La elegida.
En una tierra donde desconocían el amor, un hombre vino a enseñarles lo que era, pero como no entendían decidieron matarlo.
Otros vinieron con la misma intención, fueron desterrados.
En esa misma tierra, hallé unos ojos que despertaron en mí, amor.
De mi corazón brotó oro, miel, tierra, riqueza, luz, y toda esa cofradía la ofrecí a una mujer que enriquecía mi ser.
Pero ella dijo no.
¿Qué haría con tanta riqueza?
Fui a otros planetas. Fui a otros desiertos. Estuve en el centro del planeta que más quise, y después cuando sentí ganas de volver a la luz, regresé arriba. Navegué por muchos mares. En el planeta del hielo, encontré la paz. Tenía los ojos cerrados, y ahora todo parecía un sueño. Solamente había descansado. Solo había parpadeado.
Unos hombres subieron a las alturas, donde hacía mucho frío, me pidieron ayuda, me solicitaron que hablara, y que les enseñara lo que sabía. Empecé a hablar, y una mujer cuestionó por qué tenía yo qué hablar, si ellos no entendían. Pero la gente acudía, la gente venía. Yo aún estaba soñando en las alturas. Disfrutaba mi riqueza, de poder contemplar todo el tiempo al tiempo en que se mueven todas las cosas, y giran alrededor de mí, danzan y bailan, brillan, luces y sombras, y no me tocan, porque estoy impasible en un mismo lugar, observando, y apreciando que puedo disfrutar de la inmovilidad.
Pensé que era tiempo de volver a ofrecer la riqueza que brota desde mi corazón. Oro, miel, tierra, luz, fruta. Había tanta belleza.
La misma mujer que cuestionó mi voz, comenzó a atraer mi atención. Y cuando la veía, volteaba a otro lado. Y cuando sonreía de frente a ella, agachaba su mirada. Y cuando la saludaba en la calle, volteaba a otro lugar, o se iba corriendo. ¿Qué pasaba? Preferí irme a navegar por mis sueños, ahí, escuchaba ecos, y resonaban nuestros corazones, se atraían. Y todo era música, y resonaba en ambos cuerpos. Estos mensajes apuntaban a que fijara mi atención en ella. Lo que pasó desapercibido en el primer momento, en que bajé a esa tierra, y comencé a enseñar, cuando vi sus ojos, no vi que era ella, cuando vi su cuerpo, no vi que era ella. Desperté y empecé un día a apreciar su color de piel, la textura en sus manos, la forma de sus dedos, el color de su cabello, el largo de su cabello, la forma de su frente, sus ojos entendidos, sus labios y sus dientes, y ya no era más su nombre, sino el significado de todo su ser, "la elegida". La luz que iluminaba mi ser, y todo ese temor, era miedo a no ser apreciada. Buscaba atención, buscaba ser apreciada, y ante la luz de mis ojos resplandecía de orgullo, y se sentía querida, se sentía amada, y ahora faltaban más palabras. Yo, que me dedicaba a ser escuchado, buscaba maneras para pronunciar mi admiración por todo su ser.
Para ser eternidad, viajé al desierto, canté mi amor por ella a toda la eternidad, y de mí corazón toda esa riqueza se expresó, y comenzó el corazón a inundarse de agua, y todo mi ser se hizo líquido, y engrandecí en agua y agua hasta volverme mar. En mis playas, la gente escuchaba los cantos de mi amor por ella. La elegida pisó mis playas, admiró mi mar, y se rindió ante todo ese amor de tributo que hizo nuevo paisaje y dio nuevo sentido a esa tierra, y sintió tanto amor que brilló como la luz más intensa y se elevó al cielo para iluminar mi ser que ahora era agua, que ahora era mar. Era la luz sobre el mar. Todo el tiempo nos contemplamos.
Nos observamos.
Nos quedamos con un profundo anhelo.
Nos quedamos admirando el mismo paisaje
del cual formamos parte.
Erick Xavier Huerta S.

Comentarios
Publicar un comentario