En un mundo.

En un mundo imaginativo, en el paraíso de mi pensamiento, yo te desnudo, quito de tu cuerpo esa playera de franela que cubre tus pechos, tu piel clara, tus pezones rosados. Y deslizo tu pantalón de mezclilla descubriendo tus piernas, quitando todo hasta los calcetines que cubrían de calor tus pies tan endebles y bellos.

A la luz del sol, en sintonía con el Otoño, yo te hago el amor María Elena. Es el ocaso del sol que abrillanta el pastizal con tenue paz; donde nuestros espíritus salen a la calma de la creación, donde jadeamos las voces de la tranquilidad del corazón, uno solo, uno porque nos hemos anidado en esta pasión.

María Elena fue para mí el amor de mi vida. La conocí en una conferencia; ella traía un traje negro, tan ejecutiva y madura, más de su edad ella aparecía delante de mí: Yo resentía enormes amores cuando la veía, ignoraba el hecho de la certeza y me engañaba, usaba trucos para despistar al amor. Nunca pude irme de su lado, siempre estuvo mi alma con ella. Los desplazamientos terrestres eran nada porque habitábamos el mismo mundo.

María Elena me encontró escribiendo en esa tarde de mi cumpleaños. Los versos que siguieron tuvieron que ser escritos en un libro que tuvimos que compartir pues se unieron nuestras historias. La misma novela, un mismo rumbo, en la página deliberada por la pluma del destino que tuvo que narrar cuánto amor anidaba por expresarnos en las ganas de darnos beso, en las ganas de abrazar nuestra piel, en las ganas de construir vidas y guiarlos por el mundo, de compartir un techo, de mirarnos viejos y amanecer siempre jóvenes en el amor que siempre fue nuestro.


El resto fue historia en un mundo contado por Dios.



Erick Xavier Huerta Sánchez.

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