Solo

Caminaba hacia la nada, en el desierto que quemaba mis pies;
y sin encontrar gloria y pena,
me fui muriendo en un sueño que me regresó a la vida.

Yo quisiera tener una novia, a quien decirle mis poemas, mirar las estrellas y andar juntos por la misma vereda.
Quisiera que eso sucediera porque mi corazón es una casa muy grande para mí solo.

Los anhelos se los hice a Dios antes que naciera, porque sabía lo que sucedería.
Todas las noches en pena, los llantos y mis enojos por la frustración de no contar con el valor para hacer frente al beso y a la formalidad. Rociar sus rizos dorados parece algo que solo Dios podría hacer, no yo, un simple mortal que avecina miedos.

Solitario en mi balcón, bajo la luna de Febrero, emito plegarias que desvanecen antes de llegar a la luna. Las estrellas me miran con recelo, de tener tanto poder y no hacer nada.

El miedo paraliza, y ahora en vísperas de la muerte de una época, yo no sé qué hacer.
¿A quién acudir?
¿Con quién platicar?
¿Con quién hacer amistad?
¿A quién dedicar el beso?

Hay mucho espacio, y  la piedra volvió al lugar de origen. El mismo lugar donde aterrizó desde el más allá del universo.

Soy yo y nada más.

Soy yo y una ilusión.

Pasa el tiempo y la distancia y vuelvo al mismo lugar.

No encuentro plataforma ni vestimenta única para sentirme original, adecuado a un mundo que reserva un lugar para mí.

Le envuelve una estela de colores obscuros que aguardan un brillo estremecedor.
Tenía miedo porque sentía que era menos cuando en realidad era más.
Otorgaba miedo sin poseerlo.

Era más una cuestión de intimidar con su grandeza.

Su grandeza le hizo estar solo.

Quedó anhelando en momento presente, una eternidad, haber podido dar su amor a una simple y llana mujer que anda por el pueblo, como cualquiera, como la grandeza que habita en la simplicidad de las cosas.

Quedó llorándole a Dios haber sido emperador en tierra de iguales.





exhs




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