VICTORIA
VICTORIA
Siempre tuve presente el baile de Salomé al rey Herodes,
para buscar conseguir que asesinaran a Juan el Bautista
y le entregaran la cabeza de este en charola de plata.
Poder y belleza, sin amor, ¿Qué son?
Nada.
Sabes. Dicen que Salomé después,
se enamoró perdidamente de un esclavo,
del cual se embarazó. Pero ella
y su hijo, murieron durante el parto.
¿Karma?
Procesos pendientes,
procesos saldados.
Siempre andaba en busca del amor.
Sin estar consciente mucho sobre eso.
Sabía a qué había venido al mundo,
pero para eso nos sirve el tiempo,
para decantar nuestra conciencia.
Tenía 19 años cuando tenía un poco de conciencia.
Cuando vi su rostro
sabía que era el rostro
que quería ver por el resto de mi vida.
Los cielos eran de color rosa.
Levitaba.
No tocaba el piso.
Conocía la inmortalidad.
Era un soñador.
Un idealista.
Un tonto.
Cuando le conocí.
El mundo propició nuestra distancia pero nunca dejé de pensar en ella.
¿Sabes que era mi amor platónico?
Era tanto amor que prefería callarme.
Guardar silencio.
Es que el silencio es el lenguaje de dios.
Era un amor puro.
La volví a encontrar.
Nos enamoramos.
Pero de nuestro amor sólo sabía el silencio.
Me quedé pasmado cuando en el norte del continente volví a coincidir con ella, tras siete años de no vernos. Apreció delante de mí, como por arte de magia.
De alguna manera nos llevábamos en el corazón.
Uno de mis mejores amigos también se enamoró de ella, en ese tiempo de reencuentro.
¿Qué debía hacer yo?
Ahora, estábamos en un dilema.
No nos hablábamos pero nos llevábamos en el corazón.
Mi amigo no sabía del amor que llevaba por dentro
que profería a ella.
Siempre supe que estaba presente en el corazón de Anastacia.
Anastacia rechazó la propuesta de mi mejor amigo.
Dejé que pasara un tiempo.
Le volví a hablar.
Pero otra vez nuestros destinos se separaron.
En esos tiempos teníamos ambiciones tontas,
de jóvenes, por el dinero,
por la fama,
por el éxito.
Más importante, porque nos pesaba el miedo en el corazón,
de no desarrollarnos, de sacrificar nuestro camino si nos comprometíamos.
Mejor nos separaríamos para ver si podíamos triunfar por nuestra cuenta, solos.
No sé qué pasó.
Ya no la veía.
Intenté recuperarla.
Hablarle.
Pero sentía su miedo.
No sé, ella ya no quería hablarme.
Anastacia.
¿Qué haré con todo mi amor?
¿Qué haré?
Me puse a escribir toda la historia de nuestras vidas, tal vez por alguien, algún día,
se enterara de que aún le amaba.
¿Por qué no confiaba en su corazón?
Después de varios años, y de su rechazo.
Apareció Letizia.
Letizia también tenía miedo.
También me rechazaría.
Yo no conocía a Letizia.
Letizia ya me había visto.
Yo no había visto a Letizia.
A Letizia le interesaba.
A mí no me interesaba Letizia.
Letizia quería enamorarme.
Yo no quería enamorar a Letizia.
El amor no era un plan en ese tiempo.
El amor nunca es un plan.
El amor aparece.
Letizia hacía todo con tal de conseguir llamar mi atención.
Al tocarnos las manos la energía entre los dos comenzaba a fluir.
Al abrazarnos, nuestros corazones se reconocieron.
Letizia me molestaba cada vez que podía,
para hacerme saber de su interés en sostener una amistad,
o algo más conmigo.
Me gustaba jugar a ser el pretendiente predilecto.
Letizia dijo que era lo único que quería.
Letizia dijo que en mí veía el amor.
Tanto interés.
Su voz despertó inquietudes en mí.
Su convivencia despertó interés en mí.
Acepté comprometerme con Letizia.
Ahora Letizia tenía miedo.
Ahora Letizia se sentía en desventaja.
Por fin su anhelo se había cumplido.
Letizia prefirió ahora mandarme a una posición en desventaja,
para protegerse, para no sentirse vulnerable,
para tratar de ponerme al mismo nivel en un conflicto que no debía existir.
Letizia buscó a hombres con mi mismo nombre para hacerme sentir un miserable.
Para compararme.
Para hacerme sentir inseguro.
Presumía sus relaciones con hombres poderosos, ostentosos,
magnánimos de poder, y también con miserables,
para proyectar la miseria de no poder sucumbir ante los deseos que le habían puesto vulnerable.
Y mientras todo esto pasaba el amor más crecía entre ambos.
Ya no quise saber más de Letizia.
Le dejé de hablar.
Preferí alejarme de ella.
No me gustó su falta de respeto.
No me gustó su miserable actitud.
No me gustó su miedo.
Mejor me fui a cruzar el océano, a pisar otras tierras, otros continentes.
Me fui con el corazón destrozado y un amor creciente.
El amor crecía, pero parece que al no tener donde desembocar, el corazón se rompe más.
Allá seguía escribiendo, al tiempo en que podía conseguir algunos trabajos.
Pasaron los años, pasaron los tiempos.
Y yo pensaba en Letizia y también en Anastacia.
El destino no cumplió propósito.
¿Para qué nos habíamos encontrado?
¿Cuál era el propósito?
¿Pasar por aquí y ya?
¿Vivir unas cuantas experiencias?
¿Comprender la distancia, el tiempo, el amor?
Un día, en el campo, un chica mucho más joven que yo apareció.
Se llamaba Victoria.
Había comprado Duraznos, se le cayeron.
Se rompió su bolsa y cayeron los duraznos.
Yo fui a ayudarle cuando me enteré de su accidente, porque la vi a la distancia mientras ella caminaba.
Asombraba su belleza.
Asombraba su sencillo vestido y su belleza natural,
portentosa, como una primavera en su máximo esplendor.
Era todas las rosas, y toda la pradera, y todo el cielo, y todo el mundo,
reunido allí en los campos de su piel,
en la expresión y brillo de su rostro.
Ahí hicimos amistad.
No sabía del destino.
Pensaba que ahora mismo, en esta línea del tiempo,
perdería las historias que un día imaginé,
junto a Letizia, y junto a Anastacia.
Pero venimos a perder.
Pero jamás estaré consciente de haberlas conocido,
mucho menos del amor que me hicieron sentir,
en una experiencia inigualable.
No quisiera irme de esta vida sin experimentarlo.
Pero es que simplemente no se puede.
Simplemente no está escrito.
Simplemente no sucederá.
Mientras llueve,
mientras ves este cielo,
mientras conoces a estas personas.
Mientras está cerca Victoria.
Pensaba en mi corazón.
Sentía en mi corazón.
Después de tantos años, con la mujer que había olvidado todo,
era con Letizia.
En Letizia me olvidé por fin de Anastacia.
Ahora, con Victoria, podría olvidar los destinos, a los personajes de Anastacia y Letizia.
En Letizia encontré un gran amor.
Habría de aparecer una mujer que superara la emoción que me provocaba Letizia.
Así lo había decretado.
Me gustaba emocionarme.
No habría inspiración sin sentir amor.
Cuán decepcionante fue conocerla, para simplemente quedarme,
con esa triste imagen de su miserable actitud, presa del miedo.
Ideales muertos.
Corazones destrozados.
Su actitud déspota y prepotente,
miserable que buscaba hacerme sentir menos por su maldita sensación de vulnerabilidad.
Hay miedo al amor.
Yo no quería temerle al amor.
Al contrario,
dejarme inundar por el amor, dejarme ser presa al amor,
dejarme ser puro amor,
dejarme invadir por el misterio del amor.
Estaba lejos, pero me sentía tan cerca de ella.
El corazón no conoce de distancia ni tiempo.
Es el amor.
Es el reencuentro.
Es el reconocimiento.
Ahora, ya no habría que depositar las esperanzas en ninguna circunstancia favorable.
El destino nos había separado.
Traté tantas veces de encontrar la manera de cambiar las estrellas para reconciliarnos,
pero eso nunca sucedió.
Eso nunca sucedió.
Hay muertes que ocurren en vida.
Hay muertes que ocurren delante de nuestros ojos,
en un instante.
No es necesario dejar el cuerpo para morir para alguien.
Nunca pudimos reconciliarnos.
Yo no lo sabría.
Habían pizcas de fe y esperanza en mi corazón,
de un día reencontrarme con Letizia.
Tú no puedes estar con quien no quiere estar contigo.
Habían pasado varios años.
Habían pasado varios años.
Y simplemente a Letizia no le importaba más que alimentar su miseria.
Letizia nos puso en esta posición.
Creo que habría que darle una oportunidad,
a Victoria.
Con ella estaban marchando bien las cosas.
Con ella había más sinceridad.
Prosperaba el camino, la unión, el pensamiento.
Había verdad.
Había camino.
Había destino.
Me costó tanto decir adió a Letizia.
Pero era necesario.
Era el destino.
Desde mi camino junto a Victoria a veces volteaba, para mirar con despecho y nostalgia y melancolía el miserable destino de Letizia, que no cambiaba su actitud, que seguía con su miseria cargando por todos lados haciendo alarde de que valía algo por su belleza física, por su dinero, por su posición. Yo que sé. ¿Habríamos de encontrarnos nuevamente?
¿Habríamos de coincidir nuevamente?
Habitamos el mismo mundo.
Habitamos el mismo universo.
Respiramos el mismo aire.
Nos cobija el mismo cielo.
Algo le pasó a Letizia.
Andaba con todos los que podía conocer que tuvieran el mismo nombre que yo.
Me enteraba cuando mis amistades me escribían sobre los destinos del lugar,
que se habían enterado de mi gran amor por Letizia y cómo le declaré mi amor y cómo me rechazó.
Durante muchos años oré a la sagrada presencia,
durante tiempos oré a dios.
Siempre deposité mi destino y decisiones en la gran divinidad.
Siempre esperé, tuve paciencia.
Pero simplemente es que mi camino era otro.
Lo que quería era que la violencia terminara en mí.
Yo no reaccionaría más ante venganzas, reproches,
berrinches, majaderías.
Victoria amaba las cartas que le escribía,
gozaba andar conmigo, compartir los momentos conmigo.
Quería compartir tanto tiempo que se pudiera conmigo.
Ella sí quería estar conmigo.
Me gustaba la belleza de Victoria.
Me gustaba su juventud, su fuerza,
su delicadeza, su sensualidad.
Poco a poco me iba enamorando de ella.
Y olvidaba a Letizia.
Olvidaba el rostro de Letizia.
Y olvidaba para siempre a Anastacia.
Con Victoria la emoción del amor resurgió,
volvió a nacer.
Pero sabes,
siempre fueron protagonistas en mi corazón.
¿De cuántas personas te puedes enamorar en la vida?
De niño me gustaba la belleza de algunas, y tal vez comenzabas a sentir esos deseos y sensaciones de apego, enamoramiento por alguna niña, pero duraba poco.
¿De cuántas mujeres puedes enamorarte?
Muchas mujeres te pueden gustar.
Podrías pagar por acostarte con mujeres, enamorar mujeres, andar con varias mujeres a la vez,
y ¿con cuántas sentirías amor?
¿Has sentido el amor?
¿Qué es el amor?
El amor no es regocijo por sentir superioridad moral, física, racional. El amor es la energía más bella de la creación que da sentido a la plenitud, a la realización, a la conciencia de estar en servicio todo el tiempo siendo lo que tú eres.
La complementariedad, y el acoplamiento entre mi ser y Victoria fue excelso.
Ambos queríamos lo mismo.
Disfrutábamos estar juntos.
No había muros.
Podíamos ser lo que queríamos ser.
Podíamos ser sin miedo.
Podíamos amar.
Cada nombre, su evocación, su esencia dentro de mi corazón plasmaban la energía que cada una desprendía para mover las fibras de mi ser. Cuando evocaba en mis deseos carnales a Letizia, sentía el ímpetu y una gran energía, un gran fuego, una gran pasión por estar con ella. Pero ella simplemente se dejó aprisionar con el miedo. Poco a poco comencé a dilucidar lo que había pasado en mi historia de vida.
Decanté mi conciencia en lo que significó para mí el gran amor platónico por Anastacia, un amor puro, un amor sagrado, el amor que habitaba en el profundo silencio. Decanté mi conciencia con lo que significó para mí Letizia, la pasión, el amor, frente al miedo y la indiferencia, la expresión, la explosión, la implosión del espíritu. El fuego lentamente se deshacía por el rechazo. Pero esa experiencia me sirvió para saber más de mí, que podía amar a quien yo quisiera, pero que también contaba con un destino, que aquel rechazó me condujo a una nueva experiencia, a un nuevo mundo de posibilidades, ilusiones. Otra mujer merecía que caminara hacia su destino. A cada instante cambiamos el juego del destino, una decisión afecta a un destino inmediato. Decanté mi conciencia con Victoria, con un amor profundo, de largo alcance, porque caminamos por el resto de nuestros días juntos, pero ese amor que duró tanto tiempo, logró consumarse así porque nos amábamos intensamente, con el fuego interno pero saboreábamos el calor, lento, pausado, teníamos control de nuestra respiración, y no había ansiedad. No tenía apuros ni prisas por besar su espalda, por sentir sus cabellos, y mejor nos acoplábamos a un ritmo donde la magia nos transportaba a un mundo de levitación, flotando en la impermanencia, saboreando el calor de nuestro deseo unificado en el amor que nos estaba recreando a cada instante.
Victoria pronto me reconoció,
no vaciló ni dudó.
Veía con claridad.
A mi encuentro con Victoria, no había velos de confusión,
tampoco idealismos.
Con Victoria había atmósfera de verdad.
En nuestros besos, la inmortalidad.
Nos amamos intensamente, en una pausa, en un silencio,
en la quietud, que convertía aún más excitante nuestro encuentro.
En esa línea del tiempo así ocurrió.
Siempre estuve enamorado.
Siempre aparecieron las musas correctas.
Un día sufrí la desventura de sentir cómo habían lastimado, partido en dos mi corazón por la miseria de otro ser al cual le ofrecí lo más valioso de mi esencia.
Para sanar al corazón hay que sacar el hacha en un movimiento directo, de forma delicada. Si no lo haces así, destazas el corazón.
El tiempo ayudó a sanar.
Y buscando nuevamente el amor,
apareció.
Apareció, para siempre.
Lo disfruté.
Disfruté a Victoria.
Disfruté nuestra unión.
Después de la muerte, tanto amor,
me haría regresar.
Erick Xavier Huerta S.

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