Yo era la nada.

Bajo las estrellas, era noche, y algunas se podían ver. Mientras tanto, sentía soledad, una inmensa soledad, de no estar vivo, de no poder sentir, de encontrarme desolado, en el desencuentro conmigo, sin reconocimiento, sin vista ni presencia de nada. Sentía la ignorancia de toda la creación. El universo me era indiferente. No podía servir para ningún fin, por eso me sentía triste. Me sentía intimamente preocupado, consternado por las cosas que no me hacían caso, que me omitían, que no me escuchaban, que no les importaba tantito que yo pudiera existir. Nadie quería que yo existiera, por eso me mantenía en el limbo, en la nada, en la penumbra, mirando la creación cómo se iba desenvolviendo maravillosamente. 

No existía. No podía hacer nada. Yo era el negro, fuera del espectro de la vida.
De las luces yo no podía platicar. Yo no era vida, yo era nada, yo era todo, sin figura, sin relevancia, sin posición, sin engrane en el universo, sin la peculiaridad de poder percibirse tan grande siendo tan minúsculo, tan inmenso poseyendo un cuerpo, inspirando, transpirando, creyendo que todo puede realizarse y limitarme a sólo poder ejercer una cuántas actividades, como reproducirme, pensar un poco y sentir y producir amor. 

Sólo Dios pudo saber cuánto rogué por poder amar, por poder sentir un poco la maravilla de creerme inmenso siendo parte de la vida, un ser viviente, creador, maravilloso pintor de paisajes. 
Sólo Dios pudo escuchar un poco la transformación de algo que buscó ser emoción y terminó siendo sonido de suplica, por amar.

Yo sólo era un pequeño espectro negro desvaneciéndose en la nada, perdiéndose en la oscuridad, sin forma, sin vida, sin miras, sin ganas. Me perdía exigiéndome poder nacer y no podía, ni siquiera, acercarme a que me contagiara un pequeño brillo de los que resonaban y se relucían en los hoyos negros, y así tal vez, pudiera escaparme a un nuevo universo. Yo no podía, pero me seguía meciendo, con fe y esperanza. A penas, entonces, ya podía seguir de cerca los tiempos y las épocas, y miraba, empezaba a soñar en cómo sería, de forma, de carne y de hueso, entre las plantas, entre los mares, entre paisajes contados, escenarios cambiantes con el tiempo, que harían de mi corazón una evolución, una figura singular que iría madurando, aprendiendo a amar, soñando, con fe, con pasión, con tenacidad. Sería un sueño de que algún día, cumpliría mi promesa de amar con tanta intensidad, y podía experimentar aquello que siempre pude imaginar cuando me convertí en conciencia.


Así, en los tiempos del hombre, la imaginación se expandía en la conciencia de un planeta vivo. El amor se redimía, en sus formas y concepciones, la necesidad abundaba, la creación continuaba, el abanico sentimental, redimido de las especies a su lucha por sobrevivir se basaba en el amor. El amor, la fuerza de la sangre, la mezcla de la diversidad, el vals por excelencia, de los distintos aparatos musicales en la misma orquesta, al servicio de una sola sinfonía. 

Algún  día despertarás y serás amor, me prometió el universo, y seguí aguardando hasta sentir la plenitud de un día, de un sólo día, de una sola vez, en la ciencia del sol en juego con los demás planetas.



exhs

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