La conclusión
La conclusión quedó en amar con furia, con fuerza, con temperamento, con el alma, con el espíritu, con la tierra, con el mar, con las nubes, con dios, con el espacio, con el universo.
La decisión que tomé fue de amar a la mujer que me perseguía con sus ojos claros; que me miraba con avidez de mi amor, con anhelo de tocar mi cuerpo, con ilusión y esperanza de que corresponda a su amor.
La decisión que tomé fue de adorar a la mujer que le gusta que la mire, que le apasiona y que se siente nerviosa cuando me aproximo a ella. Que le gusta que la bese en la mejilla, que saborea el momento, nuestra separación, que aprecia mis poemas, que me exclama a lo lejos. A esa que me admira sin que me haya dado cuenta, que hace caso de su intuición, que le hago despertar cosas bellas, que le hago sospechar del paraíso que habita en la distancia de un beso, en los sueños que nos conectan; en el perfecto juego que hacemos como pareja, con el ensamble de nuestros rostros, de los colores de nuestras ropas, del contraste de nuestra piel, de la maravilla que es tener la misma visión, el mismo paradero del futuro; las mismas ganas de vivir con pasión, de trascender, de crecer, de amar con tanta intensidad hasta que las lágrimas broten incesantes, sin parar, formando un mar de tanto ímpetu en la pasión que nos abraza, desnudos, juntos, separados, conectados por sueños, sudando, acariciando nuestra piel, mirando nuestros ojos y después abandonarnos a la imaginación, al lugar donde no hay cuerpos, donde habita el vacío, donde está el brillo y el licor de la sabiduría, de la creación.
A esa de noble virtud, de alma jugosa, de carne fina, de corazón ávido de mí.
A esa decidí amar, despertando después de haber estado tan distraído, de haber madurado, de haber recorrido tantos caminos, cruzando oceános, el atlántico, nuevas tierras, nuevos continentes, confundido por las lenguas, por la separación entre el hombre y dios. A esa que me espera, que se siente triste y confundida. A esa que me miró con tantas ganas de que le pusiera atención. A esa le debo mi amor, a esa le entregaré los frutos de una cosa que me encomendó la creación. Porque ella despertó, ella ha sido señuelo, me llama entre pensamientos, entre espacios, entre mis deberes, entre lo que quiere el destino, la humanidad y el cielo.
A ti, poderosa belleza eterna, que me espera, que me ha llamado, que me sigue persiguiendo con la mirada aún cuando no la percibo.
A ti, mi amor.
Erick Xavier Huerta Sánchez
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