Así lo contaban los astros.
Mírame bonita, ¿qué no a caso eres mi corazón? ¿qué a caso no eres el reflejo de mi alma? ¿a caso no eres el brillo que incrementa la luz e ilumina el mundo perdido?
Era aquello que estaba predestinado. La ves una sola vez y eso basta para abrir la puerta al eterno sabor de la belleza. Pero el mundo es más difícil y los cuentos son otros cuando golpean tu cara, cuando te raspas otra vez con la tierra. La ves, la miras, la observas, sientes sus palabras y sus pensamientos, se aleja de ti, se va y regresa nuevamente en los campos de mis aspiraciones, pero no quiere resguardarse en los aposentos de mi corazón, porque aún tiene miedo del dolor del amor, tiene miedo de experimentar el riesgo de perderse en la belleza de mi piel y de mi alma, en los besos que he guardado, en las caricias que se tienen que contener por hacerla sentir todo un abismo de pasión.
Se va, se aleja, se pierde en su cotidianidad. Se va, se aleja, regresa y se vuelve a ir.
Envía sus anhelos a través del aire y me escribe en mis sueños. Me despierto con sus palabras que no saben cómo exclamar su deseo, su alma que tanto me extraña. Ya no se siente igual después de no estar a mi lado. La tristeza nos invade, nos pierde, nos desespera, y estamos amarrados a la esclavitud del mundo y la supervivencia. Estamos anclados a nuestras profesiones y nuestro ámbito, al lugar donde hemos querido estar, y siento la pena en sus palabras, siento cuando decae sus energías, siento sus exclamaciones y su caída libre. Ya no sabe de dónde agarrarse, ya no sabe cómo pedir auxilio a los milagros y yo quedo protegido en la cobardía de no gritar un amor que puede arrasar y destruir a todo el manto del universo.
No era tan fácil encontrar el amor. No es tan fácil mantenerlo cerca. Somos débiles. Soy noble, me hundo cuando cierro mis ojos y encuentro el brillo, abro el panorama de las puertas de mi espíritu y quedo paciente en la tranquilidad que nos rodea, firme como los árboles y abalanzando mi alma como las plantas en el viento. Soy el pasto y las pisadas que corren hacia la luz de sus ojos.
Protejo el oro que curará sus heridas. Siento sus penas, siento cuando se aleja y vuelve a exclamar: "te quiero". Sé de sus deseos, sé cuando llama a mi corazón y deposita emociones del futuro. Sé de sus ahorros, de mundo que viene en sus predicciones cuando espera que mis manos la toquen.
Sé que me ama.
Sé que la quiero también.
Sé que el amor nos separa.
Sé que el amor va a reunirnos en mi siguiente pensamiento.
Erick Xavier Huerta Sánchez
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