Maravillas de ojos, misterios de amor.
Es recurrente que siempre me pregunte por el amor. Si acaso le encontré en una mujer en particular, si cometí un error, si me distraje y la dejé ir. En la juventud, pocas veces puede uno mirar cómo un hombre carga con una enorme responsabilidad en su conciencia, tratando de figurar y re configurar toda una existencia que está predestinada para realizarse en el amor.
Nos preguntamos, me pregunto y me cuestiono siempre si encontré el amor en la facultad, mientras caminaba, o si la encontré en un viaje, mientras trabajaba, en la playa, en una noche de luna estrellada o en una tarde de sol mientras el ruido cotidiano nos distrae entre discursos promisorios de progreso industrial.
¿Dónde está el amor?» es una pregunta recurrente, que impulsa a mis ojos a buscar entre la muchedumbre, entre la ropa, entre el ruido, entre los sonidos, entre las imágenes, los recuerdos y el estereotipo que se ha encargado mi conciencia de construir.
Las intenciones de mi gran imaginación por amar a una mujer en particular se va diluyendo entre las ganas que surgen por la sospecha de amar a más de una mujer. Porque el abismo de las infinitas posibilidades de estar pisando terreno sagrado confunde, promete, arrastra, genera fe, esperanza, perseverancia. El amor surge en mi conciencia cuando cierro los ojos, cuando intento limpiar mi mente a través de un mantra que me conecte con el origen del universo. Y pienso en ella, desde mis sueños, hasta el momento en que medito, como si fuera la señal, la verdadera realidad después de la luna roja, de la luna naranja, de la luna grande que hizo brotar nuevas energías que han movido al mundo en una dirección distintas y han provocado que broten nuevas realidades para muchos.
El corazón, mío, se dirige a un rostro, de una mujer, con melena larga, largo pelo, hermoso, grande, frondoso. Y ella parece lejana, distante, de otra realidad, como si fuese un transeúnte que jamás volveré a ver por el resto de mis días. Pero las coincidencias no son así porque sí. No pasa todo en vano. Hemos conectado los ojos y sabemos que ambos estamos allí. Como en una película, nos miramos, a lo lejos, nos deseamos, nos mantenemos en la distancia, pero se acorta en la dimensión de nuestros deseos. El amor está allí, magnetizado, atrayendo y nada volverá a ser igual.
La mujer de cabello largo anhela un amor así, con estas palabras, con estos poemas, aguarda y busca y espera su preciado tesoro, su oro, su ganancia, su eternidad. Ella agacha los ojos, parece estar desapercibida pero ahora entiendo que he estado allí, mirando de reojo de pronto su gran belleza hasta quedar redimido y un día despertar sabiendo que ya la he visto, que nos volveremos a encontrar, que somos porque así está escrito, el uno para el otro, esperando, aguardando esos besos. Ella y yo en el mismo cuento, bajo distintas circunstancias, el destino nos está escribiendo, llevando de la mano, tan cerca y tan lejos, y la historia no volverá a ser igual, no volverá a ser igual. Jamás, nadie en el mundo, apreciará su belleza como yo lo hago y de ahí, de mi amor y nuestro amor emanarán los diamantes, el brillo de nuestras almas, el fulgor de nuestros espíritus. El amor ha llegado, la historia ha cambiado, la historia encumbra nuevos destinos, nuevos sabores, nuevos colores, nuevas dimensiones y la felicidad es bandera.
Aquí estamos, incluidos, en la maravilla de las miradas que conectan nuestros ojos. Estamos en nuestra conciencia, ahora, de todo, del mundo, del universo. Porque ella ha adentrado en mi vida, una oración expuesta al cielo que cobijo mi vida con el manto rosa, con un rosa peculiar, color pastel, más claro, tenue, delicado, bello que me acompaña, que ahora lo veo cuando cierro los ojos. Es el amor depositado en mi vida, el señuelo que está ahí para que no me olvide de ella, de nosotros de nuestra historia. Regresaré, regresaremos y nos iremos juntos.
He descubierto el amor, en una tarde, con luz clara, con sol, sin amenazas de nubes, sin ganas de trascender, sin ganas de hacer nada, ni de siquiera luchar. Y ni siquiera lo sospeché, o lo sospechamos. Simplemente supimos que en ese momento no tocaríamos nuestras almas, ni nuestros labios. Sólo asentíamos, juntos, que nos amaríamos por el resto del tiempo de nuestros cuerpos aquí en este espacio.
Por ella he venido a vivir.
El amor está en ella, en nosotros, en esta particularidad de la historia en que mi vida se derrumba por tantas creencias después de haber sido presa del momento más maravilloso que fue estar en una de las infinitas posibilidades de coincidir, con el amor de mi vida.
Erick Xavier Huerta Sánchez
Comentarios
Publicar un comentario