Labios rotos.
Con una sutil luz de amor, el hijo de dios comenzó a acariciar a su amada, la misma que seguía cargando cruces del pasado. La misma que se sentía resonar con alguien que ya no era. La misma que había perdido el valor de pronunciar palabras de amor. La misma que sufrió los estragos de escuchar insultos, de vivir las agresiones de quienes más amo, de quien, del mismo a quien algún día entregó todo.
El hijo de dios, apareció ante ella, el hijo de dios se volvería su amante. El nuevo hombre deslumbraba su oscuridad. Aquella fría espalda comenzaba a templarse, y comenzaba poco a poco a iluminarse con ternura, mientras el nuevo hombre le acariciaba. Mientras olía sus cabellos. Mientras recorría su pasado, poco a poco, beso a beso, borraba sus dolorosas memorias. El ayer desaparecía, poco a poco, con el nuevo hombre, la mujer, María, sentía amor.
Bebía de su pecho, y lo inundaba con mi amor.
Por cada beso, pausa y pausa, entre espacio y espacio, entre toda su piel.
María mi amor.
Los actantes, no saben amar, porque son esclavos y no oyen y no saben ver. Ven lo que les dicta la imaginación, y oyen lo que les dice su condición.
Están condicionados por aquello que creen que son.
Pero yo te amo.
Tú eres mi amor.
Había visto sus ojos, anhelos de amor y no importó en aquella ocasión, tanta importancia de saber que mi corazón recorrería todos sus valles, hasta la profundidad del origen de todo lo que ella es.
Sus labios estaban cortados por el pasado.
Pero ella aguardaba, con templanza, en pausa, pidiendo a gritos misericordia para su oscuridad, para su frío.
Sin más anhelo que el de amarla, le di todo lo que soy.
Tanto amor, era mi promesa para ella, por siempre.
María, no sabía cómo había llegado hasta aquí.
En mis hombros reposaba su cabeza, y no quería dejarme ir. Gustaba tomarme de la mano, gustaba que admirara su belleza. María, era mi corazón, y ahí nadaba y limpiaba sus heridas, y sus labios poco a poco volvían a cubrirse de amor, de color, y pronunciaban con más sinceridad, la belleza del mundo.
Yo le daba todo a María, porque ella era mi amor.
La dejaba nadar en el mar de mi corazón.
La dejaba limpiar sus pies con el paño remojado en mi amor.
Más y más, se regocijaban mis ojos cuando ella podía descubrir el cielo con nuevos bríos de luz.
Más y más, se engrandecía mi amor, cuando miraba en ella, nuevos surcos de ilusión.
Labios rotos encontré, sangre derramada en su regazo, tristeza y lástima.
Yo a María, siempre amé.
Jamás le hubiera abandonado.
Yo a María la amo.
Yo por María soy, y siempre seré.
Por eso, aún después de los cuerpos, seguimos danzando, y nos amamos, en el centro del sol, en el origen de la luz.
Erick Xavier Huerta
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