, la tempestad, el frío y el calor, el viento enardecido que quiere quitar todo a su paso.

Me fui a sentar por la tarde, en el ocaso del sol porque anidaba una bestia en mí. La ira y el desapego de las cosas, la rabia por el control. Un muerto fue a habitar nuestra casa, un demonio se asentó ahí y todos querían huir. Es extraño cómo alguien puede desear el mal con palabras divinas. Es incuestionable el demonio que ahí existía, que se alimentaba de ira y odio, del grito y la neurosis.

Ese hogar estaba maldito.

Sentado delante del ocaso tenía ceguera gracias al sol; y juntaba mis manos lentamente conteniendo todo el amor hasta unirlas en forma de oración para aguardar el amor y tenerlo bien cerca del corazón, para limpiar mi alma y que de ahora en adelante todo lo hiciera con amor. De pronto, un manto blanco se extendió delante de mí y voló al cielo expandiéndose hasta caer con brutalidad para abrazarme y envolverme en un brillo intenso que me protegía y me curaba todos los males; volvía a nacer con incredulidad y rechazo, volvía a ser y sentía de nuevo toda mi ingenuidad volcarse sobre mi cerebro. Las viejas ideas morían, y cuando regresé a donde saben mi nombre, el lugar se limpió, se protegió con tal magnitud que nunca más hubo tristeza. Mucho menos rabia. Mucho menos lamento. 

Había llegado la época de calma en mi vida.

Los espectros negros los vi alejarse, irse con pronta furia y miedo. Desaparecían a metros de distancia porque perdían su poder, todo su alimento desapareció y atentó contra ellos por su maldad. Los muertos y esclavos del mal no debieron pararse ahí. Hubo un día en que nació con tanto lamento y mucha esperanza. 

Lo había mandado Dios a salvar a los suyos.
EXHS

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