Olvidándonos del cielo.


 El cielo parecía el mismo, el cielo contaba con repeticiones todos los días anteriores, no parecía prometer nada nuevo, nada fascinante, nada increíble. El cielo se tornaba aburrido, me perdía de su espelndor, era lo mismo, no lo quería, ya no veía, me había quedado ciego, en la oscuridad, en deambular sin horizontes, sin caminos, sin querer destinos, sin querer llegar a ser alguien, sin hambre de transformarme. Así ocurrían los días, en que iba muriendo, por ese vacío, por esa desolación. 

No había prometido nada. No había conferido querer perder el deseo, sin embargo, así fue, en cada paso, a pesar del esfuerzo, de querer ser más, de alimentar la ambición, de ser proactivo, de ser hiper activo, de estar haciendo cosas y más cosas por querer sobresalir, por querer alcanzar la plenitud que muchos buscan, en el reconocimiento, traducido a la moneda, traducido al tener, a la pertenencia. ¿Y luego qué? ¿Y luego qué seguía después de obtener eso que los demás querían? Después seguía olvidarse del cielo, olvidarse de sí. Tratar de tranquilizarse, repitiéndose pensamientos, tratando, tratando, esforzándose por tener que ser bueno, adoptando acentos, posturas, maneras, formas, vestidos, espacios, confluyendo en las estructuras, en las arquitecturas del hombre. Y todos quieren escapar, todos, de sí mismos, por diversos mecanismos, a través de distintas acciones, y creen que avanzan, creen que lo logran. Así éramos, así fuimos, olvidándonos del cielo.

Y un día, encontré el amor.
En ese espejo, estaba yo, me podía ver, podía observar lo que era en esencia. Y me empecé a acordar del cielo, y empecé a mirar con belleza todo lo demás, en el ojo que proyecta, que percibe el significado que quiere de eso que puede ver, de aquello que quiere mostrarse ante sí. Eso, que quiere pertenecer al ojo, a la mirada, y dentro se despertó un fuego interior, que llevó a todo el ser a explotar en extasis en el viaje a la luz, incrustándose en la energía, corriendo por las venas, por el organismo, esa luz dorada, y entonces nos trasladamos al cielo y nos fuimos de este mundo. Más allá del mundo, brillábamos con esplendor, llenos de gloria, llenos de luz, imparables, fuertes, extasiados, que sin imaginación alguna, percibimos la fuerza de trasladarnos en el último umbral, de la fuerza, de la energía, de la felicidad y la alegría en éxtasis, trasnmutando en todo, reconociéndonos en todos los espacios, en todas las formas. Era mágico, era genial, era una deidad, éramos todo, éramos, fuimos, somos, el principio y el fin, en forma de amor, dándonos a todo, hermanando y consiguiendo la armonía.

Entonces cobré forma, me vestí como un ser humano. Corrí, y caminé entre mis hermanos, conocí el amor, me llené de plenitud, me transformé en plenitud y trasmuté en la fuente de la felicidad, en la fuente de placer, y bríos en el viento me llevan hacia nuevos confines, y adoro los viajes, y adoro  mis experiencias, y recobro sabidurías guardadas en el viejo tesoro del corazón, aquel que me heredó el universo antes de convertirme en ser, para que alcanzara mi misión, la misiva del placer, de ser el placer para poder vivir la felicidad de ser. 


Los miedos, el miedo, se fue disolviendo, se fue diluyendo dentro de mí, y ahora quedaba puro fulgor, pura esencia de vida, pura fuente de placer. Los ojos se reflejaban en los espejos del mundo, los ojos se encontraron en otros, los ojos miraron su fe, miraron más allá de la esperanza, se maravillaban con cantos, con el susurro y color de otra voz, más allá, que provenía de otro cuerpo, de otro terreno, uno que albergaba felicidad, que tras el recorrido por su piel, descubrías el paraíso.

Después de todo eso, de aquellas memorias ficticias que fueron producto de creer en el imaginario, descubrimos la realidad, descubrimos la fuente de placer, descubrimos la fe, el poder, la gracia, la firme voluntad de ser amor para darnos al todo.
En bríos de color, en fuentes inagotables de territorios predestinados, coloreados por las palabras y presumidos por los profetas, el amor del hombre y la mujer quedaron impregnados en los océanos, en el mar, en la brisa, en el viento, en el calor, en el fuego interno, en las almas danzantes, en los besos dados, en las caricias por las miradas, por el tacto, por el corazón, por la boca, por las palabras, por los silencios.

El amor ayudó a que se reconcliara con su ser, a que regresara a la fuente suprema que le creó, a lo que siempre le quiso, a lo que siempre le ayudó a ser lo que siempre fue, y a dar para lo que estaba predestinado.


Erick Xavier Huerta.



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