Fatalidad

Eran los tiempos, fueron las circunstancias en que el pueblo no deja mirar más allá de la esquina, más allá de la circunferencia donde termina el ocio y empieza el desarrollo humano. Eran las épocas donde nacía la niña, donde los Padres luchaban por sobrevivir y apenas, al descubrirse mujer, encarnó en ella nuevos seres. 
Dar a luz a los 16, 17, 18 años. Ser madre por culpa de la estabilidad pueblerina, de los anhelos frustrados, del conformismo, de la zona de confort donde se quiere estar para siempre, por toda la eternidad. 
¿Amor? ¿Amor del joven de 16, 17, 18 años? ¿Amor por lo superfluo? ¿Amor por lo mundano? ¿Amor al fin de cuentas? 
No se sabe amar a tan poca edad, con tan poco desconocimiento. Quiere opinar la joven de instintos sexuales a temprana edad. ¿Tiene culpa? No, la culpa es de las circunstancias, de la imposibilidad de ser más porque ahí quedó impregnada en el pueblo sin escape. Sin mayores riesgos se quedó a compartir su vida con un hombre más del pueblo para seguir la tradición de comandar en pueblo chico, infierno grande; los chismes que saben todos, todos nos conocemos, todos hablan de todos y los políticos son de la esfera privilegiada de los terratenientes que en épocas revolucionarias, recuperaron el ejido. 

Quiere amar la joven y no sabe cómo ser. Imita a su madre que va los viernes al café y fuma cigarrillos por aquello de verse más joven, más interesante, un poco más "fashion", ser más de la socialité. Así es ella. No tiene culpa de ser mamá en circunstancias que no le tocaban por los movimientos sociales, el engendro económico global que arrasa con destruir nuestra temporalidad escasa, tan lejos de lo que llamamos calma. Es hora de estar al pie del cañón pero ella está a gusto, besando a su hombre de compañía, 7 años de matrimonio forzado por traer al mundo un bebé sin culpa, que reprochará en el futuro todas las deficiencias de su madre. Que en el futuro el matrimonio se irá perdiendo en la rutina y los complejos de la responsabilidades que fueron carcomiendo la juventud efímera.

Amores, amor por tan poco tiempo. La emoción de conformar una familia duró apenas unos años; después vinieron los reproches, el hastío de conocer tan bien al hombre popular de la "prepa" que tuvo la decencia de enamorarla, de subirla al stand de los "famosos". Hacer el amor, responder al instinto sexual, animalesco del que somos presas todos y a la primera oportunidad, que vengan las creaciones de Dios, cuánto quiera él...anticonceptivos no por aquello de los dictámenes del PAPA y del qué dirán en mi pueblo querido, chico y amoroso del grupo de amigos que jamás deja de ser.

La joven de nombres de todos. Allí anda bajo la rutina y el estrés, las culpas de los días y parece no avanzar pero se cree más porque no ha tenido que luchar, todo ha sido dado, todo se le ha nombrado y con mano en la cintura crítica, juzga y opina sin saber, sin humildad, sin creencia en sí, sin ningún beneficio a la duda. Haber jugado con su naturaleza le dio un hijo y ahora cree ser más por dar una cosa más a lo que por derecho tenemos: dar vida.

Es la fatalidad la que nombra su vereda. ¿Qué será de ella? ¿Cuánto aguantará su mentira en el matrimonio forzado del materialismo económico y posición social?

Cuando vuelvo a mi tierra me encuentro con estos ejemplos, me encuentro con las historias repetidas y la falta de madurez que les ocasiona el tiempo sin tiempo en el campo, en la mirada perdida del horizonte donde pega el sol ardientemente y no augura cosas buenas, sólo la simpatía y el beneficio de hacer lo mismo siempre en la alameda del pueblo.

Pasamos de un México rural a un México moderno. Muchas generaciones no alcanzaron a salir, muchas generaciones ya no serán más por haber creído ser lo que no eran, no alcanzaron la cima donde había que ser, donde los Dioses nombran y dan justicia. Se quedan en la misma situación, la calle repetida, el río sin cauce, el río que no es río porque se ha terminado todo.

Niños y más niños que vienen al mundo en situaciones inmaduras, en el prejuicio, en la decisión sin deliberación, sin raciocinio, como simples animales y no como hombres de razón. Hijos y más hijos. Tener hijos no lo hace a uno mejor ni Padre aún, como el tener un piano no lo hace a uno pianista, ni como tampoco tener libros le hace a uno ser intelectual.

La fatalidad estriba en ello, en la mirada subjetiva y tan terrenal de aquellos que fueron compañeros de ruta y hoy sufragan su superioridad en nada, en la banalidad, en la tristeza de no saber qué son ni haber tenido agallas de luchar por sus sueños.

exhs

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