Un Azteca en el Azteca

Un Azteca en el Azteca
Por Erick Xavier Huerta Sánchez


Nacer en México, a veces resulta difícil de comprender, de sentir, y menos, cuando hay una cultura híbrida, incluso perdida en la identidad global. Se desvanece, más por el bombardeo de la mercancía extranjera.

¿Quiénes somos? ¿De dónde provenimos?
Alguna vez, pudimos tener una identidad clara, roles específicos, que tal vez no eran los mejores, pero eran perfectos en su momento para seguir caminando, para seguir construyendo una sociedad, la nuestra, libre, bajo la patria, cobijada en la bandera, en la pronunciación de nuestra lengua, nuestra palabra, acomodada a nuestro temperamento, y en la música que define nuestro espíritu, nuestras ganas, nuestra esencia, nuestro ser, nuestro deber de definirnos como mexicanos.

De toda la vida, nos ha acompañado la mexicanidad, a través de grandes, que lo representan, que son embajadores de nuestra idiosincrasia, una peculiar, que alberga carisma, fuerza, hermandad, felicidad. Como fue Cantinflas, como fue Pedro Infante, como lo fue Vicente Fernández.

Es difícil llegar a ser viejo, llegar a serlo de forma honorable. Ser un buen viejo es algo que no todos pueden presumir. Haber vivido una vida legendaria, llegar al final sabiéndote mito, es algo que no todos pueden gritar. No todos pueden sentir ni concebir ver lo grande que eres y serás, por los años venideros, habiendo dejado huella; y es que a veces, es el temperamento, el coraje, la fuerza interior lo que hace poder hacer sentir a la tierra lo que mereces por lo que eres. No todos los artistas lo logran. No todos los grandes,  como los reyes, alcanzan a ver en plenitud su gloria y se despiden sabiéndose inmortales.

Elvis Presley no pudo hacerlo, incluso se fue antes, se fue en declive, se fue sin fuerzas, se fue, como se fue también Michael Jackson, con pena, a los cincuenta años, en medio de escándalos. Drogas, vicios, malos hábitos, oscuridad, rondan a los grandes, y pocos pueden sacudírselo y permanecer en la luz.

Se convirtió en un grande. Gracias al amor.

Ante miles de seguidores, reunidos en el Estadio Azteca, el charro de Huentitán de despidió de su público un dieciséis de abril, del año 2016. Fue un concierto en agradecimiento por el apoyo a una carrera de más de 50 años.

Rey de la música vernácula. El último, tal vez, de los ídolos mexicanos. No hay quien se compare a quien interpreta con majestuosidad toda la música mexicana que honra al mariachi, a la idiosincrasia mexicana, que representa con fulgor y enorme luz de honor a México ante el mundo. Eso inculcó Vicente Fernández a sus hijos. Todo por el inicio de un sueño. Nadie sabe hasta dónde nos puede llevar una ilusión.

Don Vicente no tiene que cantar para vivir. Vicente Fernández nació para cantar y así vivir.

La tierra da frutos propios para honrarse, la vida se basta así misma. La creación da, otorga, porque así se representa, así se experimenta, se reconoce, se vive. Don Vicente Fernández, es creación, regalo de la tierra mexicana para sí misma, para honrarse, para significarse, para entenderse, para verse, para ser.

El Estadio Azteca tiene magia, y es imponente, alberga un cariño por los mexicanos porque ahí se han vivido grandes experiencias y momentos de fulgor para las almas de México.

Por azares del destino, la magia de los momentos, la fuerza del cauce donde van mis pasos, me llevaron al recinto donde Don Vicente Fernández se despediría de los escenarios. Ahí, donde daría el adiós al contacto directo con su público, que siempre aplaude, que siempre le extraña y espera verlo y acompañarlo en sus canciones, emitiendo cariño con voz, cuerpo, fuerza, energía, en las noches mexicanas.

No esperaría nunca en mi imaginación y en mi destino haber podido asistir a este magno evento, que enriquecería y me afianzaría de nuevo a mis raíces mexicanas.

Era magna la vista cuando entré al recinto, lleno de artistas, gente buena, mexicanos, dispuestos todos a aplaudir, a honrar a alguien que nos dio un tremendo regalo, el de la música, el de la nobleza con la voz y el mariachi, con el México del alma.

Vicente Fernández, a pesar de ser uno de los hijos favoritos de Dios, de la tierra mexicana, no estuvo exento de padecer la violencia que sigue permeando hasta el día de hoy en nuestra tierra. La familia Fernández padeció agresión, cosas que no se desean, cosas que no deben existir. Sin embargo, puede más el amor, como siempre demostró Vicente Fernández, como siempre profesó a su familia; no se fue a otro lugar, porque la tierra es su casa, y aquí se quedó con toda su familia, afrontando su querer, su honra, su respeto por su hogar, por su tierra, porque de otra manera triunfaría la cobardía, la mezquindad, la oscuridad, y se perdería el amor.

            Era una tarde que se convirtió en una noche fantástica, con un cielo mexicano, enrojecido, plasmando la picardía, el carisma, el encanto. El cielo de la noche recibía al gran charro, a la leyenda viviente con la voz como nunca se había escuchado, en un doblegado recinto que esperaba honrarlo como se merece.
            Sale al escenario, y emite su alarido, y el público enloquece, se pone contento, feliz. Y es hermoso lo que se vive. Una a una, cada canción; el público respeta a un grande, que a los 76 años demuestra fe y poder, fuerza espiritual.
Un concierto que además, representa la herencia musical de los Fernández, plasmado en Alejandro Fernández, el hijo se convierte en hombre, al servicio de su padre, acompañándolo y cuidando los detalles en la música para que su padre disfrute su noche. Alejandro se pone al servicio de honrar la noche de su padre, y recibe su bendición y se compromete con la orden de su padre, el deber de continuar un legado, el de representar la música mexicana en todo el mundo, de ir cantando por distintas tierras, enalteciendo el espíritu de nuestra raza, de nuestras raíces, nuestra tierra, de nuestra personalidad, nuestro carácter, nuestro rostro que alberga una cultura milenaria, una cultura de amor, que disfruta la vida como pocos en el mundo pueden hacerlo.

            Hombre que padeció la orfandad porque la muerte le arrebató pronto a sus padres. Él es hombre que concibe los retos y las dificultades y los obstáculos como bendiciones y batallas listas para que se triunfe y se obtenga la victoria en cada una de ellas.

            Es la vida de un hombre que defiende su amor, su esencia, y así lo hizo esa misma noche de despedida, contestando a los que le merecían, a los que alguna vez osaron por insultar a nuestra gente; él emitió alarido de honor, de fuerza, de gallardía por no permitir que la desgracia y el odio triunfe sobre los nuestros.

Que dicen que «no hay que llegar primero, sino hay que saber llegar», sin duda, Vicente Fernández lo supo hacer. Porque es hijo del pueblo, hombre que creció en la humildad, en el seno de la nobleza, que nunca padeció la desgracia de no poder ser llamado “hijo del pueblo”.

            La ilusión de tener un amor, de respetar a su mujer, de darle el lugar en su hogar, y de querer a su familia, tuvo refugio en Cuquita. Los amores verdaderos siempre encuentran maneras de poder recrearse.

            En Vicente Fernández reside el agradecimiento de toda una nación por escucharle representar en el tenor de su voz, nuestra identidad, nuestro color de espíritu, porque en cada aplauso, emanaba una nueva canción, una nueva interpretación que nos enraizaba a nuestra tierra.  

Le escuchaba desde antes de nacer. Porque mi familia es de tierra calentana, de Michoacán, de Guerrero, del centro. En mi recorrer por México, hasta cumplir veintiocho años, siempre estuve sujeto al placer de escucharle en cada estación de radio, en cada pasaje por mercados, por tianguis, por fiestas. Siempre estaba presente, en la alegría de las abuelas, en el hogar, en el amanecer cuando cumplía otra vez años. En mi propia identidad, en mi melancolía y nostalgia cuando alguna vez estaba lejos de casa. Amigo de los grandes, también, eso me hacía feliz, que nos enterábamos que cantaba letras de Martín Urieta y de Joan Sebastián.

            En mi corazón duele, como a él, que se retire, que no haya yo podido asistir a más conciertos y que tenga que concebir que nunca más le podré ver. Sin embargo, quedó la luz en mi corazón, en el de todo México, un brillo que jamás osa por apagarse.

Vicente Fernández, era la voz que México siempre esperó y llegó para quedarse, trascendiendo para siempre en nuestra historia, en el tiempo.

Gracias por eso.





Erick Xavier Huerta Sánchez.

Comentarios

Entradas populares de este blog

México es un país estresado.

La furia.

Una realidad preocupante.