Helena.
Helena.
En secundaria era la más bella de todas, reinante en la superficie y los adentros de mi corazón. Todas la noches rezaba a Dios poder besarle y que sus deseos fuesen hacia mí. Quería yo ser su más profundo deseo cuando yo tenía 12 años.
Me gustaba una niña, rubia de ojos azules, popular y carismática. Linda y preciosa. Reina de mis sueños y mis anhelos.
No me importaba que mañana fuese ingeniero, cantante o escultor. No me importaba nada, simplemente quería amarle, que me lo permitiera y que lo quisiera tanto como yo.
Yo admiraba su inocencia y lo diabólica que también pretendía ser.
Yo era un inocente que hasta cuando quedó mojado por la lluvia no quiso cambiarse. Tenía miedo de mi cuerpo, tenía una baja autoestima y no me sentía el mejor para que ella me amase. Así continuaron los días y creo que así me quedé.
Me quedé con miedo, con los rastros de sentir que no merezco dar mi amor, y no sé por qué.
Yo estaba enamorado de Helena, la de cabellera rubia, más chica que yo en estatura, tan coqueta que al primer vistazo pensé que sucedería, pero no, ella sólo se burló de mí. Y me enojé mucho, mucho con Dios y conmigo por no poder amarle y sentir su ironía y su desprecio. Nunca me quiso, o al menos yo no me enteré.
Yo hubiera dado todo por ella.
Ella quiso al rebelde y al popular. Era la chica más deseada del pueblo, rompe corazones, conquistadora de todas las áreas. Se quiso comer al mundo cuando sólo tenía 14 años.
A los 15 estaba embarazada, de un patán, por supuesto. Ella quiso estar con él y no conmigo. Yo me quedé con mis ilusiones y ella esperaba un hijo de otro, de él, del afortunado.
Y tuve que aprender a decir adiós. Tuve que aprender a dejar ir.
Y pasaron los años. El pequeño al que destruyeron su corazón, de amores platónicos, el reservado y callado, simplemente hizo su vida. No era más ni menos, sólo un tipo rudo que conquistó hábitos que le dieron resultados.
10 años después ella paseaba con su hijo en la plaza popular, tomando un helado mientras yo buscaba prendas elegantes para vestir en el trabajo. Y aún me pone nervioso. Aún sus recuerdos lloran en mi alma.
Ojalá un día haya o pueda sentir la fuerza con que le amé en tanto silencio.
exhs
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