La emperatriz monstruosa
Hija del Rey Salomón. Mona, era femenina, era la emperatriz por excelencia. Mona gozaba de toda la fortuna de su padre, el rey Salomón, un excéntrico minotauro que osaba de espantar a todo su reino con su fealdad y enorme inteligencia. Minotauro Salomón osaba tener sexo con todas las criaturas del reino, siempre femeninas, siempre que llamaran su atención, por eso osamos decir todas, porque todos sus antojos eran cumplidos. El poder de Salomón le trajo abundancia y riqueza que sólo llegaba a compartir con su pequeña Mona, una femenina, soberbia, de enorme ego, que presumía saberlo todo, que presumía siempre ser más inteligente que su padre.
Mona tenía once hermanos, unos que eran perros, otras hienas y otras fieras. Algunos fueron desterrados. Sus otros once hermanos no eran amados por Salomón. Salomón era caprichoso y estaba loco. Era bipolar. A veces estaba alegre, a veces estaba triste, pero mayoritariamente, Salomón vivía enojado.
En un reino vecino, el rey Draco, le había robado al amor de la juventud de Salomón, la gran reina Victoria, y con ella tuvo un hijo llamado Dragón. Salomón nunca pudo tener paz, porque perdió a la mujer que amaba y a su hijo Dragón, que todos los días profería mayor amor a Draco, que le cuidaba y que siempre estaba ahí, como un buen padre. Y el duelo de los dos reinos continuaba.
Mona veía envejecer a su Padre Salomón y cuando veía a s su madre, miraba que era una criada más como las demás, que sólo osaba presumir a la comunidad que pertenecía al linaje que comandaba órdenes al pueblo. Mona seguía osando disfrutar la riqueza y echar para afuera a sus hermanos bestias, que le daban asco, incluso la irritaban. Mona creía ser la gran emperatriz del universo. Ante, su egolatría, entre las sombras, crecía un joven príncipe llamado Kondo.
Kondo, entre salvajes creció.
Kondo aprendió rápido a sobrevivir.
Kondo era el elegido que traería equilibrio y justicia a la tierra.
Kondo era la redención del reino.
Kondo, fue acogido por los sabios que vivían entre las sombras. Y sin saber mucho, Kondo creció fuerte y hábil, maestro en las artes marciales, maestro en el arte de la guerra. Kondo pronto comenzó a gestar una rebelión en contra de Salomón, el rey minotauro. Los once hermanos, incluido el padre de Kondo, se alarmaron y quisieron matarle. Mona, profirió dar un mensaje a todo el pueblo de jamás proferir palabra alguna a Kondo. Que le desterraran, dijo Mona, y que nadie nunca en el reino geste acto noble ni palabra de alivio a Kondo. Que muera Kondo en la indiferencia, y que sepa a quien tiene que obedecer.
Mona, en su egolatría, le desterró del reino. Osaba manipular a sus once hermanos, bestias y adefecios, y gozaba de su riqueza. Se comportaba como Oso, y a veces como águila, también como serpiente, como víbora y como hiena. No tenía personalidad singular, pero presumía ser princesa, ser emperatriz. Y sólo la dinastía de Mona habría de ser querida y amada, sólo ella decía que sabía de amor, que sabía amar, porque alguna vez leyó por allí, antiguas escrituras de profetas antagónicos a la religión que imperaba y que profanaba su padre Salomón.
Mona tuvo sexo, Mona tuvo lo que quiso. Y siempre creyó ser mejor que los demás. Siempre tuvo a diestra de sus intenciones. Y el reino de Mona se instauró. El pueblo de hienas, el pueblo de bestias le aplaudían, y se admiraban cuando llegaba. Mientras tanto Kondo, entre las nubes frías de las montañas de nieve, escapaba, intentaba irse lejos de la indiferencia del reino del rey Salomón y de su siniestra hija Mona.
Mona siempre se burló de los adultos desde muy jovencita, osaba hacer saber que ella sabía manipularles con chantaje emocional para obtener sus regalos y hacer cumplir sus deseos.
La emperatriz montruosa Mona, vivía en su lujuria y en sus excesos. Creía ser una criatura iluminada, y ella se empoderaba, decía quien podía vivir y quien no. Para ella, una simple elección de permitir hacer vivir a alguien o no, era sencillo. Era válido. Ella podía quitar de su vida a quien gustase, y así como así, así como mandó lejos a Kondo, adentrándolo en la indiferencia, pensó que su dinastía y ella nunca habrían de incurrir en el mismo designio, porque ella ostentaba el poder.
Mona elegía qué leer, dónde andar, cuándo tener sexo y cuando acariciar a sus criaturas de su linaje. Cuando ser mala, cuando ser noble, cuando ser buena, indiferente ó siniestra. Un gran poder ostentaba Mona.
Pero los dioses del cielo profirieron un destino diferente.
Kondo, alejando en el frío, en las alturas de las grandes montañas. Kondo aprendió a ser montaña, y limpió su mente, y se transformó en una criatura amada por los dioses de los cielos. Kondo supo aprender a pensar, a pararse en la pose de montaña, a ser la fuerza de la roca, a adaptarse como el agua, a ser tan necesario como el viento y a ser uno con todo. Aprendió la unicidad y después descendió al reino salvaje. Allí, Kondo fundó un nuevo reino que trajo progreso e industria, y creció en tal magnitud que Kondo conquistó el mundo salvaje y las criaturas del reino bestial de Salomón pronto se fueron extinguiendo. Sin embargo, el orgullo y la envidia de Mona y sus once hermanos creció a tal grado que padecieron rabia. Unos se mataron entre sí, y Mona se jactaba de alegría porque quedaba más riqueza para ella, y siempre habría de compartir menos, pero al verse amenazada, ¿con qué calidad moral habría de pedir ayuda a Kondo cuando ella le había sentenciado a vivir en la indiferencia?
Mona y su dinastía no sabían lo que habían hecho.
Mona y su dinastía se habían equivocado. Mona y su dinastía nunca vislumbraron que aquella indiferencia fue presente en el devenir de Kondo, quien sin hacer nada, les hizo sufrir y padecer sus propios infortunios.
La dinastía de pequeños salvajes de Mona pronto se olvidaban que ella les dio migajas de comer, y cayeron en la locura, y se inventaron nuevos dioses y se desterraron solos del reino, y desaparecieron entre las penumbras. Y Mona fue abandonada por todas y todos sus amantes. Mona fue abandonada por su dinastía, y su gran sabiduría de amor pronto fue develada a la luz del sol. Mona era ignorante de sí, de su vida, de todo lo que era. Siempre creyó en esas pocas ideas que llegó alguna vez a leer.
A Mona le quedó un hijo, que cuando creció, le dio asco su madre. Mona quedó a merced de la bestia de su hijo, una criatura feroz, una cabra diabólica que le tenía en las sombras y que a veces le dejaba comer cucarachas y conejos muertos que llegaba a matar cuando salía en sus expediciones al bosque a buscar municiones. Allí quedaba ahora la historia de Mona, la gran emperatriz, de sabiduría extrema, ostentosa, portentosa por poseer monedas de oro, carrosas, y bestias a su merced.
Mona, ahora no tenía pelo, exclamaba piedad y dulzura, y un poco de consuelo.
Kondo, sin hacer nada, miró los infortunios de la dinastía, miró el fuego que fulminó el alma de aquellos que osaron, bajo la indiferencia, creerse superiores. Sin creerse más ni menos que nadie, con paciencia, ayuno y paz, Kondo miró al mundo hacer justicia, pero Kondo, desde hace mucho ya no la exclamaba, porque había abandonado su rabia, sus ganas de venganza, porque todo le había sido dado, porque cuando se convirtió en montaña, supo de su grandeza, de su paciencia, y del amor que le tenían los cielos, del amor que le cuidaba a su corazón en cada paso cuando sintió desolación. Fue cuidado, fue abrazado por el consuelo de la creación.
Mona, recordaba las hienas que le acompañaron. Muchas de ellas que quisieron transformarse en bellos corceles. Una hiena prieta, alguna vez, después de manchar su matrimonio y quedar en libertad, pronunció que cambiaría, que nadie le reconocería, que sería ahora un corcel, de las más bellas, que corre en plenitud. Pero cada día que pasaba, era más fea y no dejaba de ser hiena. Así pasó con Mona y su dinastía, que con pronunciar, pensaron que estaría escrito, que con pronunciar, pensaron que transformarían su ser y su realidad...
Al final, un escribano del pueblo de Kondo escribió que se trató de una historia de fe. Que se había tratado de los infortunios de la vida, de los engaños de la suerte, de las desgracias internas, de la ceguera del espíritu y de finales y de sentimientos contrariados, poco comunes, poco recurrentes, poco denunciados.
El Rey Kondo vivió feliz, pero ese estado, fue uno que tuvo que aprender a caminar, después a dominar, y luego a padecer. El Rey Kondo nunca olvidó su destierro, porque poseía memoria, pero jamás sufrió el dolor, aprendió a trascenderlo y luego no hizo nada, para que todo cobrara justicia, para que todo regresar en su equilibrio, para que los designios del cielo se instaurarán en la tierra.
Mona, fue su propia tragedia. Mona padeció la soberbia que cierra puertas y fortunas a su paso. Se volvió ciega, como todos aquellos que nunca quisieron padecer de amor. Como aquella joven bella que enamoró a Kondo pero que nunca aceptó su amor porque ella no creía en las estrellas, porque ella prefería vivir el infortunio deseo de padecer desolación y tierra, sin albergar sueños. Ni siquiera ella llegó al final. Así se escribía en el polvo de la tierra. Mona que ya ni siquiera quiso tener cerca a una de sus hermanas hienas en el final de su vida, porque le recordaban el asco, porque eran más dolor por escucharles, por mirarles. Externaban y entregaban dolor. Era mejor decisión para Mona, padecer desolación, padecer penumbra, olvidarse del orgullo, olvidarse de la luz.
Aquel reino de Salomón, quedó cubierto de rocas y arena.
Ya nadie los recuerda.
Se habla de Salomón, a veces, entre escritos que se resguardaron en bibliotecas, de filósofos que narraron lo acontecido, para dar pie a la historia de Kondo, de la nueva, era, de la palabra que le cobraba sentido a todo lo que ocurrió antes de su nacimiento, y a lo que dejó después de su legado.
Mona fue, la emperatriz monstruosa.
Erick Xavier Huerta
Mona tenía once hermanos, unos que eran perros, otras hienas y otras fieras. Algunos fueron desterrados. Sus otros once hermanos no eran amados por Salomón. Salomón era caprichoso y estaba loco. Era bipolar. A veces estaba alegre, a veces estaba triste, pero mayoritariamente, Salomón vivía enojado.
En un reino vecino, el rey Draco, le había robado al amor de la juventud de Salomón, la gran reina Victoria, y con ella tuvo un hijo llamado Dragón. Salomón nunca pudo tener paz, porque perdió a la mujer que amaba y a su hijo Dragón, que todos los días profería mayor amor a Draco, que le cuidaba y que siempre estaba ahí, como un buen padre. Y el duelo de los dos reinos continuaba.
Mona veía envejecer a su Padre Salomón y cuando veía a s su madre, miraba que era una criada más como las demás, que sólo osaba presumir a la comunidad que pertenecía al linaje que comandaba órdenes al pueblo. Mona seguía osando disfrutar la riqueza y echar para afuera a sus hermanos bestias, que le daban asco, incluso la irritaban. Mona creía ser la gran emperatriz del universo. Ante, su egolatría, entre las sombras, crecía un joven príncipe llamado Kondo.
Kondo, entre salvajes creció.
Kondo aprendió rápido a sobrevivir.
Kondo era el elegido que traería equilibrio y justicia a la tierra.
Kondo era la redención del reino.
Kondo, fue acogido por los sabios que vivían entre las sombras. Y sin saber mucho, Kondo creció fuerte y hábil, maestro en las artes marciales, maestro en el arte de la guerra. Kondo pronto comenzó a gestar una rebelión en contra de Salomón, el rey minotauro. Los once hermanos, incluido el padre de Kondo, se alarmaron y quisieron matarle. Mona, profirió dar un mensaje a todo el pueblo de jamás proferir palabra alguna a Kondo. Que le desterraran, dijo Mona, y que nadie nunca en el reino geste acto noble ni palabra de alivio a Kondo. Que muera Kondo en la indiferencia, y que sepa a quien tiene que obedecer.
Mona, en su egolatría, le desterró del reino. Osaba manipular a sus once hermanos, bestias y adefecios, y gozaba de su riqueza. Se comportaba como Oso, y a veces como águila, también como serpiente, como víbora y como hiena. No tenía personalidad singular, pero presumía ser princesa, ser emperatriz. Y sólo la dinastía de Mona habría de ser querida y amada, sólo ella decía que sabía de amor, que sabía amar, porque alguna vez leyó por allí, antiguas escrituras de profetas antagónicos a la religión que imperaba y que profanaba su padre Salomón.
Mona tuvo sexo, Mona tuvo lo que quiso. Y siempre creyó ser mejor que los demás. Siempre tuvo a diestra de sus intenciones. Y el reino de Mona se instauró. El pueblo de hienas, el pueblo de bestias le aplaudían, y se admiraban cuando llegaba. Mientras tanto Kondo, entre las nubes frías de las montañas de nieve, escapaba, intentaba irse lejos de la indiferencia del reino del rey Salomón y de su siniestra hija Mona.
Mona siempre se burló de los adultos desde muy jovencita, osaba hacer saber que ella sabía manipularles con chantaje emocional para obtener sus regalos y hacer cumplir sus deseos.
La emperatriz montruosa Mona, vivía en su lujuria y en sus excesos. Creía ser una criatura iluminada, y ella se empoderaba, decía quien podía vivir y quien no. Para ella, una simple elección de permitir hacer vivir a alguien o no, era sencillo. Era válido. Ella podía quitar de su vida a quien gustase, y así como así, así como mandó lejos a Kondo, adentrándolo en la indiferencia, pensó que su dinastía y ella nunca habrían de incurrir en el mismo designio, porque ella ostentaba el poder.
Mona elegía qué leer, dónde andar, cuándo tener sexo y cuando acariciar a sus criaturas de su linaje. Cuando ser mala, cuando ser noble, cuando ser buena, indiferente ó siniestra. Un gran poder ostentaba Mona.
Pero los dioses del cielo profirieron un destino diferente.
Kondo, alejando en el frío, en las alturas de las grandes montañas. Kondo aprendió a ser montaña, y limpió su mente, y se transformó en una criatura amada por los dioses de los cielos. Kondo supo aprender a pensar, a pararse en la pose de montaña, a ser la fuerza de la roca, a adaptarse como el agua, a ser tan necesario como el viento y a ser uno con todo. Aprendió la unicidad y después descendió al reino salvaje. Allí, Kondo fundó un nuevo reino que trajo progreso e industria, y creció en tal magnitud que Kondo conquistó el mundo salvaje y las criaturas del reino bestial de Salomón pronto se fueron extinguiendo. Sin embargo, el orgullo y la envidia de Mona y sus once hermanos creció a tal grado que padecieron rabia. Unos se mataron entre sí, y Mona se jactaba de alegría porque quedaba más riqueza para ella, y siempre habría de compartir menos, pero al verse amenazada, ¿con qué calidad moral habría de pedir ayuda a Kondo cuando ella le había sentenciado a vivir en la indiferencia?
Mona y su dinastía no sabían lo que habían hecho.
Mona y su dinastía se habían equivocado. Mona y su dinastía nunca vislumbraron que aquella indiferencia fue presente en el devenir de Kondo, quien sin hacer nada, les hizo sufrir y padecer sus propios infortunios.
La dinastía de pequeños salvajes de Mona pronto se olvidaban que ella les dio migajas de comer, y cayeron en la locura, y se inventaron nuevos dioses y se desterraron solos del reino, y desaparecieron entre las penumbras. Y Mona fue abandonada por todas y todos sus amantes. Mona fue abandonada por su dinastía, y su gran sabiduría de amor pronto fue develada a la luz del sol. Mona era ignorante de sí, de su vida, de todo lo que era. Siempre creyó en esas pocas ideas que llegó alguna vez a leer.
A Mona le quedó un hijo, que cuando creció, le dio asco su madre. Mona quedó a merced de la bestia de su hijo, una criatura feroz, una cabra diabólica que le tenía en las sombras y que a veces le dejaba comer cucarachas y conejos muertos que llegaba a matar cuando salía en sus expediciones al bosque a buscar municiones. Allí quedaba ahora la historia de Mona, la gran emperatriz, de sabiduría extrema, ostentosa, portentosa por poseer monedas de oro, carrosas, y bestias a su merced.
Mona, ahora no tenía pelo, exclamaba piedad y dulzura, y un poco de consuelo.
Kondo, sin hacer nada, miró los infortunios de la dinastía, miró el fuego que fulminó el alma de aquellos que osaron, bajo la indiferencia, creerse superiores. Sin creerse más ni menos que nadie, con paciencia, ayuno y paz, Kondo miró al mundo hacer justicia, pero Kondo, desde hace mucho ya no la exclamaba, porque había abandonado su rabia, sus ganas de venganza, porque todo le había sido dado, porque cuando se convirtió en montaña, supo de su grandeza, de su paciencia, y del amor que le tenían los cielos, del amor que le cuidaba a su corazón en cada paso cuando sintió desolación. Fue cuidado, fue abrazado por el consuelo de la creación.
Mona, recordaba las hienas que le acompañaron. Muchas de ellas que quisieron transformarse en bellos corceles. Una hiena prieta, alguna vez, después de manchar su matrimonio y quedar en libertad, pronunció que cambiaría, que nadie le reconocería, que sería ahora un corcel, de las más bellas, que corre en plenitud. Pero cada día que pasaba, era más fea y no dejaba de ser hiena. Así pasó con Mona y su dinastía, que con pronunciar, pensaron que estaría escrito, que con pronunciar, pensaron que transformarían su ser y su realidad...
Al final, un escribano del pueblo de Kondo escribió que se trató de una historia de fe. Que se había tratado de los infortunios de la vida, de los engaños de la suerte, de las desgracias internas, de la ceguera del espíritu y de finales y de sentimientos contrariados, poco comunes, poco recurrentes, poco denunciados.
El Rey Kondo vivió feliz, pero ese estado, fue uno que tuvo que aprender a caminar, después a dominar, y luego a padecer. El Rey Kondo nunca olvidó su destierro, porque poseía memoria, pero jamás sufrió el dolor, aprendió a trascenderlo y luego no hizo nada, para que todo cobrara justicia, para que todo regresar en su equilibrio, para que los designios del cielo se instaurarán en la tierra.
Mona, fue su propia tragedia. Mona padeció la soberbia que cierra puertas y fortunas a su paso. Se volvió ciega, como todos aquellos que nunca quisieron padecer de amor. Como aquella joven bella que enamoró a Kondo pero que nunca aceptó su amor porque ella no creía en las estrellas, porque ella prefería vivir el infortunio deseo de padecer desolación y tierra, sin albergar sueños. Ni siquiera ella llegó al final. Así se escribía en el polvo de la tierra. Mona que ya ni siquiera quiso tener cerca a una de sus hermanas hienas en el final de su vida, porque le recordaban el asco, porque eran más dolor por escucharles, por mirarles. Externaban y entregaban dolor. Era mejor decisión para Mona, padecer desolación, padecer penumbra, olvidarse del orgullo, olvidarse de la luz.
Aquel reino de Salomón, quedó cubierto de rocas y arena.
Ya nadie los recuerda.
Se habla de Salomón, a veces, entre escritos que se resguardaron en bibliotecas, de filósofos que narraron lo acontecido, para dar pie a la historia de Kondo, de la nueva, era, de la palabra que le cobraba sentido a todo lo que ocurrió antes de su nacimiento, y a lo que dejó después de su legado.
Mona fue, la emperatriz monstruosa.
Erick Xavier Huerta
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