Jonás

Jonás no aguantaba la hipocresía que era la familia paterna con sus ironías y dobles caras siempre arremetiendo con traiciones y perjurios a costa del poco éxito obtenido de los demás. A su vez, el grito incesante en casa del miedo y pavor por la incertidumbre, falta de rumbo por los líderes y una hermandad que flaqueaba porque todos tienen que sobrevivir.

Harto de la tempestad, de la falta de respeto al espacio y la independencia, Jonás no podía ser junto a los hermanos Bloom, que se hallaban siempre asechando y arremetiendo con malas palabras a todo lo que hacía. Y a su vez, la maldita burla de Dios ante sus actos y la desesperada pausa que tenía que hacer su vida para que el tiempo del supremo llegara cuando él quisiera. Jonás quería la muerte, a pesar de la fuerza y la fortuna desmedida a comparación de los demás. Poca o mucha, Jonás tenía fortuna, pero estaba solo sin tener con quien compartirla. El suicidio era el tema de todos los días para deliberar si valía la pena seguir viviendo en un mundo donde no existen sueños.

Harto de todos. La sensibilidad de Jonás en su empatía con la miseria de los demás había desaparecido, en cambio había nacido una especie de rabia que le hacía comprender, desgraciadamente, que nada llevaba a ningún lado. Su entusiasmo había muerto y dejó de tener pasión. Este no era el camino. No tenía mentor alguno sino una bola de buitres alrededor esperando que muriera para poder terminar con él.

Jonás caminaba por el lodo, los pantanos de los hombres mezquinos que se ríen constantemente como asnos, envueltos en la envidia y el rencor y la miseria. No tenían espíritu. ¿Cómo comprender y entender un mundo ávido por la desgracia para encontrar a Dios?

Jonás se arrepentía de haber nacido.

Jonás no tenía más opción en este velero sin rumbo, con la constante lluvia, con la esperanza en las gotas y la nube gris.

Mi vida carecía de todo.

Las buenas personas no trabajan y los hombres honrados se corrompen. ¿Dónde está Dios cuando lo buscamos? Sin corazones, muertos en la oscuridad, sin luces ni brillos. Caminamos y actuamos por instinto sin la razón, sin el pensamiento y la filosofía, sin la palabra como armadura para enfrentar los retos y la hipocresía y vileza de nuestros semejantes.

La señora que se cubre por un manto negro se burla de nosotros, porque ella no hace nada, porque ella solamente espera el recibo y la factura del éxito, sin haber hecho nada, con el simple brillo de haberse cogido al diablo cuando tuvo la oportunidad. Y de ahí nacieron los hijos desvirtuados que dieron comienzo a una sociedad, a la comunidad que no tiene amigos, que salvaguarda en su bolsillo, la pura maldad.

Estoy harto del mundo y sus vicios.

Y mejor me voy de aquí.

Así se fue Jonás del mundo que le vio nacer, que le hizo crecer, y que con el tiempo mató su espíritu y su Fe.

Jonás perdió la Fe.

Dios le quitó lo único que le hacía avanzar.

Dios le quiso destruir.

Y Jonás se fue, para siempre de aquí.



Nadie supo más de Jonás, el hombre que poseía amor debajo de su piel y que nunca pudo compartir en un mundo incrédulo y maldito.

Jonás no está.

Se imaginan los transeuntes que le ven en las nubes o le respiran en el aire. Pero no está. Jonás se ha ido para siempre de aquí, sin retorno, sin saber si Dios aún le recuerda, si puede vivir en esa memoria eterna. Jonás fue producto de una naturaleza que usa la autodestrucción para renovarse y dar paso a cosas nuevas.

Jonás fue historia, hasta que alguien le recuerde.

Jonás se perdera en los tiempos.

Jonás no volverá.

Y no importa llorar su pena y triste historia, Jonás jamás podrá volver a respirar y sentir lo que llaman vida.

exhs

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