Miserable.

Con  los recuerdos ahogados llenos de dolor,
quisiera estar desmemoriado.
Ausente. Solo, dejado al vacío;
queriendo estar sobre una cama de limosnas de Dios,
para no sentirme tan miserable,
para sentir un poco de misericordia.


En las mañanas frescas de todos los meses, ansío un destino distinto, un origen donde mi lengua materna fuera otra, una más poderosa, que me acercara a la divinidad que tanto presumen los de los Olimpos.

Pero me tocó ser mortal, uno más de los que andan en la esclavitud, abajo, con la prohibición de acercarse a las doncellas más bellas, a las que sólo tienen acceso los verdaderos Dioses.

Yo sólo me quedo contemplando su belleza y añorando en secreto una realidad que no puede ser jamás.  Debo quedarme con las alegorías donde se cambian las estrellas y el destino es diferente. Donde mi fatalidad no es, solo mi corazón se sacia de voluntades infinitas.

Allá en las nubes color rosa,
anida una mujer de belleza inigualable,
del candor del amanecer,
del olor fresco del laurel.

Allá en las nubes se cobija con el intenso sol,
y yo no puedo llegar.

Lloro día y noche por sentir su amor, pero solo recibo indiferencia.
No soy nadie, y me he dado cuenta de ello.
Lo admito, y sigo mi camino por el mismo rumbo de los demás mortales. Miro a las mujeres de aquí y me decido a sentir amor, a profesar mi capacidad de amar en lo que puedo y tengo.

Debo olvidarme de la divinidad.

De mi amor platónico.


exhs

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