Bienaventurados los que lloran
Un profeta dijo palabras que luego fueron escritos, bases del comportamiento humano y guía de la sociedad.
Dijo: "Bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados".
La ventura fue conocerla bajo el manto estelar, en la atmósfera romántica, con los vientos de los dioses, con la tierra que nos formó, con todo el mudo regocijado por el encuentro. Por eso pensaba que el mundo era ideal en ese momento, que nuestra espera había valido la pena y que la realidad se transformaría inevitablemente. Pero al parecer no era así, porque se interponía el egoísmo, la incredulidad, la poca fe, la muerte de los instantes y el perecedero amor que parece no querer estar en la eternidad. Por eso tuve que continuar con mi vida, olvidándome a fuerzas de algo que deseaba mi corazón, que me hacía pensar en ella todas las noches, que me provocó llanto inmenso por las noches, sin consuelo, con indiferencia del mundo y de ella, de ella que escribía mis pensamientos y que había abierto umbrales de lo imposible, de la pluma eterna, de la maravillosa poesía que nunca cuenta con daños.
Bienaventuradas mis lágrimas, por el sufrimiento de verle partir, de haber tenido que resentir su pérdida, su indiferencia, su fuerza por ignorar que también deseaba abandonarse a los besos, a la pasión de nuestros cuerpos, a la alegría de nuestra juventud y a la trascendencia del amor de nuestras almas.
Ella dijo no. Porque amaba más lo que podía hacer que eso que compartía con mi corazón.
No era fácil, y ambos lo sabíamos, pero el único que imaginaba que podía con la fiereza de la existencia era yo, solo, abandonado, con eso de siempre, del abandono del aire y la realidad por mis sueños.
Ahora quedé con pobreza en mi espíritu, y presumen que me gané el reino de los cielos, por abrazar a fuerzas mi soledad, por haber resentido cómo dio la espalda a mi corazón aquella belleza que vislumbré en una noche donde la esperanza se había marchado por recibir un nuevo día.
Y todavía me gusta, y me quita el sueño. Creo que piensa en mí, sino no la recordaría y tendría estos susurros de cuánto me extraña, de todo lo que piensa acerca de mí y de ese deseo al que dijo no para perderse realidades que maravillan e iluminan a las demás galaxias.
Me dijo que no, y sangra nuevamente la herida rompiendo la cicatriz porque no me separo del anhelo de besar sus dedos, sus manos, sus labios y adorarla con el tamaño que es, en la estatura perfecta para escribir por todo su cuerpo mi amor.
No quiso que le acompañara y debo vivir con eso estos días. Por eso soy bienaventurado y sigo esperando el consuelo a este dolor de saber que sus sonrisas no son para mí, porque se asusta de mi cariño, de la sinceridad de los escritos de mi corazón, de mi cercanía con Dios y de la grandeza que cuento para honrar el brillo de sus ojos.
Soy bienaventurado, porque carezco de la profundidad de mis manos por desnudarla, porque perdí ese momento, porque fui presa de la injusticia de los efímeros momentos que me llevan a tener un encuentro próximo con la muerte.
Ya no estará conmigo mi alegría, ella, que me extraña en estos momentos, que sabe que su cobardía le aleja cada día de lo que pudo ser el milagro de su alma.
Bienaventurado soy, hijo de Dios, esperando el consuelo.
Y te amo por siempre.
Erick Xavier Huerta Sánchez.
Dijo: "Bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados".
La ventura fue conocerla bajo el manto estelar, en la atmósfera romántica, con los vientos de los dioses, con la tierra que nos formó, con todo el mudo regocijado por el encuentro. Por eso pensaba que el mundo era ideal en ese momento, que nuestra espera había valido la pena y que la realidad se transformaría inevitablemente. Pero al parecer no era así, porque se interponía el egoísmo, la incredulidad, la poca fe, la muerte de los instantes y el perecedero amor que parece no querer estar en la eternidad. Por eso tuve que continuar con mi vida, olvidándome a fuerzas de algo que deseaba mi corazón, que me hacía pensar en ella todas las noches, que me provocó llanto inmenso por las noches, sin consuelo, con indiferencia del mundo y de ella, de ella que escribía mis pensamientos y que había abierto umbrales de lo imposible, de la pluma eterna, de la maravillosa poesía que nunca cuenta con daños.
Bienaventuradas mis lágrimas, por el sufrimiento de verle partir, de haber tenido que resentir su pérdida, su indiferencia, su fuerza por ignorar que también deseaba abandonarse a los besos, a la pasión de nuestros cuerpos, a la alegría de nuestra juventud y a la trascendencia del amor de nuestras almas.
Ella dijo no. Porque amaba más lo que podía hacer que eso que compartía con mi corazón.
No era fácil, y ambos lo sabíamos, pero el único que imaginaba que podía con la fiereza de la existencia era yo, solo, abandonado, con eso de siempre, del abandono del aire y la realidad por mis sueños.
Ahora quedé con pobreza en mi espíritu, y presumen que me gané el reino de los cielos, por abrazar a fuerzas mi soledad, por haber resentido cómo dio la espalda a mi corazón aquella belleza que vislumbré en una noche donde la esperanza se había marchado por recibir un nuevo día.
Y todavía me gusta, y me quita el sueño. Creo que piensa en mí, sino no la recordaría y tendría estos susurros de cuánto me extraña, de todo lo que piensa acerca de mí y de ese deseo al que dijo no para perderse realidades que maravillan e iluminan a las demás galaxias.
Me dijo que no, y sangra nuevamente la herida rompiendo la cicatriz porque no me separo del anhelo de besar sus dedos, sus manos, sus labios y adorarla con el tamaño que es, en la estatura perfecta para escribir por todo su cuerpo mi amor.
No quiso que le acompañara y debo vivir con eso estos días. Por eso soy bienaventurado y sigo esperando el consuelo a este dolor de saber que sus sonrisas no son para mí, porque se asusta de mi cariño, de la sinceridad de los escritos de mi corazón, de mi cercanía con Dios y de la grandeza que cuento para honrar el brillo de sus ojos.
Soy bienaventurado, porque carezco de la profundidad de mis manos por desnudarla, porque perdí ese momento, porque fui presa de la injusticia de los efímeros momentos que me llevan a tener un encuentro próximo con la muerte.
Ya no estará conmigo mi alegría, ella, que me extraña en estos momentos, que sabe que su cobardía le aleja cada día de lo que pudo ser el milagro de su alma.
Bienaventurado soy, hijo de Dios, esperando el consuelo.
Y te amo por siempre.
Erick Xavier Huerta Sánchez.
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