Cerro de Culiacán 2013
Iba a escribir esto inmediatamente después de haber corrido, pero no pude. El tiempo después de la montaña fue para la familia.
Las dos competencias previas fueron un medio maratón y un 10k. Sin descansar fines de semana llegó el día que habría de subir la montaña más grande del Estado de Guanajuato-el cerro del Culiacán. Y le llaman a esa ruta, el camino de los orates (porque debes estar loco para subir corriendo). Es nuestro monte Everest. Es un reto subirlo, así como hicimos.
En un área natural protegida. Era la carrera y la experiencia de competir a campo traviesa en la montaña más grande de Guanajuato. Y estaba yo emocionado. Pero había yo vivido días inestables en mi horario, y no podía dormir bien.
Ese día me levanté un poco tarde, a las 7:20 a.m., y pensé que ya no llegaría a la competencia en Cañada de Caracheo. Me vestí en 10 minutos, tomé un licuado y salí corriendo. Puse a Metallica en el Stereo del auto para levantar mi furia y recargar mi coraje y voluntad. Y logré llegar, gracias a las indicaciones de la gente de por allí. Me estacioné y seguí a los demás arriba, siempre arriba donde empezaría la travesía.
Mucha gente comenzaba a llegar, entre ellos hombres de edad, hombres de 7 décadas, hombres de medio siglo y algunos niños. Yo sabía que debía llegar a la cima, después de cruzar 5 kilómetros cuesta arriba, en una de las pendientes más difíciles que hay.
El Presidente del municipio de Cortazar llegó a dar la salida, y yo estaba ávido por empezar a correr lo más fuerte, porque solamente eran 5 km, y no eran nada para mí; no para un tipo que le gusta correr muchas distancias, que nada 1.5km en mar abierto, conduce 40km en bici y baja a correr 10km con toda su fuerza; no para un tipo que corre 42kms, que ha corrido ya muchas competencias, que sube la montaña de Chipínque, y que nada entre los árboles del bosque de Tlalpan. Esa no sería prueba para un hombre fuerte. La juventud y el oro estaban en mi alma y no podría tener yo miedo de nada. La montaña sería nada y yo podría ganar.
Dieron la salida al conteo de 3.
Inicié con todas mis fuerzas, mi potencia y mi velocidad, alzando mis piernas, rebasando a muchos, subiendo y subiendo cuesta arriba sin imaginar que la pendiente y la distancia serían algo más que un paisaje, que serían una verdadera prueba hasta doblegar mi alma y mi espíritu, hasta regocijar todo mi ser ante la creación, despojando de mí toda maldad y limpiando todo lo que no es piel y carne.
Poco a poco empezaba a cansarme y ya no podía subir más las piernas, y mucho menos correr. Tenía que frenarme porque ahora todo estaba, prácticamente, en posición vertical. Tenía, prácticamente que escalar. Y tuve que caminar, con dificultades en mis pasos, entre rocas puntiagudas, en un ambiente hostil porque había llovido y había deslaves y pasajes donde el lodo sumía tus pies hasta hacerlos parte de la tierra, tragándote un poco e impidiendo muchos de tus pasos para hacerlos rápidamente.
Pronto me rebasaron los hombres de edad, a los que pensé que jamás me alcanzarían. Aprendí que no importaba la velocidad con la que fuera sino la sabiduría que debía tener en cada uno de mis pasos para que fueran acertados y precisos y lograra avanzar con más rapidez que con el infortunio y desesperación de correr por correr sin mirar dónde piso.
Me quedaba solo, a mi paso, estando donde debía estar. Y no detenía mi paso, me esforzaba mucho por poder ir lo más rápido que podía pero parecía que todo esto era un cuento sin fin. Y tuve que tener paciencia y mucha disciplina porque sólo tomé dos sorbos de agua en todo el trayecto y mi corazón empezaba a sufrir la altura y hacía frío.
De pronto, un hombre de medio siglo se comenzaba a aproximar y eso me hizo enojar. No era posible que yo, de 26 años estuviera perdiendo ante hombres más viejos, con mucho más pesar, huesos más maltratados, espíritus viejos, almas sufridas, hombres con más vicios y una historia desconocida pero con mucho más dolor, obviamente, por tantas vivencias de lo que yo podría imaginar. Me ganaban, pero ese hombre no debía rebasarme, no, no porque yo tenía que ser mejor. Así que grité en la montaña y sacaba toda mi ira e iba con fuerza hacia adelante y lo comencé a dejar atrás, muy atrás.
Pronto encontré hombres que no aguantaron el paso y tuvieron que parar.
Yo seguía adelante.
Pronto encontré hombres que aventaban palabras de aliento hacia mí para que no me diera por vencido. Y yo seguía adelante.
Y llegué al punto donde todo estaba descubierto y podía mirar al cielo para adentrarme, de nuevo, más adelante, a los árboles. Y entonces comencé a sufrir, a casi llorar, a sentir pena por mí, a sentirme tan minúsculo y triste por no ser más fuerte. Y mis brazos se doblegaron, ya no podía alzarlos; pesaba mi cabeza, todo mi cuerpo y entonces empezaron a bajar hombres que ya habían logrado subir a la cima, y pensé que entonces faltaba poco. Pero cada minuto se duplicaba allá arriba y se hacía más extenso, y sufría cada vez más, cada vez más.
Allá abajo, antes de iniciar la carrera, escuché hombres que iban por 2 horas, 1:30min, 1:17min, etc. Yo pensaba que eso era una tontería, porque eran 5 kms y era una distancia muy corta, aunque tuviéramos que subir. Y yo llevaba una hora, 20 minutos, y aún no alcanzaba la cima.
Empezaba a llorar por dentro, con ánimos de encontrar consuelo entre los árboles, misericordia en la naturaleza, pero todo estaba ahí, nada más, sintiendo mi presencia. De alguna manera alguien me alentaba, algo más fuera de mí. Y yo continuaba, subiendo y subiendo, sin más poder, habiéndolo perdido todo, me sentía yo un hombre muy pobre pero tan libre y tan cerca de Dios como en ningún otro momento.
Aún no podía ver el cielo otra vez.
muchas veces cuando volteabas, era muy peligroso, porque te jalaba la gravedad y podías tener una caída mortal.
Yo estaba solo, con mi playera, mi short y unos tenis que uso para correr. No tenía nada más. Y sabía que al llegar arriba, debía volver.
Pronto descubrí el cielo otra vez y un prado que parecía enorme antes de la meta. Y ya no tenía fuerzas, caminé con voluntad, doblegado ante el cielo y al llegar me dijeron "felicidades" y me colocaron una medalla color plata que anunciaba que lo había hecho. Me entregaron dos plátanos y una naranja y bebí agua con reverencia y agradecimiento.
Me senté por allí, junto a la iglesia, y entonces disfruté de la calma y la paz, respirando. Ahí sentí a Dios protegiéndome, cuando escuchaba a otros hombres llegar, bromeando con groserías, ocultando mucho de lo que sentían mientras comían su fruta y bebían agua. Luego paré y vi el horizonte, de nuevo el cielo y habían pasado 10 minutos y era hora de regresar.
Conocía ya el camino. Bajaba con cautela para no resbalar y miraba hombres y mujeres que apenas subían a la cima, habían detrás de mí aún gente que no lograba alcanzar la cima. Yo venía ya de nuevo a la tierra, y mientras bajaba, comenzaba a sentir nuevas fuerzas, a pesar del esfuerzo, mi cuerpo había cambiado y me sentía renovado y empecé a correr. Y saltaba de lado a lado, esquivando las rocas, saltando en muchas de ellas, y empecé a rebasar a muchos de los que llegaron primero que yo. Iba muy rápido, iba corriendo, fuerte y veloz y ya no me detenía nada. Bajé media hora menos del tiempo en que logré subir.
Corrí de nuevo hasta la tierra y quedaron muchos atrás.
Y cuando llegué yo ya no era yo. Algo había cambiado en mí, algo había conocido más de Dios, algo había abandonado yo en el trayecto, porque cuando bajé, tenía yo paz en mi corazón.
Mi cuerpo sentía dolores, y yo me sentía como nuevo, con un cuerpo nuevo, muy fuerte, con demasiada energía, con mucho potencial. Me sentí en armonía con Dios. Y entonces aprendí que uno debe subir las montañas siempre.
Es cierto que la montaña da sabiduría y te acerca a Dios.
Allá arriba te recargas y te bendices, de una forma natural, aunque suene ilógico y una experiencia banal sin mucho qué contar.
Las montañas no están porque sí.
Los orates, les llaman, la corren porque sí. Y se volvió una tradición, un recorrido que jamás había hecho en plan de competir y poner a prueba mi voluntad para lograr el menor tiempo posible. No sabía la forma de la ruta ni mucho menos de los retos que me encontraría en el camino. Y eso es una de las cosas más valiosas, que, creo que la vida, sigue siendo así. No necesitas mucho para ser feliz. En el camino es mejor ir libre, sin ataduras, porque si no, no puedes subir. Hay compañeros y cada uno toma su paso, uno no vale más que el otro, todos son iguales, caminan distinto, corren distinto, suben distinto pero quieren llegar al mismo lugar. Pasan los tiempos y los ves regresar, pero cada uno sube a su paso y eventualmente llega la hora y el minuto en que la cima es para ti, nada más para ti y la compartes con pocos personajes antes de saber que debes regresar a casa.
El regreso es placentero porque ya has vaciado todo lo lleno, y llenado el vacío. Estás bendecido y regresas feliz.
Regresé fuerte, y con la misiva de volver a subir la montaña, con todas mis fuerzas, para volver a encontrarme con lo mejor que existe en mí.
La montaña nos purifica y nos enseña lo que debemos tener, lo que debemos abandonar y lo más grande que debemos valorar. La vida y cómo disfrutarla en el placer del silencio y el aire puro.
Al llegar hice mi vida,
de nuevo escuché
y pretendo regresar. Pronto.
Erick Xavier Huerta S.
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