Erick mide Fuerza en Challenge San Gil Querétaro
Después del 20 de Marzo, caí muy enfermo en Abril, de cuadros virales, gripa y sumado al estrés y las responsabilidades, dejé de hacer ejercicio. Dejé de entrenar. Abril fue un mes duro y pesado en trabajo laboral; incluso no me podía recuperar bien para poder conducir y seguir llevando la producción de la Voz de Cable Corp. Así, también pasó Junio, sin mucho ejercicio qué hacer.
Después de la universidad ha sido duro poder seguir entrenando al mismo ritmo. Me causa conflicto haber cambiado drásticamente de ritmo en un nuevo entorno. Me ha costado mucho trabajo adaptarme a la ciudad donde pasé la mayor parte del tiempo en que he vivido en mi país, y en este planeta. Pero he continuado esforzándome por seguir alimentando los hábitos que llegué a construir y la voluntad por hacer lo que me apasiona y lo que me gusta.
No he vuelto a conciliar el mismo ritmo que tuve en universidad, en velocidad y resistencia. En esos momentos en que tuve grandes fuerzas y enorme voluntad no pude obtener los recursos y el apoyo para inmiscuirme en pruebas de mayor resistencia.
2014 y 2015 fueron años en que casi no entrené. Prácticamente ya sólo iba a correr para asegurar fuerzas, pero ya no con la prisa por ganar. Incluso, tuve que enfrentarme a otro tipo de desgastes. El trabajo cerebral más el físico, desgastan vitaminas, y es preciso comer bien, reponer todas las vitaminas que pierdes para poder seguir trabajando a nivel intelectual y físico. Es difícil mantener el equilibrio. Es un reto poder hacer todo esto en un ambiente hostil, lleno de humo, smog, dentro de una ciudad industrial que no te asegura paz ni tranquilidad. Cada que sales, no sabes si serás robado. Todos los días es un juego de ruleta rusa, pero hay que vivir.
Pasaron tres meses, Abril, Mayo, Junio. Había yo medido fuerzas en Ironman Monterrey, y me sentía seguro de que otro, a ritmo, lo acabaría tranquilamente, sin mucho esfuerzo, sin mucho entrenamiento. Por eso, mi Padre, un día de Julio, se había inscrito él ya previamente a una competencia de esta naturaleza y ofreció entregarme su registro para que compitiera, o en su defecto, que participáramos en relevos.
A mí no me gusta participar en relevos. Es como si te dan una pequeña prueba de un platillo completo; o es como si te permiten hacer un examen contestando las primeras cinco preguntas sin poder resolver todo el conflicto y el reto. Es, tal vez, como si te dejan jugar un mundo de Mario Bros en Nintendo sin tener la posibilidad de luchar por terminarlo todo. Te pierdes la primicia y la aventura completa. Es como si a Messi le dejan jugar futbol durante quince minutos y no puede estar dentro de la cancha los noventa minutos. No, no me gusta. Y mis deseos se hicieron realidad. Un día antes, me notificaron que sí podía participar en el evento en la prueba completa del triathlon San Gil.
Sin haber hecho trabajo de mentalizarse, esfuerzo físico. Sin preparación alguna fui a participar.
Ni siquiera encontré mi traje de competidor. Lo hice con un viejo traje que encontré por ahí en mi armario. No adapté bien mi bicicleta y no tenía ningún entrenamiento previo. Sólo algunos días previos pude nadar tres kilómetros, correr durante veinte minutos y nada más. Así que un día antes, fui a correr y al gimnasio para acelerar ritmo cardiaco e impregnar fuerza en los músculos. No quería competir con el cuerpo sin afloje, sin ritmo cardiaco y mucho menos con una vaga idea de las fuerzas.
Contaba yo con una memoria muscular, de fuerza, y de voluntad lo que me daba la confianza de poder hacer y realizar tranquilamente la prueba ironman. Al otro día, había amanecido muy deshidratado. Hacía mucho calor en el hotel y el tiempo era un poco desconcertante. Estaba yo en un hotel lejano a la sede de la competencia. Mi padre me llevó hasta el recinto pero me tuvo que dejar a las afueras porque no dejaban pasar autos; así que tuve que empezar a correr desde ahí, rápidamente porque cerraban la zona de transición a las 6:30am, y llegué a esa hora para entregar todos mis aditamentos; y después corrí desenfrenadamente hasta la zona de arranque en el lago donde habríamos de nadar los primeros dos kilómetros.
Pronto salí a nadar. El traje wet suit, me lo había puesto `porque resultó recomendación de la organización y parecía que sería un día fresco, un mañana fría y por lo regular esos lagos son fríos. Pero no, no hacía mucho frío. Hacía más calor y el traje me deshidrató más y durante la natación sentí un duro golpe al corazón por el sobre calentamiento que estaba sufriendo, pero era demasiado tarde. Me pesaban un poco los hombros por el ejercicio del día anterior, y a un poco más de la mitad de la competencia en natación, sentí cómo clavaban algo en la planta de mi pie derecho. Sentía un fierro, pero no entendía cómo podía haberme clavado algo si iba nadando, si obviamente no iba pisando ni rozando lugares peligrosos.
Resultó que me había clavado un anzuelo para pesca, que andaba por ahí flotando, y pronto tuve que gritar el desgarre que sentí, y de la frustración del dolor que me producía no poder quitármelo. Fue un momento dramático. Nade un poco pero era aterrador sentir el fierro clavado en la planta de mi pie. Sólo cabía la opción de arrancármelo aunque me desangrara. Sentía la sensación de que me haría un hoyo en el pie y se desangraría y ya no podría competir. Pero nadie asistía a mis gritos y hábilmente, en la adrenalina, le arranqué, pero también hubo cuidado y pude resolver no lastimarme. Pero el resto de mi nado, ya no fue entusiasta. Nadaba desconcertado, con mucho calor y con mucho miedo por encontrar nuevos anzuelos que se clavaran a mi cara, a mi cuerpo. Agradecía traer mi wet suit puesto para evitar más anzuelos que se clavaran en mi piel, pero el miedo era inminente. Y durante toda la carrera, nunca me revisé el pie. Yo sabía que debía de terminar.
Salí de nadar, con fuerza, quitándome el traje y corriendo hasta zona de transición. Hice menos tiempo en transiciones que lo que hice en Monterrey. Me fui en la bici pensando que esto sería terreno regular y me permitiría clavar un paso en el ritmo, pero para mi suerte y mi sorpresa, es que la ruta tuvo lugar en un reto mayor. La ruta en bicicleta era cuesta arriba, era subida, era un esfuerzo mayor a lo que puedes pensar y sentir en el esfuerzo de una ruta regular. Aquí no. Además, no había prácticamente asistencias en abastecimiento durante la carrera y yo sólo llevaba dos pepsilindros para noventa kilómetros.
Sin agua, el calor abrazó mi ruta. La carretera me hizo pesado el trayecto. Y era divertido pero comenzaba a sufrir. Comenzaba a deshidratarme más rápido por la ola de calor que me abrazó. El ritmo, la pesadez, todo sumaba en que fuera perdiendo el paso. Y de pronto la subida era más y más furiosa, amenazaba con romperte.
Mi padre me dijo que esta era la ruta más difícil que había en ironman, aunque a último isntante cambiaron ruta y trayectoria por el deterioro que sufrían las carreteras, más por las lluvias. Recordaba un testimonio de un joven y de los propios participantes que asentían que esta era una dura prueba entre todas las que podían haber hecho. Sufrías, pero te divertías. Di todo lo que podía, y me apuré todo lo que pude. Pensaba que no debía haberlo hecho y después me deprimía por no ser mejor que los demás. Muchas cosas a veces se postran en el camino para detenerte. Yo me había aventurado y después de cinco horas de ejercicio y de apuro no podía culminar la ruta en la carretera, en la bicicleta. Ahí te olvidas de ti, sin tratar de ser mejor o menos que los demás, tú sólo prosigues tu camino.
Pasaban ambulancias, pero no sabía quien habría sufrido algo o tal vez muerto. Pronto me quedé muy solo, y llegué al final persiguiendo a otro competidor, que le alcanzaba y así llegamos a la zona de transición. La ruta en bicicleta de este triatlón se convirtió en el reto más arrollador y duro al que me he tenido que enfrentar, más cuando había tomado una decisión intempestiva por hacerlo de un día para otro. Pero así he convertido a mi espíritu, en uno aventurado, incluso sin medir repercusiones ni peligros. Quería yo romperme y aventurarme a la furia y a la exigencia que hace mucho tiempo ya perdí.
Después de la bicicleta, quedé un poco traumado. Salí a correr. Y era de los últimos. Pero no muchos se inscribieron. Ni siquiera éramos treinta los que en mi categoría peleábamos. La mayoría de la gente compitió en un aprueba de menor distancia. Yo iba por mis segundos ciento trece kilómetros en el año. Estaba dispuesto a principios de este año en regresar a estar en forma y ser un gran competidor en pruebas de ultra distancia.
Durante la carrera, nuevamente, no había agua que tomar. Había carestía de agua, de abastecimientos. Mi cuerpo se sentía demasiado pesado y no lograba conciliar un ritmo para correr, y pronto me descompensé bajo el infierno del calor. La carrera tomaba lugar dentro de un fraccionamiento en un campo de golf pero toda la ruta era sobre adoquín y era terreno regular. Quemaba el suelo, quemaba el adoquín y la ruta parecía estar dentro de círculos lo que lastimaba más a mi mente. Era psicótico y pensaba que iba dando vueltas en círculos sin poder terminar. Los kilómetros no estaban bien marcados y yo no llevaba un reloj que me pudiera ir marcando la distancia. No sabía donde estaba. Las casas eran como golpes al subconsciente. Era un infierno. Las casas tan bien arregladas, de un nivel socio económico alto, con automóviles de lujo estacionados en sus cocheras, desolaban las calles del fraccionamiento y rompían tu cabeza con materialismo. Ya no quería correr. Estaba sufriendo correr. Ya no quería esforzarme ni quería ganar. Ya no quería ser nadie y ya no le encontraba sentido a nada. Me sentía deplorable. Los primeros diez kilómetros significaron mi muerte y mi fracaso en la competencia.
Tuve que ir meditando poco a poco qué era lo que había pasado. No podía respirar. Tuve que resignarme a un par de ideas. La primera, que no podría ganar, ni tampoco llegar a media tabla. Lo único que podía hacer era recuperar el ritmo y acabar con dignidad. Dignidad y honor. Era lo único que me quedaba, finalizar. Terminar. Ir a la distancia y acabar. No todos pueden acabar la distancia, ciento trece kilómetros sin preparación en el infierno del calor. Para eso debí restablecer mi respiración, poco a poco. Quedaba al último.
Pronto comencé a alcanzar a algunos y a rebasarlos y alcancé a otros que también ya no me dejaban en tanta distancia. Alcancé a un cuate que también mencionó que esta prueba estaba fuera de parámetros regulares. Nunca nos habíamos sentido, él y yo, tan acabados y frustrados como en esa competencia. Él mencionó que había hecho prueba ironman en Cozumel, y no se había sentido tan desgastado como ese día. Mencionó también que parecía ser una prueba psicológica; y después se detuvo y me dijo que continuara y me mandó felicitar. Él ya no podría llegar a meta.
Yo no sentía felicitaciones ni dicha, ni alegría sin antes poder culminar la carrera. Además no me sentía feliz por estar en posiciones tan rezagadas. En fin, por lo menos encontré a alguien que llegó a decirme que no era una prueba tan singular en ultra distancias. El reto implicaba mayor fuerza en el corazón. Yo tenía desgaste y fatiga en mi corazón, lo que irrumpió en mi sistema respiratorio, cosa también que sucedió por no haberle entrenado previamente. Pero me sentía muy fuerte aunque mi sistema cardiovascular ya no estuviera en armonía para jalar a todo mi cuerpo en mayor intensidad. Eso y mi falta óptima de estar en condiciones de peso y velocidad, por supuesto.
El organizador principal me encontró a poco menos de cuatro kilómetros para finalizar la competencia y me dijo que me esperarían en la meta. Después encontré a otros participantes que me aseguraban que llegaríamos a meta en tiempo. Pero según mis cálculos, su tiempo estaba mal. Yo llevaba ocho horas y me quedaba media hora para llegar a meta. Pronto comencé a correr más fuerte y a apurarme en los siguientes tres kilómetros. Encontré a un hombre que me dijo que me quedaba media hora para llegar a meta, ante los dos kilómetros faltantes. Pero según mis cálculos, faltaban doce minutos. Aquel hombre regresó por el antiguo competidor que había rebasado antes y que me platicó que esto le había dejado muy golpeado. El hombre corrió junto al competidor para motivarlo a terminar. Mientras, yo realcé fuerzas y corrí hasta encontrar a mi padre en la distancia, y cuando le alcancé, me gritó que faltaba menos de un minuto para cerrar tiempo en meta. Ante esa distancia mi espíritu se había trastocado ante algo, ante dicha tal vez, ante la agonía, ante la permanencia tan furiosa y la resistencia por terminar algo que nunca imaginé duraría más tiempo. Comenzaba a llorar, a romperme el alma; y una mujer me gritó que llegaría, que faltaban treinta segundos, corriendo con todo lo que me quedaba y con algunas sobras, rompí en la meta llegando a tiempo, roto por dentro, derramando lágrimas, recibiendo otra medalla, añorando una nueva experiencia, consintiendo movimientos y cambios en el universo. Yo ya no era el mismo. Y cuando abracé a mi padre, lloré porque había yo sufrido, había yo llegado y me paré en el podium. Alcancé la dignidad.
Un hombre me miró a lo lejos y me dijo orgulloso, "ves, viste cómo si llegarías", y volví a llorar. Todo lo duro que he sido se rompió antes y después de la meta.
No soy el mismo.
Soy más fuerte.
Erick Xavier Huerta Sánchez




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