Un hombre y su fe

Se me olvidó que seguía transcurriendo el mismo año, lejos de la tierra, de la familia, de las mismas voces, algunas muy recurrentes; de la misma experiencia, de la familiaridad del cielo. Y ahora, ahora todo ha cambiado. El cielo es más gris y aquí, escasea el brillo del sol. Hace frío, hay mucha nostalgia, la soledad deambula por las calles, y mi vida se pierde en el tiempo.

Hoy, la distancia física sólo es metáfora de los pasos que deben continuar para llegar al centro de mi ser, porque es el deber de mi viaje. Es el deber de mis pasos, mi experiencia, mi vida, mi intención. Anhelar, anhelo, profundamente.

Son tiempos en que debo tener una ferviente oración, una profunda reflexión sobre la muerte que conlleva mi sol. Este sol se ha ido, y mis memorias, mis experiencias han sido iluminadas por el. Debo ser agradecido, porque he vivido.

Adiós, a la historia de este sol, y ahora nace uno nuevo. Mi cuerpo cambia constantemente. Mi mente cambia, y eso, eso duele. Duele moverse, duele, cambiar, duele y es apasionante. Siempre que han explotado estrellas, nacen nuevos mundos. La pregunta y la inquietud es constante, porque pronto pierdes en la distancia, el sosiego, y añoras, anhelas, ilusionas, quieres, te desapegas. 

Un profundo anhelo ha surgido en las latitudes de mi andar por estas tierras, un profundo anhelo, anhelo que no extraña, que no se apega, que sólo busca compartir y entiende que el universo habita en mí, que yo estoy en el universo y que el universo está en mí. Mis pasos transitan, efímeramente, sin poseer nada, sin ser dueño de todo lo que ya es nuestro. En perfecta paz y en perfecta armonía me acoplo a los sucesos. Sufro y soy como la misma naturaleza, que sufre una indiferencia en su propia existencia para continuar creando. Padezco, como los movimientos bruscos de las olas adentro del mar, que arrasan que rompen brutalmente y que no importan de aquellos náufragos que suplican por su vida cuando se encuentran inmersos en la tormenta. Sufro y padezco, como el frío, la tormenta invernal que existe y que se desarrolla y que resulta indiferente ante aquel hombre que ha quedado atrapado en la tormenta y sufre no tener calor. Padecemos eso en nuestro interior, indiferencia natural, la brutalidad de la creación; el anhelo de vivir, de sobrevivir ante el embate de la poderosa creación.

Mis ojos, se despertaron viendo nubes, encontraron nieve a su paso, alcanzaron nuevas latitudes. En el manto blanco de la nieve, con árboles inmensos en la distancia, en donde parecía que no había nada; una bella flor encontré, una bella flor que no debía existir allí, que debía haber muerto con la tempestad de ese clima. Y me pregunté, si esa flor era elixir de la eternidad. Su belleza se asomaba entre los montes pequeños de nieve, y copos amenazaban con opacarle, pero su belleza relucía. ¿A caso habría yo de ser tan egoísta para tomarla y llevarla conmigo? ¿Qué podía hacer yo para tomar esa flor y lograr que permaneciera su belleza inmutable? Esa flor moriría si yo la arrancaba de aquel lugar tan lejano donde nadie más que yo había pisado. Sólo podía contemplarla, observarla cuidadosamente y llevarla en mi memoria para el resto de mis días. Sin poder poseerla, la dejé ahí, en la cima de la montaña, donde nadie más llegó a pisar, donde todo aquél que pasó por ahí, dejó desapercibido echar una mirada a ese espacio, que parece haber sido sagrado. Parece que nadie miró esa flor anteriormente, y si lo hicieron, gozaron, de la misma nobleza que yo. Creo que todos sufrimos esa experiencia, que nos apiadamos de la belleza y no quisimos destruir esa condición, porque era especial, porque tal vez nunca debimos apreciarla en ese contexto, porque era una situación mágica.

Mis manos, que al menos quisieron rociarle, se enfriaron y pronto temblaron. Hay cosas que son difíciles de palpar. Hay belleza que sólo puedes rociar con los ojos, hay inmensos jardines y atardeceres que expanden nuestra conciencia sin poder siquiera, tener el poder de palparles en su inmensa majestuosidad.

Sí, vino hasta aquí para que sepa que el amado, merece amar y recibir. Para que se sepa pleno, para que se libere de la esclavitud, para que vuele, para que no se atenga a las cadenas del mundo exterior, porque él va a la fuerza, siempre a la virtud. Para que sepa, que vino a poner su luz en orden, en línea con su expansión, para que sepa, para que recuerde que es uno con el universo, que le ha sido dado todo para contemplar y saberse pleno.

Porque el hombre ahora contempla todo en su máximo esplendor, y tiene fuerza, y tiene temple, postra sus pasos con el poder que le ha sido conferido, en la batalla de la supervivencia; elegidos y dados por el poder supremo de la creación que no cobra sus maravillosos regalos, en los dones, en la vida, en la experiencia, del vehículo del cuerpo, de sentir la creación, los climas, los pensamientos, el organismo. La sabiduría. Porque todo, todo significa, mucho más de lo que uno se puede imaginar. Y el tiempo, continúa corriendo, y me acordé que un nuevo año llega a su fin, que un sol comienza a morir, y nuevos escenarios a punto de nacer regocijan a la imaginación, y alimentan los anhelos del que escribe, del que sueña, del que ha palpado ahora, una inmensa Fe.


Erick Xavier Huerta

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