La Casa
Por mi casa paseaba ella, y siempre quedaba mirando a mi casa desde lo lejos. No quería pasar a pisar el jardín, y mucho menos acercarse a mi pórtico. Yo la veía por la ventana, mientras escribía. Me gustaba estar creando el mundo a través de las palabras, y me gustaba reflejarme a través de las palabras, y me gustaba poder reflejarme en mis escritos. Soy lo que escribo. Soy como me pienso, soy como me pienso. Soy como soy. Me gusta evocarme como pensamiento, sensación y emoción.
La chica juguetona, que más o menos rondaba por mi edad por los rasgos de su fisonomía, era una mujer, pero por su energía, parecía ser soltera, pero poco tenía que hacer, pues nuestra aldea era chica, pequeña. No había mucho qué hacer, y ella salía a comprar mandado para sus padres, salía a comprar manzanas y también habían árboles de mangos y ella gustaba recoger mucho del fruto de ese árbol que estaba a la orilla del final de mi jardín donde estaba la calle, avenida, de tierra mojada porque nos gustaba así, más terrenal, más vida, árboles, tierra, más naturaleza en nuestro hogar.
Ya había vivido fuera, por mucho tiempo. Y quise alejarme del ruido. Nunca había visto a esta mujer. Mis padres vivían en otra ciudad, urbana, porque les gustaba más la ciudad, la urbe, sus ruidos y su modernidad—y yo me exiliaba durante temporadas, en esta casa, de provincia, que me arrojó a la vista de esta mujer tan bella, que miraba de forma cándida mi casa, y me miraba a mí a lo lejos mientras escribía, pero lo hacía rápido, cuando gustaba pasar por mi código postal. Y la mirada de simpatía, pronto se convirtió en coqueteo.
Un día, sin darme cuenta, la chica tocó a la puerta. Abrí, y ella, con sonrisa nerviosa me dijo —hola, siempre te veo escribiendo, y quería pasar a saludar, si no es mucha molestia, claro—¿Estás casado? »replicó, una nunca sabe, ¿verdad?
Y yo la dejé pasar a mi casa. Había entrado también a mi corazón.
A veces no sabes que alguien cuando entra, va a traer consigo el amor.
Recuerdo que leí una vez, que no debiésemos olvidar recibir a los desconocidos porque es, de ese modo, que algunos han recibido a los ángeles sin saberlo.
Yo le ofrecí limonada fresca porque hacía mucho calor, y ella aceptó, y mientras bebía de la limonada se asombraba del silencio de la casa, y vagaba por el lugar queriendo conocer, pero por supuesto no quería subir las escaleras porque eso implicaba perder más seguridad; así que volvimos a salir al pórtico y ahí tenía yo dos sillas que daban al jardín, y a la avenida donde ella gustaba pasar. Y entonces me contaba su historia, que era maestra de la provincia, y daba clases en la primaria, y que le gustaba educar a los niños, ser sensible con ellos y conducirlos adecuadamente en su crecimiento. Poco a poco, recibía con más afluencia la visita de esta mujer, que poco a poco me llegaba a interesar más. Y es que no estaba interesado en ella, porque no sentía más intimidad, mayor anhelo de estar con ella que la que puede ofrecer cualquier otra persona.
De pronto, yo ya había descubierto mayor belleza que en ningún otro ser, en la mujer que ahora era mi amiga. Y con ella, salíamos, casi todas las semanas a andar en bicicleta por la provincia, y visitábamos lagos, y mirábamos nubes. Y nos gustaba conversar mientras caminábamos admirando el atardecer. Y también nos gustaba caminar debajo de las estrellas. Eso es lo que más llenaba mi alma, admirar el cielo, de noche y de día, y eso es lo que más amaba, hacerlo junto a ella.
Poco a poco, me comenzaba a caer bien; y mejor. Se había vuelto mi mejor amiga. Su alegría y sus ganas de estar conmigo, su pasión por la vida, su avidez por el amor, indujeron una semilla en mi corazón, que a un instante, ya sentía yo un tremendo amor por la mujer.
Qué mejor que corresponderle, y si quiere, yo quiero, y si ama, yo amo. Cada día pasaba por un poema. Y al cabo del tiempo, nos volvimos amantes. Y ya ni me interesaba escribir, porque yo lo que quería hacer todo el tiempo, era aprovechar los instantes en rociar de besos su cuerpo, y en bañarla de amor, con el placer y fulgor de mi espíritu, arropada por mi alma, acariciada por mi corazón. Lo que quería hacer todo el tiempo era escribir sobre su cuerpo mi amor con mis besos.
Al cabo del tiempo, éramos puro amor. Ya no importaba el mundo, éramos todo el tiempo, todo el pensamiento, toda la sensación, amándonos, y cuando nos separábamos, nos amábamos más, y éramos como olas, que se repliegan y se vuelven a dar. Éramos el océano inmenso, eterno, lleno de brillo e intensidad, volviendo a replicar nuestro amor en millones de instantes como las olas albergan su repetición en infinitas réplicas de tamaño en el inmenso mar.
Un día sin razón desapareció. Y me acordé que antes del primer beso nuestro, ella me declaró su amor. Me dijo que quería que lo supiera. Yo también repliqué que quería que comprendiera que su amor, también es el mío, que lo nuestro, es el amor.
La esperé por años, y nunca regresó a su hogar. De pronto se fue. Y yo también hice mi vida. Pero no pude estar con nadie más. Porque siempre estaba con ella amando dentro, profundo en mi corazón. No podía amar más a nadie que eso que amaba ya con ella al centro de mi propio ser.
Un día regresé a mi casa, a la casa de provincia, y estaba escribiendo otra vez.
Cuando creas y recreas, nacen nuevas venturas, mayores realidades, nuevas concepciones, distintas perspectivas de algo que no puedes abarcar por completo, el amor.
Estaba otra vez absorto, escribiendo, mientras escuchaba la tranquilidad del espacio en provincia donde se ubicaba mi casa. Escuchaba pájaros cantar, palomas cantar, el viento cantar, el sol cantar. Era plácido, era alegre, era paz. Pero de pronto, alguien tocó a mi puerta.
Y era ella.
Y yo la dejé entrar, nuevamente.
Porque traía el amor,
porque así es el amor.
Erick Xavier Huerta S.

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