CONOCIDOS







CONOCIDOS









Nadie tiene un amor mayor que este: que uno dé su vida por sus amigos.


Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor.

¿Crees en el destino?

¿Crees que las cosas pasan por algo?

Sabes. Alguna vez recordé vidas pasadas.
En una fui un vikingo.
Conocí las runas de amor.
Viví en Europa, en Oriente, en África, en Egipto.
En otra fui un soldado, un militar.
Viví en América.
Aprendí cosas que fueron decantando mi conciencia a través del tiempo.
Soy más un viajero del tiempo que del espacio.

Sabes. En otra vida, fui un monje, que vivió aislado durante mucho tiempo, ahondando en el silencio.
En otra vida quise conocer el amor.
Después fui un hombre que afortunadamente conoció a su mujer, pero en ella, el amor nos cobijaba a los dos, los dos estábamos unidos por amor.

Ahí cambió todo.

¿Por qué habría de regresar a la vida?

Es normal estar triste, cuando algo ha terminado.  Es normal estar melancólico, nostálgico. La realidad no tiene nada qué ver con la esperanza y la fe. Todos tienen su proceso de crecimiento. Es triste recordar que no fue una aventura favorable coincidir más tiempo con el amor infinito. 

Una vez había un rey, y una plebeya se enamoró de él perdidamente pero no podía estar con él porque ella no pertenecía al linaje real. Hubo una vez un rey que tuvo que vivir otras cosas, que tal vez supo de la existencia de aquella mujer a la que gobernaba. Hubo una vez un rey que cuando quiso tener sexo prefirió a la hermana de la mujer que le amaba. Pero al rey le importaba poco, sólo gustaba satisfacer sus deseos y caprichos de forma inmediata. Y sus destinos nunca coincidieron en aquella vida. Les separaba la sangre, al cultura, la clase, la tradición. Aquel rey tuvo a las mujeres que quiso, tuvo poder, pero no ahondó en el amor. El autoritarismo de su poder real le comandaba a tener una cosmovisión alejada de la humildad, totalmente inmerso en el universo de hacer de sus caprichos una realidad. Aquella mujer de campo, se casó, vivió la pobreza, no conoció el amor, cumplió con sus deberes en el hogar. Mientras estaba casada sufría, porque se quería comprar cosas lujosas y no podía porque su marido era pobre. Murieron. Renacieron. Volvieron a la tierra por el anhelo de tal vez ahora sí poder concretar su amor. 

¿Quiénes?
No viajamos solos. Viajamos en grupo.

Hubo una vez, un abogado, en una gran colonia. Hombre respetado, que se enamoró profundamente de una mujer a la cual hizo su esposa. Pero al pasar los años, el hombre descubrió un día mientras caminaba por la calles, en un callejón al otro lado de la calle por donde andaba, a su esposa, coqueteando a otro hombre y le besaba. El hombre sufrió aquella traición, y pasaron los años. El hombre sintió cómo una daga perforaba su pecho. Quería venganza, quería justicia. El pueblo se enteró de la infidelidad de la mujer al hombre que era respetado en el pueblo. A la mujer le castigaron con el desprecio social, el castigo moral le mermó durante sus años en el por venir. Aquel hombre murió con un gran coraje, con un gran despecho. 

Con el gran coraje viajaba por el tiempo. 
El desamor le acompañaba pero también una misión en su renacimiento, ahora hacerlo bien, mejor. Pero para ello necesitaba a su cómplice.
Antes de volver a nacer, se pusieron de acuerdo los amantes. Eligieron el mapa, el camino, los tiempos para su encuentro y la definición de sus destinos. 

La mujer había tenido varias vidas anteriores. Esas vidas en el pasado aguardaron en su centro de emociones, coraje, venganza, recelo, despecho. ¿Cuántas emociones negativas trajo desde aquellos tiempos al momento presente? Aquel hombre con el que se iba a reencontrar, no era desconocido, nadie puede desear lo que no conoce. Aquel hombre con el que se iba a reencontrar era un amor prometido. ¿Cuántas vidas habían tenido en el pasado? Apenas recordamos esos tiempos, en esas otras épocas donde coincidieron pero no pudieron concretar su amor. Ahora el hombre ya no era rey, ya no era abogado. Ahora se reencontraron en la misma ciudad, tocándose por los ojos, conocidos a la vista de todos, conocidos por ser habitantes de la misma ciudad, pero no se acuerdan de las otras vidas. No se acuerdan de la promesa de amor que se hicieron en el bardo. ¿Por qué regresaron a la tierra? ¿A cumplir qué deseos? ¿A qué vienes a la tierra? ¿Es asignatura fundamental el amor? ¿Es misión el amor cuando vienes a encarnar a la tierra? 

Se llamó Magdalena, se llamó Mariana, se llamó Anais, se llamó Natalia, se llamó Emma, se llamó Catalina. ¿Ahora cómo se llamaba? 
Le nombraron Helena. 
Y Helena tenía una gran amiga en la época actual, una amiga confidente, su amiga de fiestas, su gran hermana. Después de la familia tu nueva gran familia es tu círculo de amistades. ¿Cómo iba a descubrir Helena todo el bagaje de emociones que aguardaban en su centro de tantas vidas pasadas? 

Helena era gran amiga de Berenice. Berenice era su nueva gran familia, a quien descubrió y conoció en la facultad de ciencias de la salud de una nueva gran ciudad que rondaba cerca de la otra ciudad, el pequeño poblado donde se sembraron los anhelos de los protagonistas, que era residencia familiar. En la gran cúpula de la nueva gran ciudad pasó sus años deambulando en el conocimiento de sí, buscando las nuevas experiencias de las cuales todo ser humano, quiere tener, bajo la premisa y precepto de comandancia del imaginario colectivo que ordena, que pre-escribe todos los tiempos, todo el orden social, todos los pasos de desarrollo de cualquier ser humano. Berenice era prima de un tipo que se llamaba Martín. Y Martín no era humanista, era más racional, por eso estudiaba física.

A Martín le preocupaba hacer funcionar su vida. Sobre todo, era pragmático.

Martín un día asistió a la fiesta de cumpleaños de Berenice, y conoció a Helena. Rápidamente gustó Martín de Helena. Quería tener sexo con ella, quería acariciarla, quería poseerla. Y Martín era un tipo que ya había tenido varias novias antes, y ya había tenido mucho sexo, y era fácil para él poder cortejar a una chica que buscaba el amor. Le enamoró de forma muy fácil, le bajo las estrellas y la luna. Le dijo cualquier cosa que diría una canción popular de las figuras estelares del imaginario colectivo. Duraron un tiempo, y hacían lo que cotidianamente se hace, ir a super mercados, congeniar y compartir momentos juntos, ir al cine, coger, ir al cine, comprar, consumir. Ir a conciertos, hablar chismes, quejarse de la vida, fantasear con el éxito. Pero Helena quería algo más. Estaba profundamente enamorada de Martín, cosa que al tipo no le convenía. Martín  gozaba de tener la tradición de comprometerse en relaciones sentimentales por un par de años y luego las botaba porque el tipo era un adolescente que no podía crecer. ¿Por qué? El tipo no quería madurar. El vacío de Martín era más grande que el de cualquier otro ser humano. Hay de vacíos a vacíos. No toda conciencia sufre el mismo abismo. Le gustaban los carros, le gustaban las motos, le gustaban las mujeres y le gustaba fumar y le gustaba el alcohol. Le gustaba ir a la playa, escuchar Dj's, ligar. Era un tipo común y bastante corriente. Y estaba atrapado. No lo culpemos, todos tienen profundas razones para ser lo que son y para hacer lo que hacen. 

¿Quién había sido Martín en las vidas anteriores? ¿Tenía a caso que ver el destino de Martín con el del hombre que alguna vez fue rey? Tal vez Martín en los otros tiempos, era un campesino que sufrió los estragos de la violencia y autoritarismo de aquel rey. Tal vez Martín se casó en esas vidas pasadas con Helena y descubrió que su mujer amaba profundamente al rey y vivía despechada porque quería estar con él pero vivía acomplejada y frustrada porque asumía su destino de no pertenecer a la clase social del hombre al que amaba. Y por eso se conformó con Martín. Pero Martín en aquellas otras vidas, en aquellos otros tiempos, aguardó el despecho, la frustración de no complacer a su mujer, de ser insuficiente para ella y lamentarse por el resto de sus días. Esa emoción quedó aguardando allí, hasta que volvió a renacer.

¿Por qué renaciste Martín?
Hay un anhelo fundamental. Sentía ganas de vengarse de Helena, de todo aquello que sufrió en su otra vida, que no pudo expresar, que se guardó. Por eso tal vez ahora actuaba como un cabrón, como un tipo que quería vengarse de Helena sin saber realmente por qué. Y es que Martín era un reaccionario que simplemente se dejaba llevar por sus emociones, no era un hombre, era un adolescente, era un tipo que no era él, que era un imaginario, que simplemente vendría a obedecer aquella emoción reprimida durante tantas vidas. 

Así que un día, botó la relación. Hizo que se enterara aquella nueva novia, Helena, de que le había engañado y que le había cambiado por otra chica, que muy a pesar del orgullo y narcisismo de Helena, era tal vez menos convencional al imaginario colectivo que pre—escribe qué es bello y que no es bello.

Helena sintió un hachazo en el corazón. Sintió que moría, que se desgarraba. El amor idealizado no era más que otro cuento tonto de una sociedad existencialista, compleja a la cual no sabía comprender. No sabía qué hacer. Así que Helena se resguardó, se ensimismó en sus infiernos, en su nostalgia, en su melancolía. 

¿Qué habría de hacer aquella pobre mujer que entregó todo de sí y sufrió la peor traición a su entrega de amor puro y sincero? 

El ostracismo se convirtió ahora en el modo de vida de Helena. Pero Helena tenía fe, confianza, pero en realidad lo que aguardaba dentro de su corazón era el coraje y la venganza de hacer sufrir a aquel tipo que le embrujó, le engañó, la traicionó, le timó. Porque Martín sólo se la quería coger. No quería amor, no quería casarse, no quería formalizar. Quería la banalidad del sexo sin emoción. Quería la banalidad del mundo de las sensaciones. Sin compromiso alguno. Es decir, Martín era poco consciente de lo que experimentaba Helena, poco consciente de que sus actos repercutían en las emociones de la mujer a la que engañaba diciéndole que le amaba. ¿Cómo hacer para no sentir? ¿Cómo podía lidiar Helena con tales sentimientos y emociones?

Helena quería matar su amor por él. Y es que le conoció, se comprometió, ahondó en observar cuáles eran los gustos y la personalidad del hombre al que amaba, un tipo al que simplemente no le interesaba llevar a más un encuentro que de pronto, en un tiempo, descubrió que no era para él. Ella quería cumplirle sus sueños. En su mirada se notaba el amor, el idealismo, la grandeza de sentir profundos anhelos de realización.

El ostracismo de Helena un día se rompió.
El destino favoreció los tiempos. Una mujer buscaba amar de verdad, un hombre albergaba confianza ontológica, fuerza primordial, paciencia, y el amor llegó.
En los ojos de un hombre al que conoció en la infancia, de pronto descubría que le había conocido, de pronto descubría que sentía algo por él, de pronto tenía sensaciones de deja vú; que sentía un llamado por él. Aquel hombre era el de las vidas pasadas, el que juró renacer, el que se dejaba llevar por el anhelo para trascender los tiempos, para reencontrarse con ella. 

Se habían estado rondando durante tiempos en la nueva vida. Habían estudiado en las mismas ciudades. Habían rondado los mismos lugares, en los mismos continentes. Se habían tocado con los ojos en sus años anteriores. Era predestinado su encuentro. ¿Ahora si podía ocurrir la concreción de su amor?

Aquel viajero del tiempo, se llamaba Ulises. 
En un inesperado reencuentro, Ulises y Helena congeniaron rápidamente. A Helena pronto le pareció interesante Ulises, y de forma furiosa se desprendió la chispa del amor y la pasión entre ambos. Tal romance creció hasta parecer perfecto, legendario.

El amor llegó a las vidas de Ulises y Helena. La pasión irradiaba todo el lugar en el que compartían la existencia. La pasión y el amor aguardados en el núcleo central de emociones durante tantas vidas queriendo vivir tal experiencia, era un magnetismo portentoso, poderoso, algo que lograba la inseparable existencia de los dos amantes. Besos, amor, pasión, era una maravilla cada día, despertar, dormir, juntos, siempre, anidados en la eterna gracia de lo inmutable y duradero.

Ulises vivía intensamente su amor.
Gozaba dormir a espaldas de ella, y respirar el aroma de su pelo, y sentir la conexión y el entendimiento en el silencio cuando les descubría la luna y les invitaba a hacer el amor. 
En la noche de los tiempos se sabía ese elixir en las bocas del cosmos, en la unión de cada uno de los besos, de cada una de las caricias, cuando congeniaban sus manos y sus brazos se alzaban sobre sus cabezas para desproteger sus pechos y sus cabezas unidas por la pasión de la unión de sus labios por sus rostros. Le gustaba amar sus orejas, besar su piel, admirar su rostro con sus ojos, acariciarla con los sentidos de la tierra y del espíritu.
Escribía libros, escribía canciones, escribía poemas. Parecía inexplicable un regalo de tal naturaleza para su vida. ¿Qué habría hecho? Parecía un sueño. No lo podía ni siquiera expresar en palabras. El amor que sentía por Helena era formidable.
Pero lo que más agradecía Ulises era que Helena haya aceptado su amor. 
El entendimiento de los amantes era la motivación de agradecimiento por existir todos los días en esa línea del tiempo.

¿Cómo podía explicar su amor por Helena?
Él sentía que ocurría un big bang en su ser cada vez que pensaba en Helena. Cada vez que evocaba a Helena sentía que dentro de él se desprendía un universo de creación infinita, nuevos universos, nuevos soles, nuevas estrellas, en un instante, cada vez que pensaba en Helena. 

Ulises planeó todo. Era el momento que tanto había soñado. Ya había preparado hasta antes de encontrar a Helena, ese momento dentro de su pensamiento de cómo sería ese instante en que entregaría de manera formal, institucional y espiritual, su vida a la mujer que ama. Ulises tenía el lugar, el recinto, la tierra sagrada con la inscripción de «ama y haz lo que quieras». Sus sueños se cumplían, su amor era realidad, había encontrado el amor y vivía una vida plena. Tuvieron una boda de ensueño, llena de profundad emocional, llena de color, de sentimientos celestiales, de fraternidad, de paz espiritual.  Era la maravilla, la grandeza de vivir por fin la realidad de la unificación de dos espíritus llenos de ímpetu, paz, grandeza. 
Por los años por venir vendría la pro creación.

Grandes años les aguardaban. Tuvieron hijos, tuvieron familia. Tuvo tres hijos Ulises con Helena, un varón el mayor, una niña y el menor sería otro varón. 

Habían pasado catorce años desde que nació el primer varón de Ulises con Helena. Y un día en casa irrumpió el misterioso Martín.
Martín tocó a la puerta de la casa de Helena, y ella abrió sin esperarle. Sorpresa que parecía pesadilla cuando Helena miró en su primera impresión a un tipo que parecía conocerle pero que parecía vagabundo, y sus brazos se notaban restos de sangre, y venas picoteadas por agujas. Martín tenía los ojos ojerosos, y estaba muy flaco.

Martín le dijo a Helena: «no te acuerdas de mí, tu flaco amoroso, tu flaco eterno»—y sacó una pistola apuntándole, cosa que le dejó pasmada, en shock, inamovible. Detrás de ella apareció su hija y preguntó que qué pasaba, a lo que Helena trató de disuadir con un «no pasa nada amor». Pero Martín volvió a arremeter y obligó a Helena abrirle paso, amenazando ahora a la hija menor que se cubría detrás de la espalda de su madre. 

En la planta de arriba se encontraban los dos hijos varones de Helena, y Ulises estaba fuera, en ciudad, trabajando. Así que Martín obligó a Helena a llevarle al comedor y que le sirviera un trago de vino tinto. Helena y la niña le miraban. Mientras, al tomar el vino, Martín se jactaba de forma irónica y sarcástica festejando la gloriosa vida que ahora llevaba Helena. 

—De manera que descubriste el amor sin mí»- Estabas loca por mí. ¿Te acuerdas de todos tus coqueteos? A mí me deseabas más que a otro hombre. ¿Te acuerdas cuando te hacía el amor? 

Helena y su hija comenzaban a temblar. La hija pronto quería llorar. Helena le decía de manera tranquila que pronto llegaría su esposo y que era mejor que Martín se fuera. Pero Martín se alegraba de que Ulises llegara a casa, porque lo quería conocer, y mientras decía esto, golpeaba con fuerza a la mesa con su pistola. 
Pronto los ruidos y desplantes de Martín se hicieron oír hasta la planta de arriba con los dos hijos varones de Helena. 
Los dos hijos de Helena bajaron y Martín volteó rápidamente para mirarles y pronunciar una gran carcajada, diciéndoles «hola», que gustaran de ver al tipo que tal vez podría ser su padre, en una vida paralela o de hecho, si su madre no hubiera tomado otra decisión. 

Martín preguntó a los chicos si creían en el amor, y los chicos respondieron que sí. Pero Martín les dijo que uno conoce a muchas personas en la vida y con unas personas se da y con otras personas no, y no pasa nada, como pasó con su madre, que alguna vez fue su amante pero ahora era mamá de ellos. ¿Quién lo diría?

¿Te puedes ir de favor?—preguntó amablemente Helena a Martín. Pero Martín arremetió bruscamente contestando que no le molestara porque estaba disfrutando de su vino. 

Martín tenía estupefactos a todos los miembros de la familia, a Helena y a sus hijos.
En eso llegó Ulises a la casa, y todos sentían un poco de alivio porque el padre había llegado y tal vez podría lograr salvar la situación. Y Martín comenzó a reír y a reír festejando que había legado Ulises.

¡Ulises, Ulises!, qué bueno que has llegado a casa. 
Con una sonrisa de desorientación, Ulises respondió «¿y usted quién es?»,—soy yo, Martín¡ ¿no te contó tu mujer de nuestras aventuras sexuales y experiencia? Yo la enamoré primero que tú. Yo le hice saber qué es el amor. Yo fui su primer amor. Vive en despecho contigo, pobre iluso, inocente, tan lindo. Qué bueno es saber que tiene una linda y hermosa familia. De hecho, tal vez por mí nunca te hubiera aceptado como pareja porque su amor lo es todo para mí y yo lo soy todo para ella. No hay lugar para ti. Pero regocíjate, que te ha dado los hijos que no me dio a mí.

Ulises se percataba que el tipo estaba desquiciado y no sabía lo que estaba haciendo. Por lo cual el momento produjo una terrible tensión que aguardaba una catástrofe. No había escapatoria. 

Martín le gritó a Ulises que se sentara y le acompañara en la mesa, apuntándole con la pistola. Y Ulises bajó su portafolio y se aproximó a la mesa de manera calmada, regresando una mirada a sus hijos de confianza y control. 

Pero Martín se levantó de su silla y se acercó a Ulises sentado a la mesa, y le apuntó a su cabeza, y los hijos comenzaron a llorar, y Helena estaba pasmada, en shock, implosiona hacia dentro y quería borrar de sus ojos todo lo que contemplaba en ese instante el sufrimiento que vendría. 

Helena, sollozando entre lágrimas suplicaba: «no lo hagas Martín, por favor, te arrepentirás»... Martín, aprisionó con su arma la cabeza contra la mesa de Ulises, y le disparó en la cabeza, asesinándolo brutalmente en frente de su familia. Y los niños comenzaron a llorar, pero prosiguió con ellos hasta dejar a la niña y a la madre vivas, y le gritó Martín a Helena, que si no gustaba de callarse y controlarse mataría de una vez a la niña.

Helena comenzó a vomitar, y su hija lloraba, y mientras tanto, Martín le gritaba cuánto gustaba gustarle, que le había traído fotos para que lo admirara, de aquella juventud en que Helena daba la vida por él. 
De su bolsillo, sacó unas fotos de otras chicas y Martín las arrojó a la cara de Helena que estaba en el piso vomitando y llorando. Y le dijo: «mira, son de las otras a las que quise más que a ti»… Paulina, Ana, Soledad, y a todas me las cogí mientras andaba contigo.

Helena lloraba con un mar en tempestad al tiempo que vomitaba y su hija desesperaba vivía una crisis nerviosa. Ante ello, Martín enfureció y disparó a la niña asesinándole. Sacó su caja de cigarrillos y sus cerillos y prendió uno, lo fumó, después prendió otro cerillo para ir a encender las cortinas. Agarró de los pelos a Helena y la arrastró hasta la cochera, la metió en la cajuela, salió y Helena fue recogida en un terreno baldío, abandonada, inconsciente. 

Sufrió contusiones, confusiones, al tiempo en que se recuperaba denunció, pero poco le creyeron, tenía una crisis de nervios, pronto pensaron que tal vez se trataba de alucinaciones. El gobierno dijo que confundieron su caso con el algún otro involucrado con el crimen organizado y trataron de hacer ajuste de cuentas. Criminalizaron el caso. Y dejaron a la deriva a Helena.
Helena respondía con confianza que su ex novio había ido a tratar de lastimarla. Sin embargo, la familia de Helena se enteró de tales acusaciones y se enfrascaron en una guerra despiadada de chismes, amenazas y Helena estaba muy sola, gozaba con el apoyo de su padre, pero su padre estaba jubilado, y lo que menos quería eran problemas. Parecía un tipo rudo y duro, pero en verdad, no quería meterse en conflictos ajenos, y simplemente quería estar en paz. No podía lidiar con la situación.

Helena estaba sola.


Pasaron los años.
Pasó el tiempo.

¿Qué pasó con la conciencia de Helena?


Helena estaba con su padre, un hombre que había ahorrado toda su vida para asegurar su vejez. Tenía miedo de los tiempos en que vivía, tenía ahora más miedo porque su hija había quedado con un trauma y sola y desprotegida. Ante su terrible depresión, Helena comía dulces para que el azúcar levantara sus ánimos aunque sea por unos instantes, pero no sabía qué hacer. Vivía deambulando, nocturna, con la conciencia enajenada en compras, en consumo. Veía la tele, trataba de dormir lo más que podía. 
Un día mientras compartía la comida en mesa con su padre, comenzó a llorar. Su padre no era muy emotivo y empático, era rudo y duro, por lo que le dijo que ella había elegido su destino, ella había conseguido construir la serie de consecuencias por los actos y decisiones que fue tomando en su vida. Ante tal indiferencia y poco sentido del dolor que padecía Helena comenzaba a llorar más. Ya no tenía sentido hablar. 
La gente de la ciudad, sus amigas, poco a poco comenzaron a alejarse, hartándose de su problemática de emociones, hartándose del prolongado duelo de haber perdido a sus hijos y a su esposo en una masacre, a manos del sanguinario Martín.

El Padre de Helena gustaba estar entre las filas de la elite. Por lo cual siempre buscaba amistad con los ricos de la ciudad. Y en una ocasión, un amigo Senador de la república, le invitaron al informe del Presidente de la República, y era ocasión en que seguía la gran elección federal. En cocktail de festejo, Helena y su padre entraron, tomaron mesa, estuvieron conviviendo, pero a lo lejos, un tipo disparatado con ansias de presumir y advertir que estaba ahí, llamó la atención, también porque le acompañaba una prostituta de lujo. Era Martín. Helena pronto no acaba de sopesar que aquel drogadicto, mal viviente, asesino de su familia, ahora estaba en la cúpula social haciendo alarde de poder e influencia. 

Helena rápidamente fue a acercarse al grupo que cobijaba a Martín mientras le escuchaban sus grandes anécdotas. Helena miraba entre cabezas que estaban delante de ella haciendo festejo y riendo de todo lo que decía Martín. 

Martín, el flaco, tenía mirada siniestra. Presumía a su prostituta, llamada Marcela, a la cual presentaba como su pareja, que con ella había conocido el mundo entero. Que en uno de esos viajes conoció al que cantaban como el próximo presidente de México, un tipo que había hecho negocios con toda la mafia americana para poder solventar los gastos de campaña y ganar así el poder y regresar favores una vez que tomara la silla presidencial. 

Miraba alrededor, miraba los rostros con jactancia y les recitaba cómo había enamorado a Marcela. ¿Sabes cómo enamoré a Marcela? Le recité el poema «que ella  era mi esperanza, que era para mí como aquella abeja que producía miel sin las flores». Y todos reían y todos aplaudían. 

Para mí Marcela ha sido mi rival, mi amante, mi mejor amiga, mi cómplice. Nos conocimos practicando el esgrima, saben, antes de todo esto, de la farándula, de la política. Estábamos en la misma clase y nos pusieron de rivales. Saben, hoy no muchos sienten inclinación por la esgrima, pero lo que si es que todos buscamos tocar el punto vulnerable del otro y decir la palabra «touché», es decir, tocado, y donde más te duele; pero eso de tocarnos con dos floretes o dos espadas tiene algo de atractivo, es una danza, es un arte, es saber que el otro nos puede dominar con inteligencia, ó nosotros a él. Y en esa danza, en ese arte, de la esgrima, los rivales se empeñan en poner en juego su mejor técnica, pero también a respetar la técnica del contrario, aunque nadie se libra de sentirse humillado por el «touché», que si no fuera por puro deporte, le atravesaría el corazón. 

En fin, dijo Martín, ya es noche y nos tenemos que ir, a bailar la luna, y sonrió. Pero Helena le siguió y le preguntó con nervios si podía hablar con él, pero este de reojo no le hizo caso y Marcela de reojo volteó haciéndola menos y despreciándola con la mirada. Pero Helena rompió en nervios y en llanto y le gritó: « ¡es usted un asesino! ¡Usted mató a mi familia! ¡Usted destruyó todo lo que tenía! ¡Usted me quitó todo! ¡Muera!» y Helena corrió tras él tratando de golpearlo. Pero hombres de seguridad la alcanzaron a detener, y Martín extrañado por aquella mujer neurótica y violenta, pasó sus manos por sus cabellos tratando de mantener su peinado y se quedó mirando extrañado ante esa mujer. La reconoció. Supo que era Helena. Pero él se acercó y le dijo, «no sé de qué habla, espero que esté bien», y miró a los hombres de seguridad y se marchó. 

Personas del lugar, y el propio Padre de Helena, avergonzado, trataban de calmarle, trataban de recomponerla. 

En casa, el Padre de Helena sentía coraje por la vergüenza que le había hecho pasar su hija. 
Su hija en cambio manifestó todo, que aquel tipo era el asesino de su familia, que él había arremetido contra su esposo y sus hijos y le había aventado en un terreno baldío después de que la dejó inconsciente. 

Pero el Padre de Helena sólo sabía que aquel chico era Martín, que alguna vez fue su novio, y que ahora tenía éxito en el mundo de la política y era un connotado hombre poderoso que estaba en la cúpula y elite y había que respetarlo. 
No había rastros en el tiempo de aquella época en que Martín arremetió violentamente en la privacidad, contra Helena y su familia. No había, rastros, ahora el tipo tenía poder. 


El tipo pronto comenzó a ascender en el mundo del narcotráfico, ante tal poder, y astucia por corromper a la sociedad, a policías, a políticos y a empresarios, Martín ascendió y se procuró todos sus males, dejando del lado todo aquello que le hiciera descontrolar, para mantener el orden sobre sus negocios, sobre sus proyectos y sobre la injerencia que había obtenido, producto de su ascenso en el mundo del crimen. 

Helena averiguó sobre la oficina de Martín en la gran ciudad. Fue a esperarle durante días para que le atendiera. Un día tuvo suerte.
Helena siempre iba llorando, despechada, adolorida por el tormento de la pérdida, por la injusticia que sentía en lo más profundo de su corazón.

Martín le dejó pasar con la condición de que se mantuviera en cabales, sino habría de llamar a seguridad para que le sacaran por la fuerza. Helena asintió, y entró terriblemente adolorida por sus nervios destrozados, y caían lágrimas lentamente de sus ojos. 
¿Qué no tiene remordimientos? ¿Por qué hizo lo que hizo? ¿Qué fue lo que pasó?

Primero Martín la miraba con preocupación, pero después, en un instante en que conectó con su mirada, sarcásticamente, cínicamente, le dijo: «Helena, tú y yo somos amigos. Sabes, sólo fue un día. ¿Por un día sufres? Es divertido lastimar corazones, es divertido matar, deberías intentarlo. Muy linda tu familia, y tú también eres muy linda pero ahora mismo iré a una fiesta así que no molestes y retírate».

Helena agachó su mirada, tratando de contener el profundo dolor que se desprendió al escuchar estas palabras. 

¿Te parece divertido matar?—suspiró Helena antes de explotar en ira y lanzarse a golpes contra Martín al otro lado del escritorio que le protegía en distancia a Helena. Pero al escuchar los gritos de Helena, seguridad y personal entraron a la oficina de Martín y la retiraron. La mandaron en ambulancia a que le atendieran, y en hospital le dieron tratamiento psiquiátrico para calmar sus nervios. 

El Padre de Helena miraba con tristeza el final de su hija.

Helena se dedicó a escribir por largos años, tratando de explicar a alguien, al mundo, a dios, el dolor profundo que sintió en su corazón por un evento que sucedió en minutos, por un día que definió todo su destino. Fue un día.
Sólo un día, en el que perdió todo, el que le puso a prueba para sanar la perdida y el dolor. 

De los golpes se había curado, del dolor físico, pero no del sufrimiento en su psique al no poder comprender por qué había sucedido lo que había sucedido. 
En un día perdió al amor, perdió a sus tres hijos, perdió a su compañero de vida, a su esposo, a su amante, a su mejor amigo.

¿Sientes que tú vida se convierte en algo que jamás imaginaste?

Helena no pudo soportar el dolor. Trató de conseguir a otras parejas. Sólo tenía sexo, se seguía sintiendo vacía. Se emborrachaba y se dejaba tocar por hombres. Coqueteaba y se hacía tradición salir a la fiesta para cazar porque el amor no ocurría, no se presentaba. Ya no tenía fe en nada. Tampoco se comprometía, y botaba toda relación sexual que conseguía. No creía en ella, no creía en nada. Pasaba horas maquillándose y luego dormía. No tenía creencia. Hizo del nihilismo una forma de vida. Y al tiempo sufría más, cuando veía en portadas de revistas sociales y en noticias «prime» que Martín era un osado político que dirigía las riendas de la seguridad pública del país. Primero trató de salir adelante, congeniar en más fiestas, salir a sociedad para distraerse. Gastaba el dinero en hacerse cirugías plásticas, hasta que comenzó a perder la razón, y gastar demás en hacerse cirugías estéticas, en todas partes. Se hacía lipo—esculturas, se arreglaba la nariz cuantas veces podía, se arreglaba las tetas, se arreglaba las nalgas, hacía de todo para poder parecer fuerte y poderosa. Y no se sentía completa, y no se sentía suficiente, y no se sentía basta. Pero siempre acaba derrumbándose, más porque cada vez era más difícil recuperarse de las cirugías. 

No podía ser libre, no podía ser lo que quería, no podía lograr ser feliz. 
Entre dulces y tristeza. Entre el ruido, entre la música a todo volúmen para perder noción de sus pensamientos; entre fiestas, inauguraciones, vida social, coqueteos y más fiesta. Tomaba alcohol para perder el pensamiento, el recuerdo de su dolor, de su pérdida. Tomaba hasta perder la razón para no recordar cómo se sentía aquel hachazo en el corazón, para no recordar y no saber nada de sus sentimientos y de sus emociones. Dormía, lo más que podía. Se enajenaba, con televisión. No podía salir adelante. No quería saber ya nada de cómo es sentir y padecer la injusticia en su corazón. no podía ser libre, era presa del sufrimiento que se había instaurado después del dolor en su corazón. No podía conciliar cómo restaurar su corazón, cómo recomponerlo. 

Ya no había amor.
La injusticia le hizo perder esperanza, fe, amor. 
Sin más conocimiento de sí misma, se perdió en las profundidades del dolor.
Después del amor, la vida de Helena sólo fue sufrimiento y confusión.

Pronto, Helena empezó a consumir pastillas, drogas, y más alcohol. 
Un día, murió, por sobredosis. 

Un día Helena despertó confundida. 

Todos podemos volver a renacer. Todos podemos volver. Todos podemos revivir la misma experiencia y esta vez hacerlo mejor. Esta vez no cometer errores. Porque todo está perdonado. No hay nada qué perdonar. Todas estas palabras se escuchaban en el espacio, en la penumbra, mientras Helena trataba de saber qué pasaba, de comprender qué estaba sucediendo. 

A los pies de un hombre en paz, Helena suplicaba poder volverlo a hacer. 
¿Ayúdame?
¿No ayudarías?
¿No darías un poco para que pueda pagar lo que debo?
Quiero volver contigo, intentarlo una vez más. 

—Claro que ayudaría. Respondió el hombre.
Eres el amor de mis vidas. 
Eres la mujer que más quiero.
No hay otra mujer que quiera. 
Quiero contigo amor.

Siempre podemos volver, e intentarlo una vez más.
Claro que volvería, por ti.
La vida es un parpadeo.


Hay fuerzas ciegas de la naturaleza que se presentan, pero siempre estamos juntos, nunca nos perdemos, evócame y siempre estaremos juntos. No deberías corromperte si me voy antes que tú del mundo de polvo. 

Tendremos otra vez hijos, haremos una nueva familia, redescubriremos nuestro amor, tendremos más oportunidades.
Renaceremos
Amor.

Todo esto es ficción. 
En una sala de conferencias, un escritor habla de su obra. 
Lo estaba publicando un afamado personaje, y dedicaba su obra literaria a la mujer que siempre le ha provocado el más grande amor. En televisión aparecía dando una entrevista a un periodista, y le comentaba sobre el final del libro, y el gran significado que entrañaba. Al tiempo, en otro lugar una mujer, mientras veía en televisión esta entrevista, abre un libro que ha llegado hasta su casa como un paquete de  obsequio; y al abrir el libro mira que le ha dedicado aquel escritor su obra, mira que el libro está dedicado a su nombre. Supone que es para ella. Supone que es ella el amor de su vida. 

Erick Xavier Huerta S.





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