Historia de un encuentro para siempre
Tengo miedo de poderme curar de los males de amor, porque se ha acostumbrado el cuerpo a la rutina de ya no escuchar, de la desolación, del desamparo, del egoísmo, del narcicismo, del amor a uno mismo, nada más, sin poseer ya espacio para nadie más.
Pisamos el mismo recinto y las mismas calles después del océano que separaba nuestro origen. Fuimos a buscar los mismos lugares para encontrar las oportunidades que nuestro ego anhelaba encontrar, mucho más lejos de nuestros progenitores, lejos de nuestro hogar. Y rozamos nuestras miradas, desentendiéndonos porque sabíamos que no era el momento, que había de esperar más tiempo y separar nuestras almas con más espacio para dejar crecer el amor.
Eran los mismos lugares, el río del amor y las grandes construcciones del imperio frío, brutal, tosco, donde todos quieren ir porque anidan las modas y el dinero. Y no encontramos respuesta. Todo seguía en el origen. Y yo mismo me puse a escribir sobre musas que me fueron abriendo respuesta ante las señales de la vida, una conducción hacia su belleza porque sus ojos siempre fueron el destino, uno que simplemente había tenido que esperar a madurar y crecer con su espíritu para ponerse al servicio de una construcción que edificaría pureza, belleza y lo mejor que haría florecer en nuestras esencias.
Y nació ella en el seno de una familia campirana; confundida como todo factor humano, en el complejo camino de la evolución del espíritu, cumplía con sus tareas, y hacía caso a su condición sexual; tardó poco para abandonarse al deseo, y a la pasión. Era tanto su fervor por ser amada que lo encontró a temprana edad, y se resguardaba en el silencio, y adoraba ser vista y deseada por los demás. Adoraba la popularidad y su belleza. Y era coqueta por naturaleza, era lo que se podía permitir ser, y le gustaba la justicia y amaba a su Padre y a su Madre, a sus hermanos y luchaba por su destino. Y quería ser grande, quería ser tesitura perfecta para el que vendría, pero no lo podía ver, porque no se dejaba, porque no era tiempo permitido, porque no era espacio y circunstancia.
Los miedos, las vergüenzas, las penas, las desilusiones, la esperanza muerta; le confundían y se derretía aquella imperiosa buena autoestima que siempre le caracterizó. Por eso dejó de creer en el amor y un buen día se dejó conquistar por brillos de inteligencia de un joven que parecía ser su héroe porque no le juzgaba y la quería simplemente porque le funcionaba y lo pintaba mejor de lo que era. Y creyeron amarse hasta que se acabó la mentira.
Y regresó al lugar de siempre, teniendo que luchar con enfrentar el pasado que le lastimó; pero había una historia paralela, de un joven escritor, que pintaba bellos poemas con sus letras y comprendía a través de esos escritos el poder del mundo y la condición del hombre. A ese le hablaban los cielos, y saltaba entre brillos por las noches; y conquistaba musas siempre. Tenía el poder aquel joven de reinventarse cada día y de amar intensamente y hacer girar más la tierra. Con sus historias se entretenían los ángeles, y después volaban a su paraíso para contarles a las demás criaturas sobre las bellas venturas del espíritu de aquel terrestre.
Pisaron los mismos lugares, y despertaron en el mismo lugar del que quisieron huir, porque siempre sintieron en lo hondo de su ser, que ellos no eran de este mundo.
Y sus empeños los cobijaron y los arrastraron ante sí; y quedaron sospechosos, voluntariosos, con miedo y emoción de estar ante una puerta que conducía a un par de segundos que abría un beso que se iba transformando en diversas figuras y acababa por sentir amor.
Acababan ellos de ser su deseo, y por fin, mirarse con magia.
Con profunda sinceridad, ante lo que siempre quiso Dios.
Erick Xavier Huerta Sánchez
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