INOCENTES. PRIMER CAPÍTULO
CAPÍTULO I
«Esto es real»
Una mujer rubia, madura,
que se hace llamar Emma Souza, de ojos tristes, iguales a los de su madre, pero
con diferente circunstancia. Le pesa la vida, recorre los pasillos del centro
comercial, sin buscar mucho, realmente nada. Mira los aparadores, los vestidos
de colores, los zapatos, las muestras de moda y maquillaje. Mira y observa, sin
pensar tampoco, mucho, en casi nada.
Ella va maquillada,
arreglada, lo que puede, con un poco de hastío, tan poco con tanta elegancia.
Está sola, quiere estarlo, apartada de la gente, pero con el ruido de la
muchedumbre para hacerse compañía, para hacerse oídos sordos ante la realidad
que le envuelve, ante la historia, ante su pasado inmediato.
Pasa por los
perfumes, después por el área de libros, donde, curiosamente, el que está más
arriba, a la vista de todos, posee un nombre que le llama la atención, aunado
al bello diseño de portada que este posee. Ella gusta tomarlo, busca saber la
síntesis de la historia, y al reverso mira un amor lejano, una página de antes,
un capítulo cerrado en su biografía, en su intra biografía, algo que parecería
no haber tenido más revuelo en el tiempo, ni en su ser. Ahí, en ese reverso, la
foto de un hombre, Jake Bradley, autor, exitosa publicación que ahora hace,
«Inocentes».
Sin pensarlo, lo compra, y regresa a casa.
En su hogar, mira su teléfono, conversa con varias personas a la vez, para
hacer ruido, para romper con la desolación, y acuerda con una amiga ofrecerle
un café en su casa para platicar. Su amiga se llama Lourdes Polanco, mujer
divorciada, que en ocasiones gusta de tener sexo con sus relaciones
intermitentes, muy libre, a la postre del siglo, viviendo la lucha por dejar
del lado el hastío de lo estructurado, de los valores que oprimen, sin ninguna
profundidad, al grado que siente vacío. Pero le gusta platicar, mucho, con su
amiga Emma.
Emma y Lourdes comienzan platicando de marcas, de lo que pasó en la semana,
de lo que sucedió en el mes, de los chismes, de sus fantasías sexuales incluso
con personalidades del ámbito artístico. Mirando de reojo la tele de cocina que
muestra a los consagrados, a los símbolos del sexo de mercadotecnia, al grado,
que les hace resentir un poco, algo miserables. Más a Emma, cuyo marido se
encuentra en la sala de al lado, mirando jugar a su equipo favorito de soccer,
el Manchester.
Robert Lindon es
esposo de Emma, y la conoció cuando era joven y no tan guapa, ni tan hermosa.
Robert Lindon no aspiraba en la vida que conseguir el vivir de los placeres y del
ocio. Era un tipo confundido, gozaba de presumir, de adorar los autos, las
motos, las mujeres. El alcohol, los buenos placeres, el vino, hacer el amor, y
también ser infiel, aunque a veces se enterara Emma. Pero Emma gustaba de estar
con él. Robert Lindon era un hombre que desfogaba su energía en el ocio que
todos acostumbran, porque no sabía cómo salirse del torbellino de la vida y eso
le causaba muchos problemas. Gozaba de aspirar creerse espiritual, muy
adoctrinado con las guías de buda, muy amoroso con la familia, como podía, muy
al estilo de los actuantes que toman cerveza, disfrutan el soccer, generan
catarsis con groserías, gustan coger a su amada y luego a veces, momentáneamente,
reclaman un poco al destino por tener que cumplir con los deberes. También
Lindon, fantaseaba, quería ser más, mucho más, todos en esta cultura narcisista
de adorarse, y de expresar a los demás su brillo, por la causa del abandono,
del vacío que no se sabe llenar.
Lo que alguna vez
comenzó como una pasión, terminó por generar hastío y desolación en Emma y
Robert. Una historia de perdón, de resignación, sin libertad.
Emma se entregó a Robert, como su único amor. Mujer de lealtad y deber, amó
a Robert con todo su ser. Sin embargo, la vida no es perfecta, él estaba
pensando otra cosa, era más afín a engañar, a violentar, con pequeños detalles
el minúsculo paraíso que podía haber conseguido bajo el amor de resguardo que
tenía en su pareja Emma. Pero Emma, tampoco era tan noble, era ególatra y
narcisista, al igual que Lindon. Ambos se hacían daño, ambos buscaban retarse
para ver quién podía comandar más, quién osaba tener el poder en la relación.
Emma, ella debía ser importante, consagrada, poderosa, una mujer que le
había dado la dicha y la limosna a Robert, que osaba vivir silvestre en el
mundo industrial, de salvaje capitalismo, donde todos mueren paso a paso,
minuto a minuto, por conseguir el capital. Emma se preparaba, osaba conseguir méritos
morales impresos en una hoja de papel, más gruesa que las normales para poder
adornarla en un cuadro. Y colgar y colgar en la pared tantos como se puedan
para recordar quién diablos somos vosotros.
Robert Lindon
comenzó a hartarse de lo miserable que le producía estar con Emma, a quien
quería, porque la miraba hermosa, la miraba justamente como una mujer que podía
presumir a su ámbito social y a su familia. Era lo que él quería, era su imagen
oficial de pareja, aunque en la intimidad el sexo no era tan fascinante, y no
hacía mucho por trabajar en acrecentar ese placer, porque no sabía cómo,
simplemente se resignaba y tenía otras aspiraciones, quería conseguir otras
anécdotas, con otras mujeres, que le dieran lo que Emma no podía entregarle en
cama.
Robert Lindon creía
ser el rey del mundo en los bajos espacios de la ciudad, ahí donde vivía, en
los bares, en los antros, escuchando demasiado fuerte el ruido y abandonarse a
los excesos, a los besos inmediatos, a las miradas furtivas, al sexo salvaje, a
sentir, las sensaciones, adicto a las sensaciones para producir placer, ruido
en el cuerpo, para deshacerse de la carencia del alma, del vacío en su espíritu.
Pero un buen día, Emma no lo soportó.
Un buen día, Emma Souza se hartó de Robert Lindon y su cinismo. Le dijo
adiós en su juventud. Ella no sabía que volvería con él oficialmente. Pero,
cada persona construye sus propios demonios, crece al ritmo que quiere,
construye el destino que quiere, trabaja de la manera que más le acomoda aunque
eso vaya en contra de su felicidad. Aquella experiencia le dejó tristezas en
sus ojos, y por más que sonreía, por más que buscaba llenar su agenda de
actividades, lo único que osaba era por resignarse ante la tranquilidad, la paz
del silencio, no de su alma, del silencio. Ya no quería escuchar nada Emma, no
quería saber. Se dedicaba a trabajar, y sólo a eso. A resguardarse, a escapar
del mundo, porque le habían hecho algo trágico, algo deshonorable para el
corazón que ama. Sin verse al espejo, emitiendo juicios sobre su pareja y sobre
ella, se marchó un día de aquella experiencia que compartía con Robert Lindon.
El dolor cegó a Emma
Souza, el dolor la llevó a lugares inhóspitos de oscuridad. El dolor no dejaba
crecer a Emma. Así Emma, en vez de madurar, quería eternizar a su ente
adolescente. Sólo con el alcohol, sólo con el ruido, sólo con la vociferación
de toda la ciudad industrial, concebía calmar su ansiedad y su estrés. Pues no
sabía cómo. Ella era inocente, como todos los demás.
Y ahí estaba ahora.
Emma Souza estaba casada con Robert Lindon, su gran amor, en alguna fantasía de
la memoria inmediata. Y tenía un libro, ahí, cerca de sus manos, mientras
proseguía su conversación con Lourdes, su amiga de la cotidianeidad.
Aquel autor del
libro «inocentes», le amó con sinceridad, belleza y simplicidad.
Jake Bradley después
de ocho años de ausencia de la vida de Emma, regresaría ante sus ojos, en forma
de palabras, bajo el misterio de una nueva historia, misma que a Emma le
intrigaba conocer, misma historia tal vez que le revelaría un poco algo que todavía
seguía cobrando vida dentro de su corazón.
Erick Xavier Huerta Sánchez.
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