Frío en París
Las sábanas desconocían su pasado. No sabía el aire de sus pensamientos. Se entregó dejando de lado su dolor.
Extranjero en tierra de poetas, admirando el bello paisaje cobijado por los árboles de nostalgia, melancolía y amor de la tierra de París, en el mismo entendido de la misma lengua de mi madre, pudo hablar con una mujer que se resguardaba allí tratando de hallar consuelo, nuevas experiencias, tratando de ser, porque en tierra extranjera, dicen, puedes ser alguien. Los títulos de la tierra extranjera prometen nueva vida, una nueva óptica, para que te miren diferente. Pero yo, yo era distinto, yo sólo iba por ocio, yo sólo iba porque así me había arrastrado el viento. Hasta aquella tierra; respiré nuevas prosas, nuevos cuentos. Aquella arqueología te hacía suspirar la sangre, la batalla, el dolor de la plebe, el fuego interno de la revolución.
El amor, era lo último que buscaría experimentar, mucho menos con la prisa, mucho menos con el tedio, mucho menos con la atmósfera. Era yo extranjero, pero en los ojos reconoces el camino a casa. Aquella pequeña amistad que comenzó como una efímera ilusión. Ella tenía pareja, ella era presa del amor incondicional que había jurado a su hombre, uno muy inseguro de sí mismo, uno que profería sentir enormes celos si ella hablaba con otro hombre. Aquél, le regañaba por ser coqueta, por no ser fiel a lo que quería, a él, que estaba tan ávido de amor. Y yo, sólo era un extranjero, en esos momentos tranquilo, sin esperar nada del futuro, de mi porvenir, porque sabía que todo era pasajero, que yo simplemente habría de escribir en algún momento de todo lo que observaba. Me limitaba a eso, a mirar, a observar y a ser observado. Pero pronto, muy pronto, los ojos de aquella mujer se postraron sobre mi ropa, se postraron sobre mi ser, aprehendiéndose de lo que representaba, y gustaban de oler mi esencia. Aquella mujer ya no pudo ser indiferente, nunca más. En aquella tierra donde era yo un forajido, y pagaba impuestos sin nacionalismo alguno, estaba yo ante una impavida historia de amor.
Hacía frío, y cuando hace frío en París, todo es más romántico. Se siente más el amor, se siente más el deseo. Se irradia con mayor intensidad el erotismo.
Aquel hombre que osaba amar y esclavizar bajo su deseo la libertad de la mujer de la cual me enamoré, se fue, inseguro de sí mismo, lejos de esa tierra, y el manto de las estrellas nos cobijó y nos orilló a lo inevitable. Caminando por el río sena, nos besamos fulminantemente, sin dejar rastro de una intención, así sucedió, y los besos que dieron calor y aplazaron al frío, condujeron a los dos amantes hasta el cuarto, en aquellas sábanas poco valoradas, de enorme indiferencia ante el gran glamour que se vivían en otras residencias y hoteles. Esas sábanas eran suficientes para sentir el placer de los dos amantes que se querían, que se adoraban. Y ahí, ya estaba yo enamorado, apegado a la figura de una mujer que encontraba en todas partes, cuyo placer era más fuerte que el que pude imaginar y plasmar en mis ideas y en los colores de mis sueños. Y yo habría de irme, y habría de irme con el corazón deshecho.
Aquel hombre iba a regresar, y por eso, la mujer que amé se fue, desapareció, y ya no me quería hablar. Y yo tuve que asimilarlo. Tuve que aprender a perder, como he perdido bellos atardeceres, como he perdido mis edades, como he perdido a seres queridos, y placeres de la vida. He perdido, he sabido a perderlo todo, a que todo es efímero, igual que mi vida, igual que mis fuerzas, igual que todo lo que he amado, se va, y ya no es mío. Nada me pertenece, ni yo le pertenezco a nadie.
Soy libre.
Eran nuevos tiempos, y el miedo seguía permeando en la sociedad contemporánea. Yo continuaba jugando a los sueños, y al regresar ya no esperaba nada. Al regresar a la tierra de donde partí, aquí, donde no me aguardaba ningún por venir, donde todos los días sobrevivía sin mayores ilusiones, aquí, vine con el corazón desangrado, aprendiendo a sobrellevarlo, aprendiendo a que nada pertenece a nada, a que todo lo posee todo.
Aprendí aquí, que el amor pleno sucede en uno y que mis pasos habrán de trascender mi cuerpo y cuando la muerte ocurra, ya no seré más que todo.
Erick Xavier Huerta
Comentarios
Publicar un comentario