Cozumel 2014
Levantamos la iniciativa de salir en búsqueda, otra vez, de la aventura, de la fuerza, de la prueba del espíritu y la conexión más profunda con la naturaleza.
Entusiasmado por volver, la energía se contagió a mi Padre y a mi hermano para acompañarme en el viaje a la isla, para competir otra vez.
Y con fractura en su pierna, mi madre quiso acompañarnos, y mi hermana se unió al festejo, al viaje que también sería un pretexto perfecto para perder un par de día de clases; para ver a su familia, competir. Y ojalá eso sea entusiasmo suficiente para que ella también se una a la práctica más bella del mundo, al hábito y al modo de vida que festeja nuestra existencia, con tierra, viento y sol.
Y había pasado ya mucho tiempo desde la última vez en que tuve competencia. Incluso parecía ya un retirado, un veterano, que le pesan los años y sigue luchando por existir. Pero a penas tenía 27 años y mucha fuerza para seguir moviendo al mundo.
Y la aventura comenzó con la fuerza, cobijado por la energía familiar, para viajar durante horas con bicicletas y un par de playeras y shorts para cumplir con la competencia. Yendo por aires y viajando por tierra hasta puerto para embarcarnos en mar y llegar hasta isla Cozumel. Arreglar las bicis, dormir a tiempo y despertar temprano, como siempre, a las cinco de la mañana para ponernos el traje de triatlón, tomar agua y viajar hasta la salida.
Alistamos todo, y nos separamos porque estamos en distintas categorías y competiciones diferentes.
Yo, regresé a la prueba olímpica, porque me gusta ponerme a prueba, me gusta resistir los embates de la vida; pues, tal vez, se ha convertido en una tradición, porque así me educó la vida, para seguir resistiendo el dolor. Me volví una roca, un alma fuerte.
Y parecían los juegos del hambre cuando caminaba hacia la salida en el mar, pasando por varios estanques en que resguardaban delfines. Se ensordecía todo mientras saltaba al mar y esperaba el disparo de salida para nadar mil quinientos metros.
Era claro el mar, y a veces me ahogaba por el humo que liberan los botes y motos de los seres humanos. Contaminan el agua mientras voy nadando con velocidad y fuerza.
Salgo fuerte y victorioso después de veintiocho minutos. Corro por mi bicicleta, que a penas estreno, y voy a recorrer cuarenta kilómetros en un paisaje bello y esplendoroso. Me duelen los pies, porque nunca había pisado esos pedales y freno abruptamente porque se atora una manguera para tomar agua en mi llanta delantera y pierdo tiempo. Debo parar y arreglar mi llanta delantera.
Llego después, un poco cabizbajo porque sé que me han rebasado varios y he perdido tiempo. Pero es ahora la transición a correr diez kilómetros y me impulso con voluntad en mis pies que poco a poco se desentumen de la carrera tan difícil que tuve en bicicleta.
Corro y rebaso, alcanzo a varios que ya no pueden y finalizo victorioso, alcanzando en tres horas la prueba, en un regreso de aquel joven que había alcanzado hace años un nivel de alto rendimiento.
Respire otra vez ahora que me fui lejos del mundo,
y regresaron alegrías más fuertes que sostienen mi esperanza.
EXHS
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