Romance

Ay hijo.
Hijo.

De la violencia que fui presa en todos mis semejantes.
En la violencia de los que eran compañeros de escuela.
En la violencia del seno familiar.
De ellos aprendí violentar y perderme en mis pasiones. Cuán tonto fui pero pedí perdón y escuché la voz interior, eso que muchos llaman Dios.

Ahí en mi recinto encontré la pena, la vergüenza y me levanté para caminar hacia la luz.
Les agradezco a más de media noche, tengo profundas gracias de haber tenido en la inocencia esa violencia que despertó el amor y la incesante búsqueda de la verdad.
Mi alma despertó.
Mi vida es un espejo.

En mi desierto decidí partir solo, los dejé allí donde quedaron y ya era algo más grande que aquel pequeño que aprendía los errores de los humanos sin conciencia. Enterré su pasado, enterré el error que cometí, fui perdonado por ser presa de la ira de los ciegos que el señor dejó libres en el paraíso que nunca pudieron ver.

Salí a la luz y el tiempo pasó, me convertí en la lluvia y el viento.
Los sueños me etiquetaron como su príncipe y ahora ser feliz fue solo la construcción de un mundo nuevo. Me quieren las deidades y me siguen las multitudes; no hubo alma más poderosa en su reflejo que el universo quisiera imitar.

En la mañana empecé a enamorarme del flamenco y quedé cantando al aire toda mi pasión, la promesa que siempre habitó en mí: mi compromiso con Dios.

Erick Xavier Huerta Sánchez.
El recuerdo de mi vida.

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