Lo sé, amor.
—Lo sé, dijo el escritor.
Lo único que queda es seguir orando, para que me aguarde dios, la suerte de poder volver, regresar a la tierra donde me esperan, donde me aguardan plenitudes, entre otras, las de mi amor, las de aquella que me escribe poemas susurrados al aire. Y que pueda volver al mar, a bañarme en el agua, reflejarme en otros ojos, y mirar el cielo y las olas y la luna, en el juego más bello, junto al aire, y el viento, el calor, la temperatura que empapa el alma. Siento que escuchan los ángeles, y que mi pacto es con todo el universo, porque estoy en él, y eso está en mí, y de eso depende mi seguridad y mi fé, y todas las ganas por continuar preservando el acto de amar. Al fin, estaré cerca siempre de lo que he sido, la creación, la pequeña parte que también hace junto con todo el espacio donde se sostiene toda la armonía, independiente, conjunta, contraria, complementaria.
Ya no pueden más los ojos, quieren cerrarse, al punto de esta noche estrellada, que de reojo, mi vista alcanza una estrella fugaz, deslizándose, limpia, hermosa, rápida, que se va y no se queda.
El gozo, continuará mañana.
Erick Xavier Huerta
Me han contado miles de historias, de cómo la gente se enamora, una y otra vez y a veces, muchas, cometen el mismo error, porque no despiertan, porque no observan, porque no se fijan, y entonces, trivializan el amor, porque dicen las mismas cursilerías, una y otra vez. Prostituyen la idea del amor y la banalizan. Porque no saben lo que hacen con lo que conciben, con lo que escriben, con lo aprendido y con lo que son. Si no se definen, no saben entonces cómo aplicar el amor, y entonces, la basura, el mercantilismo, el comercio del amor, la actuación, el performance, y un código limitado aprendido, de parte del «mainstream» y también del imaginario colectivo, de formulaciones a partir del alfabeto que les da para expresar unas cuantas frases sobre el amor, que acaban por dormirse, sin sentir, sin saber, sin ver, sin ser. Y así, concurren en un amor muy limitado, pero "ellos saben", porque la mecanicidad y sus instintos más silvestres les otorga la más grande soberbia para expresar que son sabios del orgasmo, del extasis, del amor. En esa franja limitada de actuantes amorosos, que una y otra vez, en pasados recientes han repetido la misma fórmula con una banal idea preconcebida de lo que deben hacer para poder satisfacer los placeres.
Si no sabe lo que quiere, entonces es fácil de que se pueda autoengañar, o concebirse, en una falsa percepción a partir del materialismo económico, social, psicológico del imaginario colectivo, creyendose un producto cultural y así, mira el sexo, así enamora, así se quieren y así pasan las historias, dentro de la franja limitada del amor, donde cohabitan los celos, el rencor, la soberbia, la tristeza, la melancolía, los engaños, las verdades mentirosas y las mentiras verdaderas.
—¿En qué crees?
—En que yo soy.
Si no ha sabido el hijo del hombre amar a cualquiera, es porque entonces sabe a quien quiere. Eso si hablamos de la pareja. Porque ama a todos y a todo, todo el tiempo y no te apegues a nada ni a nadie nunca.
Si no se ha ido con cualquiera, ha sido por destino. Pero no ha sido así con todas las entidades. Ha sido casualidad, destino, fuerza, contundencia, sapiencia, determinación por concluir ciclos, y resguardarse de la furia, fuerza ciega de la naturaleza que pervierte, que lástima. Sin antes no podemos ser conscientes de lo que hacemos, primero habría, el hijo del hombre, aprender, antes de relacionarse intimamente. Antes de saber tocar otra piel, primero habría que aprender a sentir el mundo, a vivir abrazado por él, reconciliado con la creación y no nada más con una pequeña idea, vaga, sintiendo recelos, fuego, dolor, miedo por el mundo, por estar aquí.
Mejor los pasos continuan por el viaje, la vida, el desierto, los lugares, las historias, y vemos miradas furtivas, pasajes de mi vida, y miles de cuentos que siguen transcurriendo, mirando, observando, tratando de ser lo mejor para mí, para ser para los demás. Y aguardando siempre, dignidad hacia dentro, respeto hacia afuera.
Está bien que haya ido para allá, a saber de otras palabras, pero mismas emociones, de alguien que no perdona porque las cosas resultaron falsas, tontas, absurdas, y por eso ya no cree en nada. Por el mismo cuento, del mercader de amores que te vendía venturas y promesas de lo que valía, de lo que estaba vacío, de lo que era pervertido, tonto, que no había olvidado y que se prostituía y que así, embaucó a miles de amores, y miles, quedaron dolidas, y algunas regresaron, a la misma falsedad, a los mismos cursos, hasta perderse, en aquellos caminos, desolados, sin sentimientos, sin honestidad, sin nada sincero.
Pero no podemos hacer más, incluso, yo, como escritor, ya me niego a seguirlo contando. No contaré más dolores del alma. Porque yo sí creo en el amor, en uno más grande, fuera de pequeñas e ilusas historias que sólo alcanzan para unas cuantas calles, unos barrios, de vinos y licores, de música y silencio. Porque hasta donde alcanzo a ver, miro más allá del cielo, de la vida, de la muerte, del universo.
Somos más que el sol, pero siempre cuesta un poco despertar y abrir los ojos y ver que el amor, es más grande que todo eso, que va más allá de la creación, y de los motores que nos hacen sentir alegría y pasión por estar aquí.
Ya no me fijaré en el pueblo, por el cual yo trascendí. Allá, atrás, esas historias quedan. Y yo, sigo mi camino, a un nuevo destino, a un nuevo lugar, sintiendo siempre seguridad de que me guían los sentimientos más sinceros, emanados del amor, que dan fé y certeza y guía a cada una de mis acciones, porque no siempre seré el mismo; deberé ser mejor que ahora, para que cada mañana, por cada ciclo ayude al mundo a estar mejor, por mí, por los demás, por mi amor, por su amor, por el amor.
Si queremos alumbrar, queremos dar luz, y no más sombra, no más oscuridad que la que trae la noche. No más de ello. Trascenderemos entonces todo eso, y despertaremos a una nueva era, una nueva vida, llena de regocijo, donde sí exista todo lo que ya he contado. Por eso todos los días, amplío mis códigos de entendimiento, de relación con el mundo y con los demás, y en el viento, me espera, siempre, aquella que un día me profesó con total gratitud que viniese al mundo a viajar, y acompañar a través del universo, del tiempo, nuestras vidas, para la gracia total de haber venido a existir.
De este lugar, ahora, bajo el sol, contemplo, en mis memorias, cuánto evoco la dulzura de sus ojos, la sonrisa peculiar y el color y el tono de su voz. Su brillo, y su matiz en su alma, su calor, que con todo su ser, ilumina mis días, mis sueños, mis lunas. Así le he amado, transitando, por las mismas historias, que han banalizado el concepto y la práctica del amor. Así, yo la he amado, evocando su ritmo, su compaz, su licor, su esencia, su fugaz ventura de existir aquí y ahora.
En mis escritos, es una historia más, es un cuento más. Son palabras plasmadas en papel y ya. Fuera de eso, de lo que parecería un cuento de hadas, una ficción, algo irreal, un reflejo ilusorio de lo que es el amor en el mundo. En este plano, yo lo practico, y la evoco todos los días, nos vemos y nos sentimos y estando aquí, callados, en silencio, percibimos el grato placer de amarnos sin hacer nada, sólo contemplando nuestras almas cercanas, que perciben la radiación de nuestros cuerpos, en poca distancia o muy a lo lejos. Más allá del mundo, y de nuestra piel concebimos amor y somos nuevas percepciones que cuentan, con su boca, otras historias, vivencias y experiencias que desentonan de la franja limitada conceptual del amor del imaginario colectivo.
Todo eso, recorriendo el desierto, bajo las estrellas, bajo un cielo limpio, donde alumbra con fuerza la luz de luna. Y me dolería en el alma dejar al olvido, bajo la arena, todas estas ideas, toda esta tinta, fuego de mi alma. Y quedaría en el olvido o gozaría tal vez, con la plena fortuna de llevarlo en mi conciencia.
El amor es práctica, es experiencia, es vida.
Ya no quisiera despertar después, porque me han atrapado los sueños, que me dicen tanto, que me cuentan cosas, que me hacen sentir mejor de lo que puedo estar cuando abro los ojos, en esta aparatosa ironía de satisfacerme despierto y también dormido. Por eso la mediación, pero a veces me jala más el sueño al punto de morir, de perder el aliento, de ya no respirar más, y de, incluso, ya no anhelar más vida. Y es que ha pasado el tiempo, y puedo evocar aún toda la belleza que me llena el alma, que me hace sentir pleno, brillante, como un sol, en el esplendor total, pero sin presencias a mi alrededor, sin la suya, sin más allá qué compartir, y entonces, sólo queda el manto estelar sobre mi cabeza, y mis pies en tierra, conciliando ideas, pensamientos, emociones, sensaciones, y más fuerza. Después, no sabemos, porque las canciones se van desvaneciendo en este tiempo, en este viento que me trae recuerdos, que me hace continuar suspirando, por todo lo que puede ser aún, y aún gozo con suerte.
Ya no pueden más los ojos, quieren cerrarse, al punto de esta noche estrellada, que de reojo, mi vista alcanza una estrella fugaz, deslizándose, limpia, hermosa, rápida, que se va y no se queda.
El gozo, continuará mañana.
Erick Xavier Huerta
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