Sonrisa de mujer

Cansado de estar bajo la jurisdicción de mi responsabilidad civil como profesionista de la información, llegó el fin de semana, deambulando, violando la regla que yo mismo me obligué a cumplir evitando cualquier tipo de distracción que me diera relajamiento o algo de felicidad.

Eran los días, y su carga, y por eso yo ya estaba algo somnífero, algo distraído, alejado de la forma básica de la convivencia humana de los saludos, el protocolo, el baile y lo lúdico del qué hacer con las cosas y el tiempo. Y mientras tanto, en mi mente se fraguaba una revolución intelectual tratando otra vez de estar visualizando el futuro y descifrando mis sentimientos que se van traduciendo en imágenes. Una mujer se impregna en la imaginación de mi mente y viaja desde mi razón hasta el corazón y desprende emociones y me obliga a creer en la magia, en dios, en la fe, y me pongo a orar a algo, a lo dorado, al amor que siento, a la alegría que me imagino por venir. Me encuentro admirando cómo yo mismo soy gestor de las maravillas que ocurren, de las ilusiones que me permite construir el mundo en el seno de mi libertad, de mi individualismo, de mi sentimiento de pertenencia al grupo de la naturaleza.

En las nubes, y en el sol, en la noche y en las estrellas. Cuando voy a dormir, cuando voy a comer, cuando estoy y no soy, ahí pienso en ella y descubro que estoy enamorado porque sí, nada más por eso. En las sonrisas y en las peculiaridades de las mujeres encuentro rasgos que reconstruyen el objetivo de mi corazón ahora. Y sí, continuó el pesar, de las cosas hechas, del miedo, de la aventura y del valor recogido en el pasado y entonces, en mi trayecto antes de un nuevo Lunes, en domingo, una última vista a una mujer, con seriedad, con misterio, con la clara conciencia de que también tiene curiosidad sobre mí. Y ella es bella, y sus peculiaridades femeninas me vuelven a sentir ilusiones de los objetivos de mi corazón. Ella es seria, y brillan sus ojos como ventanas que dan al mar inmenso, a las playas blancas, a la luz del amanecer y es seria y se mantiene firme ahí, en no mostrar candidez, en ocultar su alegría, en protegerse del amor. 

Y cuando me alejo un poco, ella regresa a mirarme y no puede evitar, por circunstancias, sonreír, y la descubro por primera vez, en el dibujo de sus dientes y sus labios y ella brilla. El sol se asoma, y escribí un poema en ese momento, porque se reveló dios allí, en ese instante cuando ella decidió, inconscientemente abrir sus labios para expresar su sonrisa y fue maravilloso, fue cándido, fue luz, fue fulgor, fue éxtasis en la vida. Y estuvimos allí, los dos, sin que ella se diera cuenta que percibí todo esto.

Después, ambos seguimos nuestro camino.


Erick Xavier Huerta Sánchez

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