Está prohibido hablar de amor.

No escribas más del amor, que está prohibido. Abándonate al silencio, que si continuas con la palabra escrita, y que si sigues comunicando tanto, con pasión y fe, podrías emocionar a los ángeles. Podrías aludir a alguna persona, y alguien se lo podría tomar personal. No hables más del amor. Distanciate, y calla, no reces, no implores, no ores por nadie. Silencio absoluto, resguardo en tu ser. Opaca la luz, que puedes alumbrar a muchos. No ilumines, no intentes cambiar la oscuridad. No rasgues en ningún lado, ni trates de encontrar belleza donde no la hay. 

Sólo quiero comunicarte, que me enamoré. Sin querer osadamente, amar cada aspecto de tu ser, de lo que llaman vulgarmente una cuestión biológica, por tu piel, por tus colores, por tus olores, por tu motricidad, y algunos destellos de tus emociones. No pienses que miré más del cuerpo, en la luz del pecho, donde se esconde tu corazón, ahí esa luz, puede ser que sólo la imaginé, que sólo me reconocí en ese corazón por una locura en mi sueño cuando te conocí. Que osé sin querer, amar, amarlo todo de ti. Y en la distancia, en las letras, en la música hasta que el corazón un día desesperara y se desangrara casi por completo, y apenas entonces, podía respirar. Y desde entonces, como un desvalido, sin corazón, uno moribundo, había tenido que vivir esperando que ese órgano tan bello comenzara a restituirse, a regenerarse paulatinamente, porque había amado tan intensamente, que encontró el fundamento perfecto para morir, renacer, resucitar. Ahora sé cómo es estar muerto en vida. Ahora sé de los tormentos que se viven por amor, cuando la fe no funciona, cuando el tiempo es agonía e incluso desaparece de todo; cuando ya no buscas más, cuando pierdes la ambición. Pero creo, esencialmente, que se trata, en esta conclusión, de ser fiel al amor que uno ha sentido, el cual posee, el cual nació, sin querer, sin buscarlo, simplemente, aquí adentro, por haber visto o escuchado en una noche estrellada, la voz de una mujer. 

Pero era cuando tenía los ojos cerrados, hinchados por lágrimas, que las voces venían y me decían: «eres afortunado en el amor». Por eso el futuro es promisorio. 

Ya no busques amor, ya no halles en las letras, en las palabras, la explicación a lo que sucedió. No entiendas nada, me dicen amigos, me dicen familiares, me dice la propia amada. Como si esto fuese planeado, como si haya ido yo a un supermercado a comprar amor y esto pudiese tener devolución o ser desechado a la basura. Como si hubiese sido planeado, deliberado por mí. No he elegido amarle, simplemente fue luz que marcó el camino de dos corazones que se reconocieron en un instante, pero la razón estropea, a veces todo, toda la historia. Las cosas son banas. El amor es una mecanicidad, que cumple requisitos del imaginario colectivo, y que no tiene nada que ver con la magia o el destino. Tal vez fue culpa de un simple abrazo que junto corazones.

El amor incluso ha perdido su peso. El amor ya no es comprendido. El amor ya no se entiende en esta sociedad enferma que todo lo consume, que lo usa y lo tira, como otro producto más. Y se buscan características del producto, en colores, y en uso de marcas. En lo que te produjo, en lo que eres por tener, por saber, pero nunca por ser. No importa lo que eres, sino lo que representas. Así se mira el amor hoy día. E incluso, los menesteres psicológicos, la contra a la familia, a las indicaciones de los padres, las decisiones por rebeldía de optar por parejas que vengan a dar conflicto, con una supuesta conciencia lúcida que tomó por optar esa decisión en base a una razón determinada por el inconsciente, por la huella de abandono. 

El amor incluso es un convencionalismo social, del beso que se arranca en la impulsividad. El amor se confunde muchas veces con la prisa, con la intensidad, y la desesperación sexual. Y es tanta la desesperación sexual que hasta se termina por hacer una masacre al amor. 

Lo mismo pasa con todo lo demás. La amistad, lo que quieras. El amor es la fuerza radial que nos conecta con todo lo que hacemos. Todo lo que hacemos en nuestra vida, es por amor, por querer ser más, por buscar más, por el anhelo que tenemos de ser más. 

Sin duda, creo otras cosas. Siempre he sido un poeta. He sido hijo predilecto de dios. He amado intensamente y como los cisnes, navego sin mancharme en el fango donde muchos otros ahogan sus penas, y se dejan inundar, hasta perder la vida, porque ya ni siquiera gustan de mirar al cielo nuevamente y recobrar la fe. Aquí en mi corazón hay, espacio para la empatía y para la belleza. En mi conciencia, se encuentran escenarios de amor, y en mis memorias la reconstrucción tan bella de una historia que comenzó cuando un ser abrió los ojos, descubrió a sus padres, pidió hermanos, pidió conocimiento, maestros, y vida, más vida, que las de las estrellas, luces y planetas que giran a mi alrededor junto a miles y miles de semejantes y especies, que aún desconozco, que abundan en mares, en profundidades, o bajo tierra. Yo a penas vislumbro las nubes que me cobijan a diario y en el silencio, a veces abrumador, tan consolador, siento las voces, la certeza que explica el amor. 

Yo amo, intensamente, todos los días, y he querido odiar, he querido matar mis propios sentimientos, como si hayan sido impuestos por una fuerza que no puedo controlar, ajena mí, que me ha puesto en el infortunio de padecer la flecha dorada de cúpido porque a la otra que tanto adoro, le flecharon con la de plomo para ser la indiferencia absoluta, la muerte del amor, amando lo imposible, lo que no siente, lo que no comparte, lo que no es ni jamás será la correspondencia a esta locura que me ha enfermado durante un tiempo que no he podido vivir en plenitud. Y entonces, repito lo mismo, me han prohibido que no hable de amor, que no muestre vulnerabilidad ante lo que no existe, que no vislumbre mi ser como una entidad enamorada, de la nada, de lo que es vacío, inequívoco. Estás hablando a la nada. Pero no es así, si es el arte. 

¿Por qué habría de resignarme a estar así si puedo estar mejor?

Si el amor, al final de cuentas, alumbra el camino. 

A mí me dicen que no preocupe, que amaré, en cuestión de dos, a otra mujer. Como si fuese un producto, como si una muñeca se pudiese reemplazar por otra. Misma figura, misma marca, y aún así, son distintas. Pero a eso te enfrentas todos los días, por la soberbia de varios, que ya conocen de todo, por algunas rupturas apasionadas, que comenzaron con una noche de copas, con una atracción meramente bioquímica, sin amor. Pero así, es, lidia con eso. 

Si es el arte, si soy un escritor. No le pidas al escritor que no escriba. No le pidas al cantante que no cante. No le pidas al pintor que no pinte. No le pidas al artista no sentir amor cuando lo que hace, lo ejerce por amor. Es en todas nuestras expresiones humanas, lo que faculta esta entidad que aprende paulatinamente del amor, bajo cualquier nivel de conciencia , en cualquier rubro, en cualquier momento, en cualquier escenario, acompañado de distintos personajes. Tenemos que amar, siempre, eventualmente lo tendremos qué hacer si es que queremos salvar nuestras vidas, y la de otros seres, incluso para obtener respeto de toda la creación porque a través de nosotros el universo se puede ver asimismo. 

Por eso no pediré perdón y seré el primer transgresor a esta ley impuesta por no sentir, por no amar. Me rindo ante el hecho de querer estar mejor, de ser mejor, de hacerlo por amor, de creer en el amor, de dar todo por amor, de vivirlo, de sentirlo, de experimentarlo. Con siempre la mirada puesta en la conciencia lúcida de que el corazón se exprese siempre con ademanes de afecto, con oralidad de comprensión, para apoyar en todo momento, bajo cualquier circunstancia, a un hermano, a quien lo pida, y sentir placer cuando me realizo, al sentir amor. Porque inspirarse, conocer y reconocer, en el amor, es todo, es lo absoluto, es lo inequívoco.

Estaba prohibido, lo sé. 
Pero no lo pedí.

El amor vive.


Erick Xavier Huerta

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