Limpio el lugar, listo el camino.
Mis pasos iban alumbrándose bajo la tenue luz de la luna y mis ilusiones incursionaban en las estrellas y este joven que da testimonio en la palabra, continúa bajo la misma premisa de hacer el bien, cuidar de su vida, albergar conocimiento, ejercer el derecho a la grandeza, imponer la virtud y el honor como la bandera de mi cabalgata. Y era noche, era media noche y no podía conciliar el sueño por toda esta ansiedad de tener que seguir al desconcierto. ¿Qué hicieron algunos?-seguir, sin oír o con intuición, seguían el caudal y se dejaban llevar o renegaban. Yo por mi parte, me quedé aquí en el quehacer del día a día donde miro en las miradas de los demás las mismas interrogantes y el mismo misterio que aguarda la vida.
Así era yo. En la media noche de aquel febrero romántico sin amor; sin gracias, sin benevolencias. Es más, era algo más tétrico por su desagradable confusión ante mi camino y por lo mientras, a lavar, a limpiar. Limpio el cuarto, limpio el joven de alma y de cuerpo, limpio los baños, limpio el auto, limpio el camino, la ropa, las áreas, la herramienta; yo todo limpio, solo faltaba una novia, una mujer a quien declararle los días, el sol, las flores, la brisa, mi vuelo del alma. Sólo falta quien comparta mi vajilla, mi cuchara, la leche en refrigerio, el café de Veracruz, mis sueños y esta mirada que aguarda el común denominador que abunda en todos los ojos, el misterio de nuestras vidas.
Paradisiaco y joven, con alternativas, con retos pero ahora eso falta; compartir mi vida con un corazón donde se busca lo mismo-converger en el deseo, el erotismo y la dicha de amanecer agradeciendo la experiencia de participar en el enriquecimiento a la vida, en hacer feliz a otra persona, en ayudarse y crecer.
Tal vez caminar acompañado al encuentro de Dios.
EXHS
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