Estrellas muertas
En un momento pensé que las estrellas y la magia tenían sentido, que cobraban vidas, que daban realismo al alma, y hacían de nuestro espíritu el mejor vehículo para experimentar la llamada superstición, la conexión con lo trascendental, con eso que va más allá de nuestra piel.
Al amarla, los años que pasaron fueron segundos. Por eso sabía que era amor, pero se volvió inalcanzable y había vivido yo todos estos años pensando que el destino nos volvería a reunir, porque pienso y creo que el amor es una obligación de nuestra existencia, que viene a nosotros sin esfuerzo, porque no es un consumo, es parte de la evolución, de la madurez, de la creación. Vivimos por y para el amor. El amor es como la respiración, como la propia creatividad, como el propio placer de ser y nada más.
Pero esas son mis creencias, que no tienen nada que ver con la realidad.
Decían que con un gramo de fe movería montañas. Tal vez yo mismo boicoteo mis ilusiones. Me reencontré con ella en dos ocasiones, y no pude declararle mi amor porque dudé de la realidad, de la ficción, de lo mágico que era esta historia. Y me quedé sentado en laureles pensando que esto sería sin esfuerzo, sin poner de mi parte. Estaba ahí, lista, y yo sólo debía mostrar mis ojos y decir unas cuantas palabras, pero no pude, y ahora, resguardado en el silencio y en la ficción, pido súplicas al gran arquitecto del universo para poder continuar sobreviviendo.
Al pasar los años, todo parece un instante. Su rostro y el sentimiento que me provoca sigue estando intacto porque es un amor puro y perfecto. Yo la miro como a una deidad y ahora, a pesar de que algunas veces me asusté porque los oráculos decían que ella cumplía con características de peligro para mi existencia; ahora sé, mejor, que ella es el amor de mi vida.
En estos días recuerdo su rostro, recuerdo su voz y esta historia que cuento, que comenzó con verla, de perfil. Que comenzó escuchando que contemplaba tiernamente mi alma, mi brillo, mi luz. Que ella también sentía cosas por mí, que ambos teníamos dudas, pero que el corazón, mío y suyo, estaban inmensamente motivados a unirse.
En estos días, su nombre y su figura se han vuelto mantras, voces que llaman, tal vez desde otras latitudes, desde otras existencias paralelas, disfrutando el amor. Y yo aquí, vivo solo, vivo con la inquietud y con la tristeza de pensar que tal vez dejé ir lo más importante en mi vida.
No he podido olvidarla. Y el amor, aunque busco en otras partes lo convertí en una tarea de segundo plano y me concentré en otras prioridades, más materiales, más egoístas, más para mí y mi éxito que debe ser inmediato porque así lo dicta mi generación, el sistema de competencia. Así lo dictan mis propios apuros, no sé, porque la muerte me persigue y huyo de ella constantemente.
En estos días, miro su rostro, y en la noche y bajo las estrellas cuando volteó nuevamente a mirarlas, me acuerdo de mis deseos tan inmaculados, fuertes, poderosos que exclamaban a toda la naturaleza, al viento, al universo, a la luna, a las estrellas, de mi amor, de este cuento y de la súplica que les hacía a las brillantes de que le expresaran donde quiera que ella hubiese estado, de todo el amor tan mágico y basto que poseo desde que la encontré en mi vida.
Escribía en hojas y las mandaba al viento, porque eran mis cartas y mis palabras para ella. Escribía en la playa, en los árboles. Escribía en el viento, en mi fe, en dios, en el universo, en toda la eternidad. Aquí y fuera de la piel.
Creo que seguimos buscándonos, y creo que seguimos teniendo la misma duda de qué hubiese sucedido si hubiéramos saltado al vacío. Creo que haríamos el amor a la perfección, que manejaríamos muy bien la melodía de nuestros cuerpos y que llegaríamos lejos, muy lejos. Pero las mismas estrellas, y la indiferencia de la naturaleza, me hacen que ver que todo es ficción. No me atrevo a decirlo esto a la persona que amo porque, pensaría que estoy loco o tal vez no podría verme con ojos razonables. Pues es miedo. Es miedo a lo desconocido. No nos conocemos, simplemente nos saludamos cordialmente, o por lo menos yo lo hago cuando puedo, pero creo que he perdido cordura. A veces quiero abandonar la cordura por completo. A veces quiero saber la respuesta a mis inquietudes, si son ciertas estas premoniciones, sentimientos mágicos, o si solo estoy deambulando en ilusiones, en falsas emociones que tienen que ver con una profunda necesidad de ser querido, como todos.
Después de tantos años, sigo creyendo en mis sentimientos, pero también, continuo desconfiando de mi razón. Tal vez no soy de este mundo, o tal vez comienzo a recordar cosas que viví en otro tiempo, en otra latitud, en otro universo.
Así como el sistema en el que vivo, siento incertidumbre. Tal vez el entorno ha logrado inmiscuir esta emoción en mí, de no saber ni tener certeza del día de mañana. Y todo iba teniendo sentido pero, de pronto, habiendo cumplido leyes del hombre y de dios, me encuentro solo, postrado ante miles de personas que no saben aproximarse, ni leer corazones, ni crecer mucho más.
Tengo veintiocho años, y he estado enamorado y he sentido el placer enorme de vivir a plenitud.
Eso es lo que importa, a pesar de no saber qué sucede con estos sentimientos y a dónde van todas las maravillas de emociones e ilusiones que he sentido y suspirado al pensar en ella, al sentir en mi corazón lo que es el amor, lo que es el fulgor de su espíritu recostado en mi fuego.
Erick Xavier Huerta Sánchez
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