Desde el día en que te amé

Yo no tengo la certeza de nada, cuento con simples supersticiones. Una vez alguien me dijo que vendría una mujer y que me amaría, que sentiría un gran enamoramiento y que nos fundiríamos en el amor. Yo sólo tenía eso en mis pasos des variados hacia la nada, enojado con el destino, con el mundo porque yo no pedí nacer.

Y luego, de pronto alumbran sus ojos, contesta con sonrisas, seduce con sus palabras.
, y mi corazón queda rendido, sujeto a sus movimientos. Me quedo enamorado, sin poder retractarme. No tengo decisión, pero quedo paciente, respetuoso a que ella sea la que pida un beso, porque no sé robar, no sé lastimar, no quiero incomodar, no quiero vivir, porque vivo lastimado. 

¿Otro corazón me hará renacer?
¿El amor de una mujer?
¿La mirada seductora y la nobleza de su espíritu que residen en las plantas de sus pies?

Yo sólo quiero amarla. Y me empiezo a sentir profundamente mal, sin sueño, sin poder conciliar una profunda concentración en mis actividades cotidianas. Algo anda mal, algo no está funcionando, algo me está molestando y siento que me muero.

La comienzo a extrañar, de la nada, en un momento donde estoy trabajando, cuando charlo con otras personas, del trabajo o mi familia, ella está en mi mente, como si pidiera ayuda. Pero yo ya no confío en mí ni en la naturaleza. Me niego a encontrar señales o ruidos de Dios. Me niego profundamente a creer en la magia, a que una mujer piensa al mismo tiempo y me necesita con una desmesura. Y yo la amo, así nomás, por obra de arte, de la misma forma en que vine al mundo.
Sólo me quedan las posibilidades de enviar pocas palabras al viento. Le llegan ciertas cartas, con palabras vacías, con miedo de declarar un amor, porque ya no quiere morir otra vez.

No entiendo la vida. Ya me cansé de estar sin rumbo. No encuentro la trascendencia en mis actos. Todo lo encuentro irracional, sin motivos. Sólo pienso en ella, después de las mismas venturas donde creí en el amor perfecto que era algo que no estaba en la tierra; ahí donde yo mismo me puse una trampa, mintiendo y creando en la imaginación un mundo perfecto donde besaba a la bella María, a la bella de ojos que también son negros, de cabello castaño, que nunca me hizo caso, que siempre me rechazó, que me lastimó en vidas anteriores, que jugaba a convertirme en un miserable viajero de las estrellas.

En mi vacío llegó una luz que comenzaba a dibujar una mano que me sacaba de allí a un nuevo paraíso, pero ella estaba amenazada por el compromiso con aquel líder de esa nueva comunidad donde yo me enamoraba nuevamente. 
Viajes, idas y venidas, distancias, pensamientos que confluyen en la eternidad. 
Ella piensa en mí y yo en ella. 
La quiero para siempre.
La quiero siempre aquí. 

Tengo ganas de besarla y hacerle el amor.
Tengo ganas de que mis ojos vean en el amanecer su rostro.
Quiero tener la oportunidad de ser quien bese su frente a horas de madrugada.
Quiero ser su primer pensamiento, su mejor motivación.

Quiero ser el amor de su vida.
Quiero estar siempre en el día de hoy, arropando su corazón, cuidando su espíritu, imprimiendo en su sangre la belleza de las cosas.
Quiero amarle, quiero estar con ella siempre.

Ni siquiera ya me duele. Ya no siento nada. Simplemente el amor despertó y el mundo ha cambiado; tal vez quedé en un sueño permanente después de haberla visto.

Tal vez el amor me abrazó y yo abandoné la vida.
Tal vez ya no existo.

Tal vez despierte junto a ella, mañana, para siempre.

Erick Xavier Huerta Sánchez

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