No encuentro el amor, pero sigo buscando.

Las barbas, a veces se olvidan de la infancia, de la inocencia, de la ingenuidad. Las barbas crecen, son pesar, esconden algo, prefieren el olvido. Las barbas crecen y ocultan de nuevo el inmenso sufrimiento de los pies que deambulan y reconocen que se han equivocado, por encontrar en la belleza, un amor que sigue resguardándose en el pecho y que quema, hiere, calienta el cuerpo, lo funde en fuego, lo va destrozando poco a poco.

La frente es más amplia, el cuerpo se inmiscuye en la madurez y poco falta para el ocaso. Los nombres de las mujeres que provocaron enamoramientos quedan allí, como simples recuerdos, como ilusiones perecederas que invitan a vivir, aunque sea un poco tiempo. Después despiertas, y te das cuenta que no es la misma historia con cada amor; son diferentes pero siempre iluminan el mundo.

Belén, Cecilia, María y furtivos aires. Nada más. Invitan a despojarte a momentos de la tierra y volar, pero simplemente para eso sirve, después regresas a la frialdad de estar solo, sin la respuesta de Cristo. Dios no habla, pero cuando mencioné su nombre, aparece un designio que no cumple con las expectativas, sólo aparece, engaña, da miedo después de tener un corazón envuelto en lava. El volcán ha vuelto a despertar y las bestias son liberadas. No se siente a estas alturas tanta vida, ni tampoco tanta angustia después de mirar sus ojos. Sus ojos son calma y me da alegría aún estando lejos de ella, y eso parece ser un signo nunca antes sentido. Estoy lejos, pero me siento seguro, como si ella se hubiera fusionado conmigo y hubiésemos dejado de ser personas separadas. Nos hemos inmiscuido en un nuevo mundo sin darnos cuenta y escalamos al cielo. El mundo ha desaparecido y somos más grandes. El universo ya no nos guarda, nosotros albergamos la inmensidad y lo infinito.

Ella tiene otro nombre, más simple, más sencillo de pronunciar. 
¿Está loca mi nueva edad?

Mi ser en esta era recuerda que puedo seguir implorando deseos que quedan ahí clavados en las estrellas y que no se cumplen, pero me sigo sintiendo feliz. Camino beneplácito al lugar de la felicidad donde están sus ojos, me siguen esperando un poco más, un poco de horas; estamos separados por la distancia en nuestros cuerpos y seguimos unidos en el corazón; corazones que se aferraron a estar juntos en las energías del viento para no sentir dolor cuando las bocas pronuncian «adiós».

No es que mi cabello largo, el brillo de mis ojos, los cambios en mi cuerpo, mi peso en la edad se hayan vuelto locos. Es la nobleza de mi corazón, el empecinamiento de ser un hombre de Fe que idealiza humildad en el amor, que cuenta con la confianza de propagar felicidad, de vivir en intensidad los besos con una musa de luz.

Es mi piel y mis ideas, la imaginación, mis sueños, mis locas ideas cuando observo las estrellas y busco consuelo en el cielo.

Yo soy eso para Dios, nada más. 
Yo soy eso para la ilusión.
Yo soy un sueño, por eso me cuesta vivir.

Algún día encontraré, en este viaje, el destino donde alberga el terreno preciso para sembrar el amor que cargo en mi cuerpo. Y entonces volaré, podré morir en paz y habré cumplido con mi destino.




Erick Xavier Huerta Sánchez

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