Aferrado al amor.

 Aferrado al amor.

No estoy aferrado a la belleza. No estoy apegado, a su encanto. Contemplar el cielo es un regalo, es la majestuosidad que pueden mis ojos tocar, o como el mismo tocar del paladar de mi boca cuando puede saborear la fruta y beber agua cuando buscamos saciar la sed. Son los sentidos, que disfrutan experimentar la vida, el cuerpo, mi encanto de poder desenvolverme por el mundo, a través de mis pasos, con mis pies en la playa, con el viento que roza mi rostro, con la transformación de mi ser, a cada instante, por cada flor que aparece. Yo no muero, sólo voy, continuo, voy, voy, desapegado del propio cuerpo. No estoy enamorado de sus ojos, ni del brillo de su voz. Sólo he contemplado, y describo en su momento y en mis recuerdos, y cuando evoco su belleza, vuelve el palcer, porque los recuerdos son el inicio, son la experiencia, y de ahí parte la verdad. El color difuso de sus pupilas y la inocencia, los colores tenues de su alma, oscilando siempre en los matices pasteles, con sus impulsos eléctricos, andada al amor, a siempre querer, desahogada, y a veces con tristeza, y yo, que sienta amor por amar, no quiere decir que posea nada. No soy dueño de su belleza, ni de la mía, ni del mundo, pero todo está al servicio de lo mismo, del mismo placer que se expande y se contrae. Pero siempre queremos estar arriba, danzando entre la sutileza de los sueños.

No extraño para nada, la caricia de su presencia, el anhelo por sanar, o sus tiernas cicatrices. No, para nada, que sólo he podido contemplar a lo lejos, con aromas del amor, con principios de la nueva edificación de aquel lugar, un templo siempre abierto para recibirla y acogerla en el seno del corazón, tan poderoso, que se ilusiona con transformar cielos y recurrir a manipular todo el universo para el servicio de toda la construcción de una narrativa de dos seres que pueden amarse en tierra, por la naturaleza, en la simpleza de las cosas. En la simpleza de las sensaciones, del alcance de las palabras, de la nueva reconstrucción que da sentido al pasado, y que empuja al presente y que vislumbra con colores el futuro. 

No.
Tal vez eran lágrimas de profunda sensibilidad, de profunda sapiencia por comprender lo que atravesaba su alma, que huía, que se difuminaba a la distancia, que se resguardaba, porque para qué aventurarse al amor, si podría de nuevo rasgar las historias que lastiman, aquellas guardadas en el baúl de recuerdos, que no se quieren tirar, que se siguen anidando, por la fortuna de poseerlas, aferrados a esas remembranzas que sólo reaniman el sentido de existir pero que a la postre, van generando poder perder sensibilidad.

En el cuarto hace frío, hace mucho frío, está helado, y no hay luz, se han ido todos, y no queda más que la desolación, y no se aceptan visitas, no se quiere a nadie, que no entre aquí, a este lugar, sagrado, por la desolación, bautizado por alejarse de todo, resguardado en el cofre donde nadie pueda tocar alguna cosa para mantenerla sagrada.

Era más amor, por amar más allá del amor. Donde convergen los pasos, en el espacio, donde resuenan las cuerdas, las almas, en el lugar, en el ritmo del tiempo, de todas las circunstancias.
He dado rondas por el mismo arte, en las mismas melodías, las mismas letras que oscilan en el mismo tema. No, no estoy aquí por aferrado a la contemplación de su belleza, ni por aferramiento al amor, al fin y al cabo todo eso emana de este corazón, que sí poseo, y que sigo, que instruye mis ojos, mis manos, el funcionamiento de mi cuerpo y el sentido de lo que vivo.
Lo único que me desconcierta es no ver con claridad si estoy en un sueño mezclado, en el mío, en el nuestro o en el de ella.
¿En qué sueño estoy? ¿Alguien me ha controlado? ¿Funciono para un destino acordado? ¿Hay un plan entre ambos? ¿Cuál es la complicidad?

«No hagas nada». Nunca intenté hacerlo conscientemente. Sólo he vivido. Ni siquiera muevo mucho a conciencia mi corazón. Ni siquiera he deseado todo lo que poseo y tengo, y me lo da, y me lo entrega y de pronto, la contemplación de más belleza, en su brillo, en su esencia, en el claro perfil de su voz que entraña toda la construcción de una personalidad, esa manufactura cósmica que de pronto atrae toda tu atención.

No es aferramiento, no es obsesión por estar aquí, ni junto a nadie. Soy, simplemente estoy. Estoy aquí, evocando su belleza, y el amor que se desprendía del encuentro y de pronto, por temores, sin  la muerte, por sombras y sin arrojo a la luz, la historia de pronto se irrumpe. En un punto y seguido, con bastante pausa, esperando escribir el siguiente capítulo.

En todo lo anterior que he narrado, sólo quedamos así, con las almas rasgadas, de un sutil amor que se asoma a la luz.


Erick Xavier Huerta

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