Alguna vez quise ser Dios
Muchas son las historias que se escriben y se palpitan. Queremos conocer muchas personas y queremos saberlo todo, luchamos por ser Dioses, ser admirados y estar afamados sin ninguna preocupación para sentir el afecto por todos los demás.
Queremos ser reconocidos y ser consumidos como la imagen de Cristo a las afueras del Vaticano. Queremos ser un poco más valorados. ¿Dónde está el valor de mí vida? ¿Cuánto poseo con esta existencia? ¿Cuánto lograré con esta existencia, con la palabra dicha y la callada, la no escrita, el deseo efímero y el sueño suicida? ¿Qué lograremos en el afán de ser Dioses?
¿Qué seremos cuando la muerte aparezca?
No pienses, dijo el sabio. Que todo ocurra sin consentimiento.
Me fui de las ciudades para encontrar lo que no tenía, el vacío que no podía llenar con el consumo. Desperté queriendo más y más y no sabía que era lo que ansiaba. No encontraba a Dios en las paredes de mi casa, en la mirada de mis semejantes y en mis deseos profundos. Sólo dormía con la esperanza de que Dios me abrazara.
Me fui a los campos para desaparecer porque no podía ser más. No podía encontrar lo que tanto se escondía dentro de mí. Lo mismo pasaba con todos y de pronto nada cobraba sentido, nada. Nada llenaba nada, el grito de la sirena me molestaba. El grito de las personas, la infelicidad y la carga de querer ser más y más reconocido por una sociedad progresista y conservadora, poco entendida, poco razonable. Me abandoné a la furia constante de lo que puede ser.
Hay las almas que se perturban en el ruido de las sirenas, y en el calor de la noche que aúlla toda la fiereza que habita en un ser humano desintegrado de una proyección hacia algún sentido más alla de haber nacido porque sí. Dios se ha burlado de nosotros cuando le intentamos buscar, cuando vamos hacia su vereda y el desapareceM; estamos gritando solos contra el mundo en una rabieta sin cesar. Dios se aleja de nosotros, y nos deja solos. Aparece la contraparte y reconocemos el bien, el bien del mal cuando nos pone en la encrucijada que sabemos que nos sentimos mal por la palabra, por los actos, la mano manchada de sangre, los golpes y la tristeza, la rabia, el enojo, la furia de los amantes que no saben por qué se odian. No quieres a la persona, y las 'pasiones matan, matan y ciegan, Vivimos en el mundo de los ciegos, consumidores, listos para la nueva moda, el nuevo estilo, el sexo libre y sin prejuicios. Vivimos en la sociedad que se abandon al placer porque ser feliz es sentir placer. Pornografía, sexo por dinero, amigos con derechos, necesidad de ser amados y no estar solos. Dar paso a nuevas vidas. Sacrificar infantes para hostigarlos con nuestros demonios internos, para recriminarles por el resto de su existencia que no fueron amados, sólo creados para resarcir en ellos una carga que deberíamos, cada uno, destruir, lucha por corromper los demonios entregados a nuestra alma. Allá en las laderas de los pecadores, los siniestros que no cuentan con felicidad contada, sentida, escrita e imaginada. Se alejan los pecadores hacia su propio abismo. No sabemos lo qué somos. Nos divertimos como podamos, nos dejamos en el pago de la renta, la luz y la tarjeta de crédito. No sabemos a dónde vamos. ¿Qué hace un hombre sin sendero y destino? Estoy seguro que lo mejor será hacer lo mejor. Entregarse con amor a los demás en la responsabilidad de mantener limpio nuestro espacio de acción. Estoy seguro que con base firme en el brazo, firmemos la justicia en papel divino, aunque cueste mi lágrima y mi sangre. Aunque haya perdido el timón de mi barco, navego a la deriva en un océano iluminado por la indiferente luna, me mira y siente pena por mí.
La luna me brinda un poco de su luz en este naufragio, por sentir tristeza, empatía con el hombre abandonado por los Dioses. El hombre solo en el naufragio de la muerte, con sirenas, ballenas, cantos de gaviotas a veces por la mañana. Ya no puedo seguir existiendo en este caos tan desorbitado. Aún lejos de todos los demás, me siento vacío. Me siento profundamente melancólico cuando recuerdo aquellos pasajes de mi vida en el metro, en el auto, solo, en el cine solo, en la cama solo, en compañía solo. Unido y desunido porque nadie ha entendido este corazón.
¿Qué pasa cuando naufragas en busca de Dios y no encuentras nada?
La ópera me reafirma los demonios internos y el drama que es la vida. Mi existencia de sufrimiento y regocijo, desde el vientre sin saber nada. Iluminar mi cara y no dar paso atrás hasta un respiro sin muchas garantías. Era un naufragio inconscientemente; y hago lo que los demás hacen para poder sobrevivir y no sentirme alejado, indiferente, una cosa extraña a la que miren con extrañeza y tristeza. Con enojo, con ira y llanto hacia mi persona.
La luna.
Allá la luna con su soledad, ilumina por las noches a la tierra sin sentir envidia. La luna siente melancolía cuando la pena embarga el brillo a pie de la ventana del asesino, los amantes, el corrupto, el hombre tranquilo y el que fuera alguna vez yo.
Allá la luna examina poco a poco el canto de la ballena sumida en oscuridad en el océano sin luces artificiales, a penas reluce un poco dentro del mar.
Allá la luna tal vez sepa cuánto siento.
Me fui de las ciudades y de la tierra para morir en mar.
Me fui de la calle y el smog para morir a pleno sol. Devorado por las especies del mar, por los tiburones. El hombre no es bastante fuerte, se truena y rompe cuando recuerda que allí dentro tiene necesidad de Dios. ¿Cómo lo hubiese encontrado un hombre sin fe, llorando de cara al sol para ya no ver y quedar ciego por el fuego que da vida?
Agua y fuego. Viento y tierra.
Una vez érase los hombres que vivían en guerra y armonía; de ellos se desprendió la soledad. En proyecciones de luz llamaban cine, en su música expresaban su sentir.
Érase de los hombres aquel que se resguardaba en las caminatas largas y silenciosas, orquestadas por los demás, sus pasos y el sonido de los motores de las máquinas que inventaron para traer progreso.
No le aparecía Dios ni siquiera en sueños.
No le aparecía con rezos ni en infiernos para su rescate. Estaba abandonado a carta de él mismo.
Y él ya no sabía qué hacer,
simplemente no sabía.
Erick Xavier Huerta Sánchez
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