HARTAZGO
Dice que su obra es la misma, recurrente, que aburre, que harta, que enfada.
El padre de los cielos bajo esa noche para platicar con el artista frustrado, platicar con él y mostrarle consuelo ante la agonía que presentaba porque él era referente del hartazgo del padre en la tierra por leer la misma obra una y otra vez, harto del hijo que se frustra, que siempre lamenta las mismas circunstancias, los mismos pasajes en su vida. Esas mismas letras que transcriben la misma pasión una y otra vez, permanente, inerte ante el cambio, fuerte, con cimiento en la eternidad.
El miedo en la pintura estaba retratado en una figura que se iba al vacío, al destino, en el horizonte, donde los pastizales no tienen fin. El pasto es infinito, el camino es largo, no tiene fin y el cielo es coloreado, combinado, y no sabes cuando empieza un color y cuando se da paso al otro. Es un atardecer, signo de melancolía porque el sol se va, porque el día va a terminar, así como el amor. Así como el hartazgo de mi mujer, de la que estuvo enamorada de mi espíritu todo este tiempo. Porque la magia, la magia, la magia sí puede tener vida. La magia en nuestras vidas existió. El amor fue real. El amor pinta cielos, como ese atardecer. Hay esperanza en que nazca un nuevo día. Hay esperanza, la existió de reencontrarnos nuevamente en el futuro, otra vez, bajo la premisa de la sospecha de que el amor era predestinado. Pero ahora, los amantes, están hartos, enfadados de la fe, de creer. Pero él, no rompió el lazo, el vínculo. De su parte, del desdichado, no hubo paso atrás en el esperanzador camino de creer en el amor. Pero ella, sí. Ella se harto de creer aventuras, promesas, magias, vida. Se harto de pensar que las cosas imposibles pueden irse haciendo posible, construyendo bajo signos. Lo cierto es que no desapareceremos, y que todas nuestras vivencias se irán con nosotros. Es nuestro tesoro, es algo que hemos tenido que padecer.
El Padre de los cielos se apiadó de la misma premisa, del mismo cuento, de la misma historia, de las mismas vivencias. Eran los tiempos, lo permanente, lo que queda innato, fijo en todo el aparato del alma humana. De eso se nutre el espíritu, por eso estaba encantado el padre de los cielos. Era esperanzador que la fe que aguardaba él, siguiera fijo, en calma, con pausa. A pesar de los errores, a pesar de la sospecha porque tal vez no exista una nueva historia, esa fe era afirmativa, y prometía, versos, nuevos, en los cielos, en el destino del camino del hombre.
No creo que se juegue al amor. No creo que la ingenuidad sea parte de la inocencia de ser presa del amor, del retrato, de los ojos, de la mirada que se deja hipnotizar por un rostro que puedes estar contemplando el resto de tus días, en el seno de lo inamovible, en el seno de lo inmutable.
La obra es recurrente.
El amor se pinta solo.
La historia suele emanar de aquello que origina todos nuestros mundos.
EXHS
El padre de los cielos bajo esa noche para platicar con el artista frustrado, platicar con él y mostrarle consuelo ante la agonía que presentaba porque él era referente del hartazgo del padre en la tierra por leer la misma obra una y otra vez, harto del hijo que se frustra, que siempre lamenta las mismas circunstancias, los mismos pasajes en su vida. Esas mismas letras que transcriben la misma pasión una y otra vez, permanente, inerte ante el cambio, fuerte, con cimiento en la eternidad.
El miedo en la pintura estaba retratado en una figura que se iba al vacío, al destino, en el horizonte, donde los pastizales no tienen fin. El pasto es infinito, el camino es largo, no tiene fin y el cielo es coloreado, combinado, y no sabes cuando empieza un color y cuando se da paso al otro. Es un atardecer, signo de melancolía porque el sol se va, porque el día va a terminar, así como el amor. Así como el hartazgo de mi mujer, de la que estuvo enamorada de mi espíritu todo este tiempo. Porque la magia, la magia, la magia sí puede tener vida. La magia en nuestras vidas existió. El amor fue real. El amor pinta cielos, como ese atardecer. Hay esperanza en que nazca un nuevo día. Hay esperanza, la existió de reencontrarnos nuevamente en el futuro, otra vez, bajo la premisa de la sospecha de que el amor era predestinado. Pero ahora, los amantes, están hartos, enfadados de la fe, de creer. Pero él, no rompió el lazo, el vínculo. De su parte, del desdichado, no hubo paso atrás en el esperanzador camino de creer en el amor. Pero ella, sí. Ella se harto de creer aventuras, promesas, magias, vida. Se harto de pensar que las cosas imposibles pueden irse haciendo posible, construyendo bajo signos. Lo cierto es que no desapareceremos, y que todas nuestras vivencias se irán con nosotros. Es nuestro tesoro, es algo que hemos tenido que padecer.
El Padre de los cielos se apiadó de la misma premisa, del mismo cuento, de la misma historia, de las mismas vivencias. Eran los tiempos, lo permanente, lo que queda innato, fijo en todo el aparato del alma humana. De eso se nutre el espíritu, por eso estaba encantado el padre de los cielos. Era esperanzador que la fe que aguardaba él, siguiera fijo, en calma, con pausa. A pesar de los errores, a pesar de la sospecha porque tal vez no exista una nueva historia, esa fe era afirmativa, y prometía, versos, nuevos, en los cielos, en el destino del camino del hombre.
No creo que se juegue al amor. No creo que la ingenuidad sea parte de la inocencia de ser presa del amor, del retrato, de los ojos, de la mirada que se deja hipnotizar por un rostro que puedes estar contemplando el resto de tus días, en el seno de lo inamovible, en el seno de lo inmutable.
La obra es recurrente.
El amor se pinta solo.
La historia suele emanar de aquello que origina todos nuestros mundos.
EXHS
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